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Pedro M. García

El maletero

Después de ojear varios álbumes azules en los que no salgo, abro uno morado y me encuentro. Veo fotos de un caserío blanquecino con una estatua parecida a Chaplin en la entrada. Este sitio era…, sí, aquel restaurante en el campo, el que tenía la granja de animales al lado. Qué rico estaba el puré ahí. Y los coscorrones. Me da a mí que hasta comía más coscorrones que puré. Tendré que preguntar, porque apenas me acuerdo. ¿Qué tenía, tres años y medio? Milagro es que recuerde algo.

Solíamos ir con mis tíos y mis primos, y no sé si alguien más. Supongo que sí que vendría más gente, porque tengo la impresión de que éramos bastantes. De nuevo, tendré que preguntar. Paso la página y ahí estoy, junto a Eli y Killian. ¡Qué chicos éramos! Con esos gorros hasta parecemos gnomos de jardín. ¿Cuál de todas las veces que fuimos sería esta? Ahí están los animalitos. Y la rueda donde nos columpiábamos. Por la izquierda se asoma un todoterreno. Creo reconocerlo. Sí. Ya sé qué vez fue esta. Aquel día mi padre nos contó a mis primos y a mí una historia para que nos portáramos bien. Una historia en la que unos ladrones nos encerraban en el maletero de ese 4x4 y nos escapábamos gracias a una llave mágica, parecida al dedo brillante de E.T.

Sonrío con cierta amargura. Permanezco varios minutos observando la foto de la granja y el coche. El coche y la granja. Dejo de escuchar el ruido de la calle. Cierro los ojos. Vuelvo a estar encerrado, junto a mis primos, en el maletero de aquel 4x4. Estamos completamente a oscuras. Como nos contó mi padre. Siento que busco algo, a tientas, pero un muro me impide ir más allá. En alguna parte del maletero, quizá en el recuerdo de mis primos, o tal vez en mis propias manos, creo intuir un brillo apenas imperceptible. De repente tengo la certeza de que si me agarro a ese brillo, a esa luz que empieza a cobrar fuerza, podré superar el muro, dejar atrás el maletero. Lo hago y abro los ojos.

De nuevo, la granja y el coche. El coche y la granja. Los coscorrones. Su historia. La huida. Ya no queda nada de aquel lugar utópico, de aquella Arcadia infantil, tan solo un agujero sin fondo. Un par de firmas lo destruyeron todo.

Cierro el álbum morado y dejo de mirar fotos.

Publicado la semana 9. 03/03/2019
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