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Quidec Pacheco

Prestidigitación Entrópica

El profesor Olegario Poncho cargaba bajo el brazo su libro de pasta gelatinosa. Toda la portada era un ojo vivo, inquieto por tener el antebrazo del hombre barbón atravesado. Al fin había terminado su clase de Entropía Prestidigitada este semestre, y como el Doctor en EnPre que es, tenía que registrar los elementos nuevos que se dieron en la clase que doblaba como grupo control para su intento de legalización del licuefactor cranial. Aunque todo estaba probado en teoría y la certeza de que el proceso otorgaba capacidades telekinéticas era absoluta, hay pocos dispuestos a licuar su materia gris para comprobar los poderes sobre la realidad que otorgan las neuronas en jugo.

Desparramó su maleta y el libro acuoso sobre el nogal precioso frente al balcón. Tenía uno de los mejores despachos de profesor en la universidad, y con justa razón: conservar la cordura después de que tu realidad se desbarata en formas oníricas súbitamente no es freír un huevo. Al suceder lo que muchos llaman "El Sueño Permanente" hubo personas que no comprendieron las nuevas reglas físicas que comenzaron a reinar en el universo. De pronto, uno ya no moría una, sino tres veces. El color verde despedía un aroma delicioso. Los objetos en forma piramidal podían ser ingeridos sin peligros para la salud, fueran lo que fueran. Y con esto, claro, surgió el mercado abundante para investigadores y doctos dispuestos a profundizar y obtener nuevo conocimiento, para el bien de la humanidad (aunque muchos ya no parecieran humanos).

Olegario Poncho era de aquellos que conservaron su forma original, y sus ideas intactas, por tanto, se consideraba a él mismo punto de referencia efectivo y primordial en esta nueva era del mundo. Abrió el ojo parpadeante cuadrado, no sin llenar sus dedos de lágrimas babosas, y donde hubiera comenzado a escribir su reporte de clase, aparecieron unas palabras dirigidas.

Olegario, necesito tu ayuda.

Disgustado por la idea de que alguien hubiera tocado su libro sabueso, puso su mano en la barba, con un ceño. Mientras pensaba, un segundo enunciado apareció en ese momento.

Soy Quidec, tu autor. Yo te escribí, pero ocupo ayuda para cumplir un reto, y eres el único doctor en algo parecido a literatura que conozco que además puede soportar mentalmente la ruptura de la 4ta pared.

Aguzó la mirada. Se tensaron sus músculos, pero ya estaba acostumbrado a sorprenderse con la nueva realidad y sus cambios. ¿Él, un personaje? Eso parecería más sensato que vivir en una realidad donde la basura se consume triángulo a triángulo. Tomó su plumáculo, que se agitaba con ventosas rebeldes, y lo calmó con un golpe que lo puso recto y listo para liberar tinta.

Para empezar, la EnPre y la literatura distan mucho de ser intercambiables. En segundo lugar, no me atemoriza la idea de ser escrito, pero sí la de que mi destino esté puesto en manos de alguien incompetente. Tercero: si aseguras la estabilidad de mi razonamiento, puede que coopere contigo.

Al terminar, se jactó de su gran respuesta, solo para reconsiderar que tal vez su mente fue construída por un pincelazo fuera de su volición. Puede que ni siquiera sea tan brillante como creo reflexionó.

Don Poncho, no presumo de ser un gran escritor, pero sí suelo crear personajes y ambientes ambiciosos que luego no puedo mantener a flote. Eso me da cierta esperanza en que usted sea más listo que yo. La verdad, es que debo una cantidad grande de palabras, y tal vez con su conocimiento pueda facilitarme la creación de 52 cuentos, universos diferentes.

Olegario asintió a la página del libro, decidido. Tomó una de las llaves en su bolsillo, sabrosa y esmeralda, abrió uno de los cajones en el escritorio elegante, y sacó una pistola blanca con una lengua en la punta del cañón. Era un prototipo aún, pero Olegario se sentía decidido y con la suerte parcial que rodea a un protagonista en cualquier relato. Mataría dos pájaros de un tiro: probaría su teoría y ganaría los poderes telekinéticos necesarios para ayudar a su autor. Introdujo la lengua babosa en su oreja y apretó el gatillo antes de que Quidec pudiera decidir qué hacer con la situación, licuando su cerebro por completo.

El cuerpo sin vida de Olegario cayó sobre la página, mojándola de un grumo grisáseo y sangriento. A un lado de su rostro alcanzamos a leer unas palabras escribiéndose en la página:

Ay, no.

Publicado la semana 1. 01/01/2019
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Jack White - Lazaretto, Jack White - Sixteen Saltines, The White Stripes - Icky Thump , Para leerse en la oscuridad de tu habitación, con tres velas, olfateando canela, un ojo cerrado.
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