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Pedro M. García

Venganza en cinco actos

                                                            I

Mi padre siempre ha odiado los grillos. Por eso, cada día, se los doy de comer.

Frente a mí, el robot de cocina. Y en su interior, un cúmulo de ingredientes que detesta: zumo de piña, acelgas, pimientos de padrón, un par de huevos, pelos de gato y chocos. Todo listo para ser triturado, para ser mezclado y, finalmente, para ser bebido. Los grillos son el toque final. Muertos, claro. Como lo está mi madre. Como le gustaría estar a mi padre. Pero no. Aún no le voy a conceder ese placer. Él es mío.

Salgo de la cocina y recorro el pasillo hasta su habitación.

Ahora me mira acercarme. Sabe que hoy es día de mejunje rico, rico. Y también sabe que no puede hacer nada. Está postrado en cama, tetrapléjico perdido. Lleva así cerca de cuatro años. Yo me he encargado de su cuidado desde entonces. Renuncié a la universidad y a cualquier tipo de vida con tal de estar junto a él. Con tal de poder torturarlo día tras día. Con tal de ver en sus ojos esa impotencia que él debió ver en los míos cuando niña. Es una pátina que cubre tus pupilas para siempre. Y que nunca más te abandona, ni siquiera después de saberte superior, de saberte vengada.

Ya ha terminado de bebérselo todo. Dejo el vaso sobre la mesa de noche, junto a un portarretrato con una foto en la que salimos mi madre y yo. Los médicos dicen que no puede sentir nada. Ni tampoco hablar. Pero sí saborear, y oler, y oír. Y ver. De ahí que le haga tragar este tipo de potingues. De ahí que bajo su cama descansen los pañales que va llenando de meados y mierda. Y de ahí que, en lugar de un cabecero metálico o de madera, su cama esté presidida por un enorme espejo.

 

                                                           II

Aunque normalmente las dejo colgando dentro de su armario, ahora mismo mis herramientas no están allí. Hago memoria y, tras unos segundos, las visualizo junto a la ducha. Salgo de su habitación y me dirijo hacia el baño. Al pasar junto a mi cuarto me doy cuenta de que dejé la luz encendida. Entro un momento y la apago. Sé que él, a través de la pared que separa su armario y mi cama, me acaba de oír. Y sé, también, que él sabe lo que eso significa.

Una vez en el baño, cojo mis herramientas de trabajo: me amarro el arnés alrededor de las caderas, sobre el pantalón, aseguro la sujeción del consolador negro XXL que sobresale de él y luego regreso a su cuarto. Le sonrío mientras me ve acercarme. Y sigo sonriendo mientras le pego los párpados a las cejas con cinta adhesiva bien fuerte, le doy la vuelta, le quito el pañal y le acomodo la cabeza sobre la almohada para que no pierda detalle. Me da igual que no sea capaz de sentirlo. Él sabe que lo voy a encular. Que su hija va a estar dentro de él. Y eso me basta.

 

                                                           III

No dejo de mirar a mi padre a través del espejo mientras lo penetro. Me pregunto si en unas gafas de realidad virtual se reflejará, con la misma exactitud, ese deje de impotencia en la mirada. De resignación. No dejo de mirarlo directamente a los ojos. Recuerdo que él me hacía lo mismo a mí. Desde la primera vez que manché. Desde la primera vez que se me acercó y me dijo Hoy la niña de papá se ha hecho mujer. Desde que me vendió su lujuria como amor. Y hasta el día en que se quedó así. Ese día, el día de mi dieciocho cumpleaños, me fugué del instituto y regresé a casa dispuesta a marcharme para siempre. En principio no debía haber nadie. Y, de hecho, no lo había, ni cuando entré en el cuarto de mis padres ni cuando me metí en el armario para intentar forzar la caja fuerte donde él guardaba su dinero. El dinero que, según él, se ahorraba en putas gracias a mí.

Pero entonces llegaron ellos. Discutiendo. Y dando golpes. Antes de que pudiera decidir qué hacer, vi cómo mi padre entraba en la habitación arrastrando a mi madre del pelo. Lo vi, oculta tras los abrigos del armario, pegarle mientras ella gritaba y gritaba. Creo que gritaba por mí. Que mi madre peleaba, como podía, por mí. Porque él me había prometido para esa noche un regalo especial. Porque él me había prometido, para mi dieciocho cumpleaños, hacerme un hijo.

Ella intentaba resistirse. Pero él era más fuerte. Entre los gritos y golpes le quitó los pantalones, los tiró al suelo y la forzó. Ella no paraba de retorcerse. Quizá, por eso, le puso las manos en el cuello. Ella tampoco paraba de gritar. Quizá, por eso, la asfixió. Y quizá fue el verla así, inmóvil, con el rostro congelado en un chillido, lo que lo hizo dar un paso atrás. Lo que lo hizo pisar el pantalón de mi madre, resbalarse y golpearse la nuca con la mesa de noche. Quedó allí, postrado. Igual de quieto que ella.

