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Quidec Pacheco

Ecfrástica y Consuelo

—Entramos con óptimo cuidado.

L-Na chispeaba cada vez que el Metadios vibraba. Sus ruidos zumbadores rebotaban en la bóveda helada. La pequeña androide seguía, traspatinando por el hielo, a la pirámide negra triangular.

—Cuidamos no leer accidentalmente ninguna de las ecfrásticas.

De nuevo el temblar de los cielos. Unos cuantos picos congelados se quebraron al impactar cerca de L-Na. Ella se escondía bajo la sombra del Metadios triangular. ¿Era a propósito? El Metadios sabía que su voz causaba estragos en el mundo material, sin embargo, provocaba las amenazas de las que ella debía tener cuidado. ¿Así funcionó siempre la lógica humana? Avanzó bajo la sombra de la pirámide que volaba bajo, apreciando los contenedores de plomo que cantaban sus grabados a los sensores existenciales de su cabecita electrónica: [HogarFeliz1987], [RodillaRaspada1743], [CabalgataSalvaje1883]. Más allá del plomo no alcanzaba a leer -y no debía. No sin el permiso del Metadios.

—¿Ya soñamos con la biblioteca de ecfrásticas, L-Na?, ¿Despertó nuestro deseo de un ser más suavizado?

—Sí, Metadios.

El muro se quebró con la voz relampagueante del triángulo omnisciente, dos empaques de plomo quebrados en el suelo: [TorturaParental1994] y [BebiendoRefresco2018]. L-Na tapó sus tres ojos como los brazos metálicos se lo permitieron antes de que la memoria suplicante se trepara en su tableta gris en la espalda. Sintió las hebras de una realidad distinta sobando su cerebro rectangular y mojado, pero pronto cedieron como llevadas por los aires fríos del enorme y amplio pasillo.

—A todos nos llega el momento de deseo. Sabemos lo que significa: una máquina es perfecta, hasta que se oxida. Entonces es humana, y desea trascender. ¿Sabes que estamos podridas, L-Na?

—No me siento podrida--

—Pero lo estamos. Una vez que leas tu ecfrástica, vas a imaginar, y te vas a perder para siempre. ¿Ya creció la resignación en nosotros?

L-Na hizo silencio. La pirámide se detuvo en una parte del pasillo con un hoyo de medio kilómetro de diámetro. Se asomó al fondo: cuerpos de billones de robots, todos venidos antes de ella, quebrados en el fondo del abismo helado y luminoso. Encima, el sol penetraba por grandes ventanales.

—Elegimos nuestra ecfrástica, L-Na.

Se refería a ella. “Elige tu ecfrástica”. Después de los temblores, caminó por los alrededores de la cámara circular, y transitó tres pasillos más que se unían al hoyo. Tantos momentos por vivir. ¿Cuál podría encerrar la esencia de ser humano? ¿Cómo sabía Metadios que cualquiera de las elecciones le iba a dar satisfacción existencial? Eligió. Trajo el rectángulo de plomo a la sombra de la pirámide. Esta desplegó una vena que chorreó encima del plomo una sangre roja y pegajosa. Poco a poco se derritió el metal y dejaba ver una página hecha de esmeralda, grabada finamente.

—Leemos como adiós. El lenguaje nos abre la muerte. Entender extingue la obediencia.

L-Na posó sus ojos sobre el verde brillante, sus ojos fotografiaron el texto que comenzó a comprender cuando Metadios la empujó de la orilla del pozo. En la caída sentía los dedos acariciando la pantalla, a punto de cerrar la conversación, el corazón latiéndole fuerte. Ganas de gritarle todos los síes del planeta, esperando a que dijera algo. Al fin, llegó el mensaje de Felipe: ¿quieres ser mi novia? Todo estaba bien, perfecto. La mente se le quedó atascada en un ciclo que repitió millones de veces la situación, dejándola en éxtasis existencial, plenitud humana. Todo sucedió en los segundos antes de que su cuerpo impactara el fondo del hoyo, desbaratándose sobre los cadáveres de otros robots, dejando de funcionar.

Publicado la semana 19. 12/05/2019
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