08
Pedro M. García

Loba

Contaban de ella que una vez le había arrancado a mordidas el dedo a un moribundo para poder quedarse con un anillo de cobre. O que se había sumergido en una pila de cadáveres y había emergido cubierta de mugre, sangre, heces y con un medallón al cuello. De todos, era la más implacable. La más hambrienta. Cuando el general del ejército vencedor abandonaba el campo de batalla y ellos se abalanzaban sobre los caídos, hasta los animales carroñeros respetaban su zona de caza. La llamaban Loba.

Aquel día amaneció rojo. Muchos lo tomaron como una señal de que la guerra estaba próxima a su fin. De que el combate de aquella jornada concluiría las más de treinta escaramuzas de los últimos meses. A la Loba el color del cielo le recordó a su familia, a las cabelleras pelirrojas de sus padres, de su hermano pequeño. El suyo hacía tiempo que había cambiado el rojo por el gris.

La Loba se desperezó, se puso en pie y se sacudió el polvo y la hojarasca con que la había envuelto la noche. Después mordió con fuerza un mendrugo casi mohoso que guardaba en un bolsillo interior del vestido y empezó a chuparlo. En torno a ella, los demás espoliadores que habían improvisado ese campamento la madrugada anterior hacían lo mismo.

Las aves alzaron el vuelo al tiempo que el clamor de un cuerno se extendía por la arboleda. El grupo, con la Loba a la cabeza, abandonó la espesura en dirección a una colina cercana al campo de batalla. Desde allí, a salvo de flechas y virotes, observaron a los dos ejércitos formar filas. A diferencia del resto de rapiñadores, que a menudo apostaban por el resultado de la contienda, la Loba no era partidaria de ningún bando. Una vez muertos, daba lo mismo que los pendones que habían defendido fueran verdes o blancos, con un león, una cruz o un hipogrifo. Lo que importaba eran el peso y los materiales de sus armaduras, las joyas y reliquias familiares que llevaran consigo.

La Loba esperaba con expresión impertérrita y ojos apagados. Habían perdido su brillo el día que unos soldados arrasaron su aldea, matando a sus padres y a su hermano pequeño y violándola a ella en el proceso. Entonces había conocido el chillido del horror, de la muerte, y lo había creído algo único. Pero ya no. Para la Loba no había diferencia entre los alaridos de ahora y los de antaño.

Cuando alguien reparó en que uno de los ejércitos ganaba terreno, hubo silbidos y gritos de júbilo que eclipsaron los chillidos que les traía el viento. A continuación, se pusieron en marcha.

La Loba corrió ladera abajo. Antes de que alcanzara la planicie, una especie de niebla se alzó y cubrió el campo de batalla. Los sentidos de la Loba se agudizaron. Sus músculos se pusieron en alerta. La velocidad que tanto ella como el resto de espoliadores habían imprimido a sus pasos se convirtió en cautela. Nadie conseguía ver más allá de cinco pies de distancia.

El primer cadáver que se encontró la Loba aún conservaba la coraza. Un rápido vistazo le bastó para determinar que las abolladuras le impedirían desamarrarla. Un poco más adelante, a su derecha, escuchó un lamento. Al acercarse vio a un hombre con una pierna cercenada. Escupía sangre por la boca mientras estrujaba un crucifijo metálico contra su pecho. Su mirada contenía una súplica que no llegó a verse cumplida: la Loba cogió un hacha que yacía junto al guerrero y se la hundió en el cráneo. Después le arrancó el crucifijo, se lo metió en el bolsillo y continuó avanzando. La bruma aún era densa.

Unas cuantas horas más tarde, la Loba había acabado con otros ocho soldados. Al crucifijo se le habían unido un medallón de plata, un par de anillos de cobre y varios dientes de oro. Como se notaba el cuerpo más cansado que de costumbre, probablemente por culpa de la tensión de la niebla, no tardó en decidir que le convenía coger algo de resuello. Sentada en una roca, presenció cómo un monje le daba la extremaunción a un soldado barbilampiño y sin antebrazo. Las moscas revoloteaban en torno al caído. Tras verle exhalar su último aliento, la Loba se puso en pie y reanudó su trabajo.

La bruma que envolvía el campo de batalla comenzó a disiparse. Poco a poco, la llanura se iba haciendo visible. La Loba relajó las piernas y los oídos. Emitió un largo suspiro y avanzó hacia el cadáver de un hombre sobre el que pendía una bandera quemada. Entonces los últimos estertores de sol cayeron, a su izquierda, encima de dos piernas cortas y ensangrentadas que se retorcían. La Loba se acercó a ellas y quitó a empujones los dos cuerpos inertes que aplastaban a su dueño. Luego arrancó una lanza del suelo y se giró para rematar al recién liberado. Su brazo se quedó congelado en el aire. Era un niño pelirrojo.

 

Publicado la semana 8. 24/02/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
08
Ranking
0 44 1