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Quidec Pacheco

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Zohínco cruje a cada tecladazo. Nunca quiso ser secretario, pero la voluntad solo funciona sábados y domingos: entre semana tiene que atacar las tareas y encargos que su jefe, Erizón, le encargue. Justo ahora cataloga los distintos tipos de láminas de taco que llegaron la semana pasada: zirconio, alga marina y piel de perro. Los gustos se han hecho más extravagantes estos últimos 300 años, según cree Zohínco. ¿Alga marina? ¿Quién se come eso?

Los tres dedos hidráulicos de cada mano cayeron fatigados en el teclado de bronce. Necesito un café. El oxidado metaloide se salió de su cubículo de 1x1 metros y caminó por la bodega que fungía de oficinas Yaromatizante, el conglomerado más grande de productos alimenticios para androides del siglo MMMDCCXXXVII. Llega al fin frente a una caldera forrada con piel humana, la apertura es la boca estirada de un hombre, en su interior, el líquido negro hirviendo. Zohínco presenta su taza y una cámara de televisión con siete tentáculos, todos de diferente fabricante, mete un cucharón en la caldera y lo sirve en el tazón de café que trae Zo entre manos. Metas le contesta amablemente. La cámara no contesta el agradecimiento, sigue sirviendo tazones. En la tabla de condimentos, comienza a preparar su café, poniéndole nariz molida de perro y pedazos quebrados de CD: le gusta salado. Se sienta en uno de los lugares y sumerge su rostro en el tazón, haciendo corto circuito. Se apaga unos meses. El tránsito de otros androides continúa en la lúgubre bodega con kilométricos pasillos, llenos de ingredientes y cubículos, muchas veces caducos y empolvados. ¿A quién le importa? Zohínco despierta de su tazón gracias a la regeneración tecnorgánica con la que cuentan todos los metaloides. Todo sigue igual. Regresa a su cubículo a catalogar, pero por más que las cosas deban cambiar para que no se suma en un ciclo depresivo, eso no lo puede saber. Es un metaloide oxidado, y todos los de su calaña no merecen sentido del yo permanente: tienen que trabajar para que los fines de semana despierte su conciencia de existencia como pago único. El jefe, Erizón, lo observa desde un punto elevado: es un erizo de mar de tres metros de diámetro. Las relaciones entre los robots y los moluscos ahora son más suaves, pero no siempre fue así, sobre todo por el año 23557, mucho después de la caída del alma humana. Sigue crujiendo el teclado, acomodando la gran bodega con los comandos inmediatos que da a los grandes brazos acomodadores de Yaromatizante y sus aranceles, pero un robot le toca el hombro. Se gira.

- ¿Zohínco?
- Siempre soy Zohínco.
- Bien. Yo soy Estimado.

En un movimiento fugaz, Estimado con sus tres extremidades esmeralda forcejea con Zohínco y su cuerpo extendido, gris y compacto, dentro del cubículo de 1x1 metros. Un torcer de los cuellos, un quebrar de antebrazos y por último, Estimado logra inyectar una goma transparente debajo del mentón de Zohínco. Este abre los ojos por segunda vez: es la reconciencia. Solo los Grandes Cromos tienen el honor de la reconciencia. De pronto sabe quién es, dónde está y quiere cosas.

- ¡Tú! ¿Cómo--
- Es un zumo placentario, no puedo hablar mucho aquí: solo te digo que hay un oxidado, se llama Toinc. Desarrolló ÉTICA.
- ¿Ética? Eso es sustancialmente imposible.
- Como era imposible la reconciencia trabajando en las bodegas oxidadas, ¿verdad?

Zohínco soltó los brazos de Estimado, y recapacitó. Sentía en él esparcirse, inundar sus sistemas: esperanza. El pequeño androide verde removió la jeringa industrial de bajo su mentón, dio media vuelta y caminó.

- ¿Vienes?

Zohínco se limpió los pedazos de CD de la cara, que ya estaban pegados a su superficie por años de esperar: una costra espejeada.

- Tengo que conocer a ese Toinc.

Publicado la semana 22. 02/06/2019
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Escuchar: Paramore - Decode , Leer con un café sin azúcar, mirando el lado reflejante de un CD.
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