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Pedro M. García

Muñecos

Ya no queda sitio en mi casa. La última vez que estuve allí mi madre me pidió que seleccionase, de todos los juguetes que conservaba de la infancia, lo que cupiera en una caja. Había llegado el momento de donar el resto: después de un cuarto de siglo, ya no quedaba espacio en la casa.

No recuerdo el tiempo que tardé en elegir. Sí sé que empleé más horas en repasar todos los muñecos que había reunido con los años (playmobil, animales, dinosaurios, coches, digimon, muñecos de huevo, muñecos de El señor de los anillos) que en decidir cuáles escoger de entre ellos. Cuáles merecían acompañarme, aunque fuera ocultos en un rincón, al menos durante el siguiente cuarto de siglo, en la siguiente casa.

El primero que metí en la caja fue a Gimli. A su espalda lleva colgada una capa de Lothlórien que le tejió y cosió mi abuela durante el verano de 2003. No camufla como las de los libros y las películas, pero es verde y arrugada.

Después elegí a un muñeco de la película Pequeños guerreros, el gorgonita azul al que despiezan los malos al comienzo y luego reensamblan como pueden sus compañeros más adelante. Tiene intercambiados un brazo y un pie. No recuerdo su nombre.

Al siguiente que cogí fue a Slammu. Mi segundo Slammu. A pesar de ser el más fuerte de los Street Sharks, la personificación de un tiburón ballena boxeador, a mi primer Slammu se le rasgó un brazo cuando jugaba con él. Yo tenía tres años; él, desde que lo saqué de la caja, no llegaba ni a los dos meses. Pero se rasgó, y por su culpa me corté la yema de un dedo, y ya eso fue razón suficiente para apartarlo de mí. Para tirarlo a la basura. Al segundo Slammu lo conseguí en un intercambio: todos mis pokémons y los tazos que había ganado durante la primaria por Slammu y tres muñecos más que pretendían equilibrar la balanza, no hacer tan evidente que yo salía perdiendo en la transacción. Lo supe entonces y lo sé ahora. Pero no importa.

El último muñeco que metí en la caja fue Bronx, la gárgola sabueso de Gargoyles. Ignoro por qué lo fabricaron lila, en lugar de mantener el azul grisáceo de la televisión.

El resto de la caja permaneció vacía. Se lo debía a los que se perdieron. A los que quedaron atrás. Porque junto a Gimli debería haber estado un muñeco de Elrond que vi en una vitrina en Navidad y que mi padre me prometió que volvería a buscar. Porque junto al gorgonita azul debería descansar su jefe, Archer, al que le rompí la cabeza sin querer jugando en la playa de los Dos Roques. Porque junto a este Slammu debería ir el primero, el verdadero, el que me regalaron mis padres en el último cumpleaños de su hijo que estuvieron juntos; y también los pokémons y los tazos que me llevó años y alguna pelea en el patio reunir y que mi amigo, al mudarse de casa, tiró a los contenedores. Y porque, junto a Bronx, deberían ir el resto de gárgolas, del Goliath normal al Brooklyn de hielo, mis gárgolas, que mi abuela o mi madre o mi tía tiraron un verano, de vuelta del hotel de Santa Brígida, al confundir su bolsa con una de la basura.

Mi madre no lo entendió cuando se lo expliqué. No entendió que daba igual lo vacías que dejara las habitaciones, el espacio que consiguiera ganar tras una limpieza. Allá donde yo mire, veo algo. Ya no queda sitio en mi casa.

Publicado la semana 7. 13/02/2019
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