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Quidec Pacheco

Misión a Hierbas Puras

El padre Faustino alcanzaba memorias en los sermones. Sonrojos de decepción y corajes se ganchaban en su retórica y los jalaba con poder divino, una luz santa que sanaba y renovaba. Cada año organizaba un evento lúgubre, la diócesis de Monterrey lo permitía solo por las grandes cantidades de fieles que los testimonios movían y las conversiones potentes que traían sus “apóstoles anuales”. Siempre rodeada de un incienso imaginario, reminiscente a las catacumbas de París con sus muros de cráneos humanos o la limpia de muertos en Pomuch, fieles con grandes pecados y enormes arrepentimientos esperan ser uno de los cinco seleccionados para la Misión a Hierbas Puras.

La vista inquieta de los asistentes siempre espera con morbo la selección, para la cual el sacerdote elige a las cinco personas que en el último año han confesado los pecados más horribles e inimaginables. Desde pedófilos y asesinos hasta bulímicos y arsonistas, no es lo sensacional del pecado sino el impacto que haya tenido en las vidas de la comunidad. Es fácil condenar cuando nos subimos al podio, pero como parte del rito macabro, el padre Faustino cava, sin ayuda de nadie, un pozo profundo de tres metros donde caben al menos seis personas de pié. El pueblo espera, reunido, y el sacerdote llama a cada uno de los cinco a que se reúnan con él en el hoyo, anunciando sus pecados. La comunidad que rodea el pozo tiene entonces conocimiento y poder para castigar, arrojando las rocas y el lodo que el padre ha cavado, pero un pagano que no conoce al Dios católico jamás podrá entender el concepto de misericordia infinita y perdón. Nadie muere porque nadie arroja nada, comienza la purificación del pecado. Y no es fácil para el pueblo, tampoco, pero cuando alguien va a Hierbas Puras y regresa vivo, se ha ganado el perdón de Dios.

Un concepto importante para los misioneros del padre Faustino es el arrepentimiento. Alguien que no sabe lo que hace mal, no tiene pecado: es quien sabe que lo que hace está mal, y aún así lo repite, quien mancha su alma. ¿Cómo limpiar muerte y violación? Nada borra el pasado, pero la vida no es solo nuestros errores, sino también nuestros esfuerzos por reparar. En los treinta días de preparación, cada misionero debe hacer, sin cuestionar, los esfuerzos que el padre Faustino pide: sumergir la cabeza en sangre de vaca o cerdo y aguantar la respiración hasta cinco minutos. Tragar una moneda por día. Transportar una fogata encendida con las manos desnudas. Amputarse el dedo gordo del pié. El pueblo se reúne a ver la preparación: algunos sienten así tranquilidad en sus conciencias. Otros lloran por el dolor ajeno, con corazón suave, a pesar de conocer los pecados de los misioneros. La verdad es que el padre Faustino pide los martirios con palabras sencillas y en voz queda. Nunca obliga, o manda, pero a la primera muestra de debilidad o fallo, expulsa al misionero de la misión y selecciona a otro. Aún así, la fe los hace atravesar el dolor hacia el valle de oración: todos saben que la preparación para Hierbas Puras es sobrehumana, pero también lo era el amor de Cristo.

Antes de irse, el padre Faustino prepara un costal de hostias para llevar en el camión. Se renta un transporte completamente vacío y el conductor no tiene permitido mirar al padre Faustino ni a los pasajeros. Durante las siete horas de viaje en carretera, el padre celebra una “misa eviterna” en el camión, lo que significa que empieza, pero no termina. Este es un enlace espiritual que hace en las almas de los misioneros por su propia protección para que al momento de la muerte conserven su estado de gracia, pero el padre Faustino no comulga, pues es peligroso que él se ponga en esa posición espiritualmente. Como dirigente de la misión y sacerdote del viaje, en este momento y durante los siguientes cinco días, el padre deja de consumir alimento: a sus cuarenta y dos años, cada misión a Hierbas Puras cobra más de su cuerpo. Los misioneros, por otro lado, solo pueden consumir las hostias consagradas en la misa del camión por toda la duración de su viaje, y deben guardarlas con ellos, en su mochila o pertenencias. Las hostias no deben tocar el suelo, y no deben tocar a otra persona, mucho menos a un habitante de Hierbas Puras, pues eso significaría la muerte del misionero.

