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Pedro M. García

El colmo del sepulturero

Tomás contempla el interior medio vacío de una botella de whisky mientras varias sombras encapuchadas pasan junto a él. Las lidera otra sombra que lleva puesta una máscara escarlata, diabólica, y que carga en una mano un puñado de tizas blancas y un candelabro con una vela especial. Muy, muy especial.

Pero eso Tomás no lo sabe.

Sus ojos, serios, no se despegan del líquido ambarino que refleja parte de su rostro. No es un borracho, ni tampoco un solitario, tan solo un hombre cabreado. Se encuentra cerca de la medianoche en el cementerio, en la víspera del Día de Todos los Santos, que ahora llaman Halloween. Y en la cara de Tomás cualquiera puede leer Me cago en la puta noche de Halloween y en todos sus muertos.

Su ira, por una vez, está justificada. Como viene haciendo durante los últimos años por estas fechas, Tomás vela la tumba de su hermana pequeña. Rememora el día que tuvo que enterrarla. El día que, angustiado, descubrió cuánto escuecen las entrañas al arrojar tierra sobre un ser querido. Hasta entonces ignoraba que ser sepulturero pudiera tener también sus desventajas.

Tomás está sentado frente a la lápida de su hermana. Con una pala a sus pies y la botella de whisky medio vacía a su vera. Debería estar envuelto en un silencio únicamente roto por algunos cri, cri, cri, cri intermitentes. Debería estar solo. Y, sin embargo, el cementerio rebosa de jóvenes disfrazados que beben, gritan y se asustan entre ellos.  Rebosa de jóvenes y de calabazas adornadas para la ocasión. Algunos incluso dibujan con tiza símbolos raros ―soles, lunas, círculos, estrellas― sobre la hierba. Todo gracias a una iniciativa del nuevo equipo de gobierno.

Tomás da un trago. Arruga el ceño. Luego otro. Se regaña un poco menos. Sus ojos están fijos en la lápida de su hermana, en la tierra que la cubre. Parecen congelados en el tiempo. En el instante en el que hundió la pala en el suelo, la alzó y dejó caer su contenido sobre el ataúd. Sobre el cuerpo aún fresco de su hermana. Tomás da otro trago.

Fuera de su rango de visión, a su espalda, se escuchan gritos y, más allá, dentro de los dibujos de tiza blanca, un canto solemne, como de ritual.

Un grillo hace cri, cri, cri, cri. Tomás intenta espantar un mosquito que zumba a su alrededor. No lo consigue. Otro grillo hace cri, cri, cri, cri. Cuando por fin lo aplasta, se le queda una marca roja y pegajosa en la palma de la mano. Probablemente su propia sangre. O quizás la de alguno de aquellos jóvenes. Puta noche de Halloween y putos yanquis, piensa Tomás.

El canto solemne aumenta en intensidad. Como si se estuviera alimentando del resto de ruidos del cementerio. Después se apaga. Y con él se van los demás sonidos. Hasta el de los grillos.

Tomás sonríe por primera vez en la noche. La botella ya casi está vacía.

De nuevo, un zumbido de mosquito.

Entonces unos jóvenes brujos y brujas ―los mismos encapuchados de hace un rato― pasan corriendo junto a él y pisan la tumba de su hermana. Tomás contrae la mandíbula, se levanta de un salto, agarra la pala y empieza a destrozar las calabazas más próximas. Golpea y grita. Golpea y grita. Trozos anaranjados vuelan por los aires. También restos de césped y tierra. Golpea y grita. Más jóvenes pasan a su lado ajenos a su cabreo, chillando. Él se enfada aún más. «¡Me cago en todos los dioses! ¡Si los muertos despertaran, si pudieran ver lo que hacéis en sus tumbas, cabrones!», ruge a pleno pulmón.

Su respiración se acelera. Empieza a sudar. El pulso le vibra hasta en los oídos. Se le resecan los labios.

Poco a poco, Tomás coge resuello, se calma. Con el frenesí ha perdido de vista la tumba de su hermana. La busca entre las sombras. Da con ella. Se acerca.

Al llegar junto a la lápida, Tomás se queda paralizado. Parpadea. Y empieza a temblar. Algo revuelve la tierra de la tumba desde abajo. De repente, unos dedos descarnados se asoman.

Una mano.

Publicado la semana 39. 29/09/2019
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