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Quidec Pacheco

Fuck Mac

Dosinda llora con amargura, se relame el empalago de la nieve de pistache que le queda en el mentón, revuelto con sus mocos y lágrimas. La almohada ya está dura por los días en que las sobras de comida y tristeza se han quedado embarradas. Ella tiene un rostro chico y ojos grandes, cabello a los hombros color celeste: por él. ¿A quién le gustaban estas pijamas chistosonas? A él. ¿A quién le gustaba el helado siempre disponible en la nevera? A él. “Pues que se pare y deje de llorar”, diríamos. Dosinda no es de tan mal ver, ni tampoco es tonta: más bien, la hicieron tonta.

María Silvia Dosinda estaba perdidamente enamorada de Macario Manzana. Admiraba su presteza informática, parecía todo código él: pulcro, exacto, nada vivo para los chistes. Eso sí, trabajaba duro por dejar claro a los demás que su inteligencia era superior: insistía en que Dosinda lo llamara “Mac”, y él en cambio la bautizó “MSDos”. Exigía el apartamento bien limpio, la comida bien fresca, y la novia bien dispuesta. Dosinda accedía, en parte por el asombro que tenía al trabajo de Mac, y en parte porque así creía que debían ser las relaciones. Mucho predecía que él estaría trabajando para Apple Inc. en poco tiempo, y con tranquilidad afirmaba que llegaría a presidente. Fue antier cuando él le dejó claro que, a pesar de 3 años de relación, el compromiso entre ellos no era “formal” y ambos podían ver a quien quisieran, cuando quisieran. Una relación “open source”, según él.

En medio de la noche, con lagañas en sus ojos hinchados y malestar en su estómago sensible a los lácteos, MSDos decidió viendo el techo de su apartamento que destruiría a todas las Macs del mundo. Salió alborotada y maloliente a retirar todos sus ahorros, prosiguió a conectar con su cliente de freelanceo más sospechoso para eventualmente llegar a un almacén donde consiguió armas y explosivos, y viajó por carretera hasta llegar a Cupertino, sede del Apple Park.

Frente a los ventanales de vidrio comenzó a lanzar su ataque empistolado. Programadores y ejecutivos saltando por los ríos interiores del edificio, elevadores y escaleras eléctricas cediendo a la rabia de MSDos, que con furia romántica le arrancaba sus futuros a una de las compañías más grandes en el mundo. Bastantes muertos y heridos después, Dosinda se acuartelaba en la oficina de Tim Cook, obligándolo a retirar acciones, vender activos y cancelar servicios a punta de pistola.

Al terminar la intromisión, MSDos estalló en una explosión masiva que convirtió el circular Apple Park en una “U”. Macario por su lado, se extrañó de que todos los servicios de Apple dejaran de funcionar de un día para otro. Se rehusaba a usar Windows o Linux, los “O.S. de plebeyos”, ya que confiaba en la presteza de Apple para arreglar cualquier problema. Con el pasar de unas semanas, fue perdiendo clientes. Le costó unos años más conseguir tragarse su orgullo y comenzar sus pininos en Microsoft, pero ya era muy tarde: su competencia lo había dejado atrás, su pelo lo había abandonado y su barriga creció con el estrés. Quedó solitario para siempre, en el fondo negro de su vida, parpadeando hasta recibir algún empuje nuevo que lo sacara de su tedio existencial.

Publicado la semana 16. 20/04/2019
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Escuchar: frederic - Tohiko , Leer acariciando la pantalla de la computadora, con la otra mano pellizcando la piel para ver si es
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