Reconozco que me costó salir de mi escondite. Me temblaban las manos y casi no me mantenía en pie. Solo era capaz de oír mis propios latidos. Con pasos lentos me acerqué a mi madre. Le tomé el pulso. Y después le cerré los ojos. Luego hice lo mismo con mi padre. Aunque a él no se los cerré: seguía vivo. En un arranque de furia, le reventé el estómago a patadas. Lo golpeé con todas mis fuerzas, pero no se despertó. Así fue como supe, sin necesidad de que me lo confirmara ningún médico, que se había quedado tetrapléjico o algo parecido. Algo que, fuera lo que fuera, lo volvería completamente dependiente de mí.

A la policía le conté que había sido todo cosa de un ladrón. La realidad fue otra: forcé la caja fuerte y tiré su contenido, junto a las joyas de mi madre, por el váter. Después removí cajones y armarios, limpié mis huellas y llamé a Emergencias.

Acabo con las caderas y los glúteos temblando, pero vale la pena. Me limpio el sudor de la frente, lo regreso a él su posición normal y voy al baño a lavar el arnés y a darme una ducha. Mientras me enjabono el pelo recuerdo que hoy tienen que venir a entregarme las gafas. Pienso en los avances tecnológicos que se han hecho en los últimos tiempos y me alegro de haber nacido en esta época.

Si todo va bien, mañana empezará la nueva fase de mi venganza. Aún le quedan tres años para que estemos en paz.

 

                                                           IV

Abre los ojos. La habitación está a oscuras. Su vista no se aparta del techo. No puede mirar hacia otro sitio. O eso cree él.

En algún momento le pica la nariz. La experiencia de los últimos años le obliga a aguantarse. Pero entonces, como por acto reflejo, alza el brazo y se rasca. Se queda paralizado. Su expresión, ojos y boca abiertos, parece decir ¿Ha sucedido realmente? Parpadea. Vuelve a mover el brazo. Y sacude la cabeza.

Ahora prueba a mover una pierna. Bajo la manta que lo cubre, se percibe el movimiento de un dedo. Después de un pie. Sonríe. En un instante, sin saber muy bien por qué, ha dejado de ser un hombre tetrapléjico para convertirse en un hombre asombrado. En un hombre feliz.

O así lo indica la llama que se asoma en sus ojos. Hasta que se ensombrecen. Probablemente acabe de recordar qué hace postrado en una cama, cómo ha llegado hasta allí. Trata de incorporarse y lo consigue. Por primera vez en años, se sienta y posa los pies en el suelo. Luego cierra los ojos y respira profundamente. Al abrirlos, fija su mirada en el portarretrato que preside la mesa de noche. Lo observa con detenimiento. Arruga la nariz. Y escupe. Después alarga el brazo y de un golpe lo deja bocabajo.

Con cuidado, se pone en pie. Se apoya en la pared frente a la cama para no caerse. Da sus primeros pasos y se detiene al fijarse en el arnés colgando del armario abierto. Su expresión se endurece. Cierra los puños. Suspira. Y sonríe.

Mide el siguiente paso que da. Y el otro. Y el otro. No parece tener intención de hacer el más mínimo ruido. Se dirige hacia la puerta.

Una vez en el pasillo, se detiene. Mira a la derecha, hacia la cocina. Mira a la izquierda, hacia el baño. Vuelve a mirar a la cocina y se encamina hacia ella. Allí compara cuchillos y escoge el más afilado. Luego se da la vuelta y regresa al pasillo.

Deja atrás su habitación. Se detiene en la siguiente, frente al marco de la puerta. La empuja con cuidado. Y posa sus ojos en la figura que descansa, bocabajo, sobre la cama. Se aproxima a ella entre temblores y sin dejar de sonreír. Tras colocarse a las patas de la cama, la recorre con los ojos, endurece el rostro, se inclina y, de un tajo, le corta los tendones de ambos pies.

Mientras la sangre empieza a cubrir las sábanas, él camina hacia la cabecera de la cama, la agarra del hombro y le da la vuelta de un empujón.

Se oye un grito. Y una risa triunfal.

 

                                                           V

No consigo parar de reírme mientras lo observo a través de la pantalla del portátil. Se ha quedado petrificado. Como yo la primera vez que me puso las manos encima. Como mi madre la última vez que se las puso a ella.

Me levanto de la silla, voy hacia él y le quito las gafas de realidad virtual que le coloqué mientras dormía.

Lo miro a los ojos y le sonrío. Él llora. Sé que debe estar haciéndose mil preguntas, que debe estar cuestionándose qué es real y qué no. A mí me pasaba lo mismo cuando él venía por las noches y me abrazaba. Cuando me mostraba una idea de padre opuesta a la que nos enseñaban en el colegio o la televisión. Lo que no sé es si sus lágrimas se deben a continuar postrado o a no haberme conseguido matar de verdad. De cualquier modo, nacen de una derrota. Yo sonrío. Él llora.

Lo miro a los ojos y él me mira a mí. No puede hacer otra cosa.

Publicado la semana 43. 27/10/2019
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