05
Pedro M. García

La leyenda del Caballero del Azor

Hace más de una semana que esperan al enemigo. Hace más de una semana que él custodia la fortaleza. Hace más de una semana que sus ojos atraviesan, expectantes, la noche.

El día que nació, un eclipse imprevisto ocultó el sol durante unos minutos. Él llegó a oscuras. Y ciego. Pero gracias al poder de una anciana, para muchos bruja, no tardó en ver. Con la primera luz, su mirada adquirió la profundidad y precisión de un ave rapaz. Por eso, ahora monta guardia en lo alto de una torre. Solo. Y, por eso, ahora todos lo conocen, en sus tierras y las de más allá, como el Caballero del Azor.

Porque sus ojos nunca han sido los suyos.

Desde las alturas, el Caballero contempla el prado y el bosque que se extienden, como alejándose, frente a la fortaleza. Aunque es de noche, él ve. No necesita de antorchas. Ni tampoco de la luz del sol. Envuelto en tinieblas, vigila que no se aproxime ningún enemigo. Su brazo y su mirada se interponen entre el hierro y la carne de su pueblo. Entre su honra y el estandarte de su señor: un jabalí negro sobre un campo púrpura. El Caballero del Azor sabe que todos dependen de él. De sus ojos.

De repente, cree distinguir movimientos tras la primera fila de árboles. Percibe sombras que se mueven como si fueran todas a una. El Caballero aprieta la empuñadura de su espada y sonríe. Ya están aquí.

Sin dudarlo un instante, da la señal de alarma. Grita. Pero nadie responde. El Caballero del Azor vuelve a gritar. Y nada. Entonces, en el interior del bastión se enciende una luz. Luego se oye el repiquetear de una campana. Y de otra. Y de otra. En unos minutos, todo hombre capaz de portar armas corre hacia o desde la armería. Las antorchas se suceden aquí y allá, por momentos transformadas en una soga ardiente. Unos gritan ¡A sus puestos, rápido! Y otros ¡Muerte al enemigo! Las mujeres y los niños, despiertos por el alboroto, aguardan dentro de las casas. Él continúa en la torre, donde ya se le han unido varios caballeros amigos. Todos esperan la orden de su comandante. Y la llegada, junto a la muralla, del ejército invasor.

Los estandartes del jabalí negro flamean a lo largo y ancho de la fortaleza. La llanura continúa vacía.

Con cada minuto que pasa crece la expectación de los defensores. También el miedo. Sin abandonar sus puestos, tras las murallas, todos tratan de escudriñar el horizonte. Pero nadie ve nada. Nadie percibe movimiento alguno más allá de su bastión. Ni siquiera el Caballero que dio la alarma. Y, aun así, todos creen que debe haber algo o alguien allí fuera. Porque confían ciegamente en la mirada del Azor. Porque conocen su leyenda.

El tiempo transcurre y los soldados aguardan. En las casas, los niños tiemblan mientras sus madres rezan. Temen al silencio. A lo que este esconde. Después de una hora, el comandante de la fortaleza manda llamar, entre bostezos, al Caballero del Azor. Una vez lo tiene frente a él, le pregunta acerca de lo que vio; le sugiere la posibilidad de que se haya equivocado.

―Mi señor, con estos ojos puedo distinguir la carrera de una liebre a una legua de distancia, puedo apreciar las gotas de saliva de un galgo cuando cierra sus fauces sobre su presa, puedo… No, mi señor, no estoy equivocado: tras los árboles vi moverse al enemigo.

El comandante asiente, le da una palmada en el hombro y ordena que un par de exploradores examinen el bosque. Estos no tardan en volver con malas noticias para el Caballero del Azor: no hay rastro de ningún ejército ni en la llanura ni en la arboleda. El comandante observa al Caballero mientras recibe la noticia; ve cómo sus ojos se incendian al oír acerca de su error, cómo, en ningún instante, se asoma en ellos atisbo alguno de duda. En el rostro del comandante se dibuja una sonrisa que parece querer decir Me gusta que mis caballeros sean orgullosos. Luego manda a sus soldados que rompan filas y regresen a sus hogares. Y, ya en privado, le ordena al Caballero del Azor que se vaya a descansar. Porque lo necesitan fresco. Porque dependen de sus ojos cansados.

