38
Pedro M. García

Al cuarto de la lavadora

Cuando el marciano de ojos naranjas, nariz invertida y olor a sardinas en lata tocó a mi puerta, yo forcejeaba con la tapa de un tarro de pepinillos. Supe que no podía ser mi hijo porque era poco después de la una y él los domingos no volvía a casa del after o un garito de esos, como él los llamaba, hasta bien entrada la tarde. Así que me temí lo peor. Abandoné la cocina con el tarro todavía sin abrir en la mano y un nudo en la garganta, imaginándome que el niño había tenido un accidente con el coche o que alguien en una pelea de las que se ven en las noticias le había dado un mal golpe. Crucé el pasillo repitiéndome en voz baja que estuviera tranquila, que si tras la puerta me encontraba a un policía no me echase de repente a llorar. A lo mejor era alguien que se había confundido: un repartidor de Amazon, por ejemplo, que trabajan hasta los domingos; el dueño de una gata que se hubiese escapado; o incluso un Testigo de Jehová con jetlag que acababa de venir, no sé, de Nueva York. Esperaba cualquier cosa, menos aquello.

Abrí la puerta y lo primero que vi sobre la alfombra fueron sus dos patas azules, que terminaban igual que las ventosas de goma de los desatascadores. Tenía la entrepierna plana y en lugar de ombligo y pezones tres protuberancias que recordaban a las trompas de los elefantes y que parecían estar a la espera de que alguien las ordeñara. No me fijé en nada más porque cuando lo miré a la cara cerré los ojos y me quedé sin voz. El ruido de cristales rompiéndose me llegó como algo remoto, como si me hubiese olvidado, por un instante, del tarro de pepinillos que sostenía en la mano con la que me acababa de agarrar por reflejo al marco de la puerta. Conté hasta diez antes de concluir que se debía tratar de alguien disfrazado que iba por ahí gastándole bromas de mal gusto a la gente. Así que abrí los ojos, fijé la mirada en su boca sin labios, me crucé de brazos y resoplé.

Esperaba que en ese momento él se riera, se quitara la máscara del disfraz o me pidiera disculpas. Al verlo allí parado, sin reaccionar, sentí que se me encendían las mejillas y le dije, con voz airada, que qué se creía, que si acaso encontraba divertido venir a molestar a una señora, en su único día libre, a su casa. Que debería darle vergüenza. Pero él no respondió, ni a mis palabras ni a mis aspavientos frente a lo que yo creía su máscara; no, él siguió plantado sobre la alfombra, quieto como una estatua. Yo volví a leerle la cartilla y entonces él me sacó una lengua rectangular idéntica a aquellos chicles de pega que daban calambres y que estuvieron de moda cuando mi hijo aún no había abandonado el colegio. Hasta aquí podíamos llegar, le grité antes de plantarme ambas manos en las caderas. De allí no se iba a marchar hasta que entrase a por el cubo y la fregona para limpiarme el estropicio de pepinillos y cristales rotos que había causado con su payasada. Yo esperaba que por fin dijera algo; imaginé, mientras lo amenazaba, que me respondería, como mi hijo cada vez que le rogaba que buscase trabajo o retomase los estudios, que ni de coña.

Pero no. Para mi sorpresa, según terminé de hablar, él cruzó de un salto que sonó pof el umbral de la puerta y se fue directo hacia el cuarto de la lavadora. Apareció unos segundos después con el cepillo, la pala, la fregona, el cubo medio lleno de agua y una bolsa de basura sujetos entre sus manos de tres dedos sin uñas. Por primera vez, empecé a sospechar que aquella criatura que apestaba a sardinas en lata y que aguardaba a que yo me moviese no era un hombre o una mujer disfrazada. Cuando me aparté, limpió con diligencia el suelo y los bajos de la zapatera y la mesa de la tele, los muebles más próximos. Luego regresó las cosas a su sitio y se plantó en medio del salón tal y como lo había encontrado fuera de mi casa, hierático. Antes de cerrar la puerta y correr el pestillo, asomé la cabeza y miré a ambos lados de la calle para comprobar que no hubiese otros seres iguales que él o alguna cámara oculta medio escondida tras una esquina.

Ahora estamos los dos sentados, yo en el sofá y él en mi mecedora, aunque mientras comíamos estábamos al revés. Parece que esta criatura, que sigue sin hablar o moverse por voluntad propia, solo funciona con órdenes. Se sentó porque así se lo dije cuando fui a la cocina a por la ensalada que estaba preparando antes de que tocase en la puerta. Comió lo que le serví en el plato cuando se lo mandé. Y se cambió de sitio conmigo, de nuevo tras ordenárselo, cuando recordé con apuro que mi hijo me echa en cara que le deje la ropa y el sofá apestando —trabajo en la pescadería de unos grandes almacenes— siempre que tiene ocasión.