 

JUEVES SANTO

El camión se detiene diez kilómetros fuera de Hierbas Puras: ningún transporte va a la comunidad, y los que van, no regresan. El conductor solo tiene la responsabilidad de esperar en este mismo lugar, dentro de tres días. Se le paga para esperar desde las doce de la noche hasta veinticuatro horas después, y si para ese momento nadie ha regresado, puede irse. Cuando los misioneros bajan, hay un aroma a sudor y orina que solamente ellos pueden oler, y al comenzar el peregrinaje, el olor se hace más fuerte. A un kilómetro del ejido, comienzan a ver hombres y mujeres del pueblo acostados en el camino, sudorosos, desnudos y cubiertos de pies a cabeza en orina. El padre Faustino comienza a tocar la sanctum signum -campana- y el tintineo hace que los cuerpos rueden fuera del camino. Los misioneros deben ir en completo silencio para no distraer la oración del padre y unos minutos después llegan a la casa de misioneros: un pequeño cuarto donde caben 6 personas, que ha sido llenado de heces humanas hasta las rodillas. Los misioneros tienen una hora para sacar los desperdicios y limpiar el lugar antes de que los músculos del padre cedan ante la carga del pesado sanctum signum. Acto seguido, se repara un mecanismo incorporado en la misma habitación, que mantiene sonando la campana a todas horas, sin parar. Esto significa poco para los misioneros, que antes han entrenado para dormir pacíficamente y hacer sus tareas diarias con el sonido de campanas ininterrumpidas en el fondo.

Ante el manto nocturno, el sacerdote despierta a los misioneros para la cosecha de bebés. A lo largo del ejido, los misioneros son protegidos por las oraciones del sacerdote desde medianoche hasta las tres de la mañana. En este transcurso, todos juntos deben avanzar entre las casas y caminos de tierra para encontrar partes de bebés, que son descuartizados al nacer por los habitantes de Hierbas Puras. Es imperativo que los misioneros ingieran una hostia consagrada cada veinte minutos, a manera de protección de los hombres y mujeres del pueblo, que acechan en sus cuatro extremidades por los alrededores del grupo. Al terminar y de vuelta en la habitación, el sacerdote prepara una mezcla de agua bendita y hostia consagrada diluída, sumergiendo en ella a los bebés rearmados. Después de unas horas y con la primera luz del alba, los niños reviven y deben ser cargados en brazos los siguientes días hasta el regreso a la civilización, pues al tocar el suelo, se desbaratan.

 

VIERNES SANTO

Durante todo el viernes soplan vientos fuertes y el cielo se nubla. Los misioneros no han dormido nada desde el jueves en la mañana que salieron de la ciudad, y las hostias comienzan a acabarse: así debe de ser. Los hombres y mujeres del pueblo cocinan todo el día, y ponen fuera de sus casas platillos típicos y suculentos: moles, carnitas, nopales y guisos varios. También aguas frescas y todo tipo de dulces y botanas. Refresco helado y paletas de hielo. Nada de esto toman los misioneros: conocen muy bien el horror que seguiría por palabras y advertencias del padre Faustino. Pero, a la vez, si la razón de no consumir los alimentos es impulsada por miedo en vez de amor a Dios y sus ritos, poco a poco la piel se les llena de llagas a los misioneros: quien ha conocido a Dios, no encuentra nada suculento en este mundo más que el propio amor de Dios.

Al ponerse el sol, comienza la velada. Los misioneros con llagas deben enterrar pequeñas cruces de hierro en ellas y cubrirlas con vendas empapadas en santo crisma. Han llegado a consumir la mayoría de las hostias, y el sacerdote separa la última para sostenerla con sus manos en alto por la velada, en la plaza del pueblo. Alrededor, la gente forma un círculo donde gime y ladra como animales, traen cruces y crucifijos de maderas y los arrojan alrededor del sacerdote y los misioneros con sus bebés, además de arrojarles la comida fría del día y sus propios desperdicios. Todos los objetos de madera comienzan a sangrar y grandes charcos rojos se forman en todo el pueblo, sobre todo bajo el padre Faustino, que depende de la fuerza de los misioneros, ayudándolo por turnos a mantener los brazos en alto desde las seis de la tarde hasta las doce de la noche. El cansancio vence a uno de los misioneros más jóvenes, y pierde el equilibrio, cayendo de cara en la sangre que ahora cubre hasta las rodillas el pueblo entero. Los pueblerinos apuran a recogerlo de inmediato, rasguñándolo, mordiéndolo y comiéndolo: no tiene salvación, perdió la confianza en Dios que lo hubiera mantenido de pie, como a los demás misioneros.

