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Quidec Pacheco

Cesión Autoral

En vista de la fragilidad mental que rodea a los personajes más allegados a la realidad, es trabajo y carga de los inadaptados permitir la ruptura de la cuarta pared y ser contactados por sus autores. Estonia Salvador ya tenía 7 variedades de hongos bajo las uñas para el momento en que Quidec intentó contactarla. Y digo, por algo no había sido su primera opción: ella es una nigromante. A su autor no le fascina ahondar en detalles sobre órganos olorosos, pus amarilla y carne babosa, aunque no es la primera vez que deja correr sangre por la hoja. Estonia, por otro lado, bebía orina y masticaba huesos de mapache crudos casi diario. La exclusión tiene sus consecuencias.

- ¿Estonia?

Una vibración en la noche, desde las brasas apagadas adentro de la cueva mojada.

- Necesito tu ayuda, Estonia.

La vieja se desperezó, como si las cosquillas de lo espectral fueran el pan de cada día.

- Hay precio.

Dijo levantando la mano con la palma hacia arriba. Pasó su mirada por todos lados: a pesar de no saber el origen de la voz, no se le dificultaba el negocio con lo paranormal. Si algo conocen los fantasmas y muertos, es el pacto, en espíritu es la palabra la que carga existencia.

- ¿Qué quieres?

Preguntó la voz de Quidec desde su fachada ultratumbesca. Ultratumbadora. ¿Ultratúmbica?

- Autoridad. Quiero magia de muerte más fuerte. Quiero ser autora también.

La mano de Quidec se congeló sobre el teclado. ¿Valía la pena? Podía decir que sí y en una semana destruír a Estonia con un clic derecho, eliminar, vaciar papelera de reciclaje. Un ser ficticio no puede tener poder sobre el autor. Es ilógico, imposible, ¿no?

- Claro, lo que quieras. Si me ayudas a revivir a Olegario.

La mujer se puso de pie con dificultad. Los cabellos largos se le pegaban a la piel sudada, las uñas amarillas en sus dedos rascaban el piso a cada paso. Empezó a untar una mezcla de sangre de lobo, fetos de ganso y grasa de oso en sus manos, y con la mezcla embarrada cogió las brasas ardientes en dos puños, que arrojó a la pared. Ahí se abrió, como la boca babeante de una bestia infernal, una garganta acuosa en la pared, a la que la vieja entró. Quidec, amorfo, entró también detrás de ella como narrador omnisciente. Su temor también era omnisciente; sacrificar la autoría de una obra para que tu personaje sea señor y maestro de tu universo no es una elección popular, pero peor era el miedo a fallar los 52 cuentos.

Publicado la semana 2. 08/01/2019
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