Llega la mañana y la fortaleza duerme. El día transcurre como si durante la noche anterior no hubiese pasado nada. Los niños cantan: «El Caballero del Azor, siempre de ojos avizor». Aún nadie duda de su vigía. Ni siquiera él mismo. Pero cuando el sol se pone, y él regresa a su puesto, la historia se repite: sus ojos ven brazos y piernas enemigas entre los troncos de los árboles, corceles que relinchan sobre las hojas caídas, espadas y corazas que resplandecen tenuemente bajo la luz de la luna. El Caballero del Azor no vacila. Vuelve a dar la voz de alarma. Y, de nuevo, se vuelve a equivocar. Aunque esta vez su señor no se lo perdona; ordena que le den tres azotes, uno por cada error y otro más para que aprenda. Para que, la próxima vez, se lo piense dos veces antes de movilizar a las tropas.

Comienzan las habladurías. Entre los soldados empieza a correr el rumor de que el Caballero ve los fantasmas de aquellos a quienes ha matado. Entre las mujeres, que ve a los esposos de las damas con las que ha yacido. Y entre los ancianos, que el hechizo de la bruja, si alguna vez lo hubo, lo ha abandonado. Los niños cantan ahora: «El Caballero del Azor, va a acabar de labrador». El mismo Caballero duda, como nunca antes lo ha hecho, de lo que le muestran sus ojos. Se pregunta si se está quedando sin estrella. Si, dentro de unos días, o de unas horas, ya no podrá seguir siendo el Caballero del Azor, sino solamente un caballero. O ni siquiera eso.

La noche llega, y con ella se disipan sus dudas.

El Caballero del Azor recupera la confianza en sí mismo al comprobar que, donde otros apenas ven sombras, él percibe apariencias. Sus ojos no se pueden haber equivocado. Donde una persona normal solo apreciaría, en la distancia, un conjunto de hierbas, él es capaz de distinguir cada tallo, cada brizna. Como ahora distingue, sin esfuerzo, al ejército enemigo formar filas más allá de los árboles. Pero aún no da la alarma. La espalda todavía le escuece de los azotes. Escudriña. Y espera. Los minutos pasan y él sigue viendo lo mismo. Entonces sí. Ahora, se dice, sí.

Las antorchas recorren la fortaleza como ríos de lava. Las armaduras y los yelmos resplandecen. Y las espadas, envainadas, tintinean mientras sus dueños trotan. Cada soldado y caballero toma la posición que le corresponde. Los estandartes del jabalí negro en campo púrpura ondean sobre sus cabezas. El comandante abandona el alcázar y se sitúa junto el portón, frente a sus tropas. Todos esperan, seguros de que esta vez es la definitiva. Varios incluso tensan ya las cuerdas de sus arcos. Todos callan.

El Caballero del Azor escruta la arboleda y solo ve troncos y ramas y hojas. Ni rastro del aliento de los hombres. Ni rastro del acero de sus corazas. Inclina la cabeza y maldice a viva voz.

Horas después, el caballero yace en el calabozo del alcázar. Lo han despojado de su armadura y de su espada. Pero no de sus ojos. En ellos ya no cree nadie. Puede que ni siquiera él mismo. Durante el día, una sirvienta ciega se le acerca y le entrega un ramo de flores manchadas de blanco y amarillo. Aún no las ha alcanzado el color de la muerte. Cuando sus manos se tocan, el caballero cree reconocer, o más bien intuir, a la anciana que lo curó en su nacimiento. A la mujer que le concedió aquel don, aquella condena. Es imposible que sean la misma persona, se dice, en todo caso ha de ser su hija. O su nieta. Tras sonreírle, el caballero le da las gracias y huele el ramo de flores. Luego cierra los ojos.

Entonces llega la noche. Y, con ella, la ruina.