 

SÁBADO DE GLORIA

Al final de la velada, el sacerdote consume la última hostia y nada en la sangre hacia la habitación, seguido de los misioneros que sostienen a los bebés sobre sus cabezas para que no toquen la sangre. Con dificultades, suben al techo de la habitación mientras la sangre sube. Los hombres y mujeres de Hierbas Puras bailan empapados del rojo cristalino sobre los techos de sus casas, divertidos. El sacerdote debe mantenerse en oración, pues para estos momentos la campana ha sido sumergida en la sangre, y la protección de los misioneros y los bebés depende de sus rezos fieles y su fe.

Cuando sale el sol, comienza la prueba de oro para los misioneros: deben mantenerse boca abajo en el techo, con los bebés frente a ellos entre sus manos y la frente en el suelo durante todo el día sin importar lo que escuchen. A veces son gritos de auxilio, familiares y conocidos sufriendo, voces angélicas con ofertas salvadoras o susurros condenatorios. Sienten lenguas enroscarse en sus orejas y espaldas, y durante todas esas horas, el padre Faustino desaparece. Escuchan sus pisadas en la mañana cuando deja de orar y se pone de pie, pero después de eso, nadie sabe a dónde va y él nunca ha revelado lo que sucede en este tiempo. Al llegar la tarde, un relámpago anuncia el fin de los susurros, y cuando se levantan, el punto donde impactó el trueno termina creando una serpiente de bronce que el sacerdote sostiene entre sus manos. La sangre baja y comienza la misa de seis horas del sábado de gloria.

Mientras el padre Faustino predica en latín, los misioneros deben preparar sus cosas para el regreso (que usualmente se reduce a los elementos y signos sacros que el sacerdote trae). Conforme cae la penumbra, los habitantes de Hierbas Puras van sentándose a escuchar la misa. Muchos lloran, se transforman momentáneamente: como si algo los desposeyera. El pueblo aclama con voz fuerte y fidelidad férrea todas las respuestas de la misa, citan la palabra de Dios junto con el padre, cantan con voces celestiales. Poco a poco, entre ellos llegan a sentarse demonios y seres deformes. Cuernos y pezuñas, brasas y humo, todos adoran al todopoderoso. Luego es el momento del Sagrado Corazón.

A las doce de la noche, el demonio más grande toma al sacerdote por el cuello, y con su uña negra abre el pecho que mana con sangre. Arranca el corazón palpitante del padre Faustino y lo prueba. Al momento de encajar sus dientes, si el sacerdote sigue en gracia, el fulgor divino del fuego nuevo ciega al demonio. El corazón vuelve a su lugar y el padre cae al suelo, pidiendo comida y agua. Es entonces momento de correr.

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Ahora los misioneros, con los bebés en sus brazos y el padre Faustino sobre sus hombros, deben escapar de Hierbas Puras mientras son perseguidos por los demonios en la noche. No hay campanas, solo el padre puede tocarlas. No hay hostias, no se han consagrado más. Solo la fe de que Dios los protegerá y los guiará de vuelta a casa. El padre en estos momentos es poseído por un hambre terrible y pierde la compostura intentando regresar para comer algo de la sangre que ofrecen los demonios, pero por esto los misioneros ya han amarrado cada una de las extremidades con cadenas que sostienen en sus manos. Las cadenas comienzan a arder como prendiendo al rojo vivo, pero ellos resisten la temperatura elevada y las quemaduras en sus palmas para traer de regreso al santo hombre.

Después de unas horas de camino y de correr sin detenerse, llegan a veces en los albores de la mañana al camión que los espera al lado del camino. Dentro, los bebés, los misioneros y el padre están a salvo. El cansancio los sobrecoge pero la gloria de Dios, que los cuida en cualquier parte del mundo, les da descanso. Duermen todo el camino de regreso, y cuando llegan a la ciudad, son recibidos con comida y fiesta. Los misioneros muestran sus llagas y las quemaduras en sus manos. Hablan de los milagros que Dios ha hecho en sus vidas, comprueban la existencia profunda de la maldad y cambian sus caminos para siempre. Pero nadie vuelve a mencionar a Hierbas Puras: no quieren regresar ahí ni siquiera con la memoria.

Es solo el padre Faustino quien cada año, con renovadas fuerzas, regresa a predicar al pueblo donde nació.

Publicado la semana 20. 19/05/2019
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