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Pedro M. García

La moneda

Cuando Juan se levantó de su asiento, las últimas letras de los créditos ascendían por la pantalla de la sala y una moneda, con la efigie como de la Casa Blanca, lo esperaba en el escalón siguiente a su fila. Normalmente Juan no habría reparado en ella. Normalmente, Juan hasta la hubiera pisado. Pero en aquella fila, junto a la moneda, momentos antes se sentaba una chica que había llamado su atención. Ellos dos fueron los únicos que vieron la película. Era pasada la medianoche de un domingo.

Bajo la luz tenue de la sala Juan observa la moneda. Le da la vuelta y comprueba que no tiene mayor valor que el de poder haber pertenecido a aquella chica; una chica de abrigo carmesí, uñas sin pintar y sobacos con pelo. Juan desvía la mirada de la moneda y la fija en el asiento que ella ocupaba. Revive los segundos en que la vio quitarse el abrigo, cuando la sala aún estaba iluminada, y después el instante en que, ya con las luces fuera, la contempló descalzarse y apoyar sus pies desnudos sobre el asiento delantero.

Antes de que la luz como de fuego fatuo de los escalones se reflejara en las uñas de sus pies, la chica se había girado para preguntarle la hora. Él le enseñó el 22:31 que aparecía en la pantalla de su móvil. Entonces ella se había levantado y marchado de la sala. Encima de su asiento dormía un libro viejo con la esquina inferior izquierda de la contracubierta quemada. Volvió varios minutos después con expresión inquieta.

La moneda. La chica carmesí.

El carraspeo de un empleado del cine devuelve a Juan a la realidad. Tras darle las buenas noches, deja atrás la sala y se interna en el centro comercial, en apariencia vacío. Todas las tiendas y restaurantes están cerradas. Apenas hay luces encendidas. Delante de él, a un par de metros de distancia, camina un hombre calvo y vestido de negro. Juan lo observa descartar las escaleras mecánicas, ya fuera de funcionamiento, y dirigirse hacia al ascensor.

La moneda plateada. La chica.

No lo sigue. Opta, en cambio, por bajar las escaleras mecánicas a pie.

Una vez en el primer piso, alza la vista sin detenerse y ve que el ascensor sube con la chica del cine, la posible dueña de la moneda, en su interior. Tras el cristal, ella le hace señas. Le grita. Aquellos gestos disparan su imaginación, lo arrojan al momento de la película en el que, por culpa del resplandor de la pantalla, creyó que la chica, además de las botas y del abrigo carmesí, se había quitado los pantalones.

Fue un error. O más bien una fantasía.

Arriba, en el ascensor, el hombre de negro se une a la chica. Juan los imagina miembros de una sociedad secreta, de una conjura. Una sensación como de peligro inminente lo invade. El pasillo llega a su fin. Hay que girar. Pero antes, un último vistazo. Los capta mientras se hacen un gesto con la cabeza, como de reconocimiento. De resignación. Luego ella se sacude el pelo, que le cuelga hasta el cuello, ladea el rostro y lo mira a los ojos. A él. A Juan.

La moneda, la chica. La moneda, la chica, el hombre de negro. La moneda plateada, la chica carmesí, el hombre de negro, el libro quemado. La chica, la moneda, el abrigo, los pies desnudos, el hombre de negro. La chica, el libro, las uñas sin pintar, el abrigo quemado, los sobacos con pelo. Elhombrelachicaellibrodenegro. La moneda carmesí.

El ascensor baja y Juan los deja atrás. La chica vuelve a hacerle señas, pero él ya no las ve. Acelera el paso. Junto a las escaleras que conducen a la salida hay unos sofás de masajes. Un hombre de aspecto fiero y ojos verdes descansa sobre uno; parece estar a punto de levantarse. Juan pasa rápido a su lado. Evita mirarlo directamente: no quiere seguir fantaseando con nada más. Ni nadie. Solo la chica del abrigo carmesí. Solo sus uñas sin pintar, sus sobacos con pelo.

Cuando llega a la planta baja, y tras detenerse frente a la puerta de acceso, Juan siente un pinchazo en el costado izquierdo. Al retirar la mano de la herida puede distinguir, entre las nubes negras que empiezan a cubrir sus ojos, una mancha rojiza. Y, a sus pies, un deje plateado, como el de una moneda.

Una sombra se aproxima y se cierne sobre ella.

Publicado la semana 4. 22/01/2019
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