Desde el calabozo se oyen gritos. Se oyen lamentos. Y se oye, también, el tronar de las catapultas invasoras y el crepitar del fuego. El caballero ha abierto los ojos y ha comprendido la estratagema de sus adversarios. Se enfurece. Sacude los barrotes. Ruge. Y nadie responde. Salvo el eco, el eco, el eco. Hasta que una roca lo rompe, al derribar el muro del calabozo, y él se precipita, con lo puesto, en ayuda de su pueblo.

 

 

El bastión está herido de muerte; su muralla, quebrada. Como sus habitantes. Como todos sus defensores. Salvo uno. Entre los escombros de una torre, el Caballero del Azor se arma para la batalla.

En el estandarte de la fortaleza, el jabalí negro ha perdido sus colmillos. Ahora ondea medio quemado: lo mece la humareda. Tras los muros, el pueblo se prepara para partir. Para abandonar su hogar.

El sol aún no ha salido.

Mientras, el ejército asaltante aguarda a que la nube de polvo y cenizas que envuelve el bastión se disipe. Aguardan a la primera luz del día.

El Caballero del Azor termina de amarrarse los brazaletes. Su armadura está impoluta. Bajo ella, el jubón que vistió durante la noche conserva restos de sangre. Y de bilis. Sus movimientos son lentos, torpes; son los movimientos de un hombre cansado. De no estarlo, quizás reviviría el ataque nocturno, el terror que trajo consigo la oscuridad. Quizás recordaría a los compañeros que cayeron a su lado frente a las torres de asalto; unos compañeros sin nombre, sin rostro, porque en aquel caos de flechas, hachazos y rugidos todos parecían iguales, incluso ante los ojos del Caballero del Azor. Algunos acaso lo eran. Ahora que el día comienza a aclararse, los colores permiten distinguir a los caídos de ambos bandos. La luz les devuelve su identidad perdida. Aunque ya sea demasiado tarde.

El comandante enemigo se sitúa a la cabeza de su ejército y da la orden de formar filas. Dentro de la fortaleza, los supervivientes ultiman las preparaciones. Los primeros carros de lo que en breve será una larga columna atraviesan ya el acueducto de huida.

El Caballero del Azor palmea el cuello de su corcel. Lo acaricia. Después lo monta y lo espolea.

El caballo y su jinete avanzan contracorriente. La visera del yelmo protege a su pueblo de la tristeza certera que se esconde en su mirada. Oculto tras la armadura, con la cabeza erguida, su estampa da ánimos a quien lo contempla, hace olvidar las lesiones y pérdidas sufridas, el olor a putrefacción, orín y heces que los rodea.

Al atravesar una plaza, una mujer ciega se le acerca y le da un pañuelo. Es la misma que el día anterior le entregó el ramo de flores manchadas de blanco y amarillo. Ahora lleva a un bebé que no es suyo en brazos. El regalo va libre de palabras: no les hacen falta.

En otras circunstancias, cerca del portón lo habría esperado un gentío para despedirlo. Para agradecerle su valor, su entrega. Esta vez, en cambio, lo recibe una montaña de cadáveres. Está envuelta en un silencio que parece querer decir Hasta pronto.

Varios soldados giran el torno de la entrada. El Caballero del Azor abandona la fortaleza. Parte en busca de redención. Porque la necesita. Porque sabe que, en el momento de mayor importancia, le falló a sus ojos. Porque el orgullo ciego en la precisión de su mirada le impidió ver más allá del engaño del enemigo. Ahora escucha el portón cerrarse a su espalda. Frente a él se extiende una línea interminable y borrosa de hombres.

Amanece. La línea de hombres se vuelve brillante. Metálica.

Un cuerno suena. Retumba en la fortaleza casi vacía. El jinete, lanza en ristre, empieza a avanzar. Ya no piensa en nada. Bajo uno de los cascos de su corcel va adherida una flor anaranjada cubierta de sangre y de polvo. Cuando el trote da paso a la carrera, la flor se desprende y se eleva, mecida por el viento, como el estandarte medio quemado que el Caballero del Azor pronto dejará atrás.

Publicado la semana 5. 29/01/2019
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