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Quidec Pacheco

Huesos Verdes

Una luna verde sobre el universo narrativo de un Olegario Poncho, muerto. Su masa encefálica cubriendo la madera fina de su escritorio con vista al campus universitario: sereno y solitario en la noche. El cadáver aún sin descubrir, pues nadie molestaba al profesor Olegario en su oficina, jamás. Un resplandor veloz y frío, un sonido de vómito y tos, y de una garganta babosa y suave en la pared, sale salpicando Estonia Salvador, una nigromante de otro universo, contratada por un autor negligente y poco creativo para solucionar los hoyos argumentales que él no puede sanar. Sí, viene a resucitar a Olegario.

Se acomoda los cráneos de mamíferos pequeños que cuelgan de su cuello -algunos aún con pelo y piel- y con sus manos arrugadas y ennegrecidas por la pasta de feto y grasa, toma el cuerpo del hombre, echándolo al respaldo de la silla. Algo de cerebro cae de su oreja, y ella lo prueba antes de declarar “fresco”, y buscar el arma asesina. Quidec, como narrador omnisciente, solo puede ver horrorizado a sus creaciones conviviendo, seguro de que la lógica narrativa y el inquebrantable compromiso de payoff con el lector no lo dejarán zafarse del trato (o truco) en el que ha caído con Estonia: ceder su poder de autor por revivir a Olegario.

Con un canto gutural emitido desde un esófago lleno de mucosa, Estonia hace vibrar la carne de Olegario con corrientes de aire rojizo y un fulgor plateado que despiden los fluidos muertos del profesor. Quidec observa en horror mientras el cadáver toma posiciones extrañas con violencia, doblándose de forma antinatural hasta regresar a un descanso en el que todos los pedazos de cerebro regresan a su cráneo. La nigromante rompe a la mitad el licuefactor de cerebros que lo mató en primer lugar, y de él escapa un grito y el rostro del fallecido Olegario, para regresar a su cuerpo. Sobre el piso de duela, respira.

“Está hecho” dice Estonia, y al extender su mano el conjunto de reglas, expectativas y promesas de los lectores arrebatan el poder de las manos de Quidec y lo colocan en Estonia. Ya no es él quien escribe sino Estonia. Grande. La noche del bosque. Poder y libertad. Buena Estonia, que apunta a una esquina. Maga Estonia que le da cuerpo a Quidec, lo limita. Con una lanza hecha de hueso que aparece en su mano, atraviesa el pecho de

Publicado la semana 3. 14/01/2019
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