Mientras lo observo mecerse adelante y atrás, medito si debería o no llamar a la policía. He visto demasiadas películas a lo largo de mi vida para suponer, con la suficiente seguridad, lo que sería de él si así lo hiciera. Después de montar un dispositivo en la zona, con sus barricadas y helicópteros, por si se volvía hostil, lo capturarían y lo llevarían a un centro de detención donde pasaría meses encerrado. Allí le harían todo tipo de pruebas invasivas y lo mantendrían retenido hasta que ya no les fuera útil. Entonces, las más de las veces, lo matarían con un tiro en la cabeza o una inyección letal; y las pocas, lo dejarían marchar, no sin antes borrarle la memoria. Pero incluso si lo liberaran, si lo soltasen en medio del desierto, nunca volvería a ser el mismo. La única forma de que regresase a su hogar más o menos intacto sería rompiendo los grilletes que le impidieran escapar. Y eso rara vez sucedía con éxito. Miro las protuberancias como trompas de elefante en miniatura que le botan donde habrían estado el ombligo y los pezones, las imagino cortadas y sustituidas por amplias cicatrices y descarto recurrir a las autoridades. Lo mejor, concluyo, es que lo esconda, al menos por el momento.

Me fijo en el reloj que cuelga de la pared: son pasadas las tres. Recuerdo que el niño siempre vuelve irascible, según él por el cansancio, no, por el agotamiento acumulado, tras varios días seguidos de fiesta. Si lo viera allí nada más entrar, montaría tal pollo que se enteraría medio vecindario. Me levanto del sofá, me acerco a él y le pongo una mano en el brazo al tiempo que le digo que me acompañe al cuarto de la lavadora. Sé que ahí no hay riesgo de que mi hijo lo descubra. Llego al pasillo y me giro para comprobar que me sigue. Y se produce el milagro. Frente a mí ya no está aquella criatura de piel azul, nariz invertida, patas con ventosas y manos de tres dedos sin uñas. Estoy yo. O una copia de mí. Desnuda. Idéntica al reflejo que veo en el espejo del baño cada mañana: mismas patas de gallo; mismas bolsas bajo los ojos; mismo pelo corto rubio, rizado; mismos pechos caídos; misma cicatriz por culpa de la cesárea. Lo único que conserva de antes es el tufo a sardinas en lata. Doy un par de vueltas a su alrededor para asegurarme de que la copia viene sin fallos. Como antes le he dicho que me acompañe, se va girando a la vez que yo, así que le ordeno que se detenga y compruebo con asombro que, en efecto, ahora soy una mujer duplicada.

Sé que a otros estas circunstancias podrían haberlos asustado, pero a mí me divierten. Me olvido de que planeaba esconderla y le digo que me siga a mi dormitorio. Cuando llegamos, me siento en el borde de la cama y le pido que se vista. Ella coge una falda y una camisa cualesquiera del armario y se las pone como un robot. Mientras la observo me viene a la mente la resolución con la que se dirigió al cuarto de la lavadora después de que le ordenara que limpiase los pepinillos y trozos de cristal, casi como si ya supiese de antemano donde estaban la pala o la fregona. Pruebo a decirle que se quite la ropa y, cuando lo hace, le digo que esta vez se vista como si fuera yo. Entonces se pone unas bragas beige que saca de la mesilla de noche, unas medias transparentes que hay tiradas por el suelo, la camisa blanca que tengo preparada para mañana y el pantalón negro que aún me falta por planchar. Me entra la risa boba y me tiendo, con los ojos cerrados, sobre la cama. Empiezo a concebir el esbozo de un plan, uno que, con la debida preparación, me facilite la vida y me permita disponer del tiempo libre que ahora me veo obligada a dedicarle a la casa y a mi hijo.

Paso un buen rato encargándole todo tipo de tareas, calculando hasta qué punto necesito ser específica para que haga las cosas incluso mejor de lo que las haría yo. Ella trabaja y yo sueño con irme cada fin de semana a la playa, con sentir el roce suave de la arena bajo mis callos, el soplo fresco de la brisa marina contra mi rostro. Hace mucho, demasiado, que no floto a la voluntad de las olas. De niña era mi sensación preferida. Hubo un tiempo en que mis amigos me llegaron a apodar la Crucecita, porque me pasaba las tardes haciendo el Cristo en el agua, con las orejas a medio sumergir y la boca escupiendo chorros como hacen las ballenas por sus espiráculos.

Cuando termina de limpiar el polvo de un estante que hay en la pared del salón, le quito el plumero de las manos y se lo paso, en broma y entre risas, por el cuello, la frente, la boca. Sigo con la bobería hasta que estornuda y se transforma, en un momento, en aquel ser azul de ojos naranjas, nariz invertida y patas acabadas en ventosas que encontré en mi puerta hace unas horas. Ya no da escalofríos o repugnancia; al contrario, vestido con mi ropa ofrece un aspecto ridículo. Lo toco tan rápido como puedo para que no tenga tiempo de estirarme el pantalón o la camisa. Y así, sin más, vuelve a convertirse en mí. Entonces oigo pasos fuera que se detienen junto a la puerta. Puede que sea mi hijo que ya ha vuelto de fiesta. O también puede que...

—Señora, abra.

Un nudo me tapona la garganta: no he reconocido esa voz. Tardo unos segundos en darme cuenta de que el marciano, mi copia, va hacia la entrada de la casa. Una orden, pienso. Por mi mente pasan en ráfaga militares armados con fusiles, un francotirador apuntando desde la azotea del vecino, un chip insertado en el hombro, en la nuca. Aprieto los dientes con rabia, me insto a moverme y noto que doy varias zancadas hasta alcanzarlo y susurrarle al oído que no abra, que se esconda en el cuarto de la lavadora. Mientras se aleja por el pasillo toso para que los de fuera me escuchen y sigan esperando callados. Me asomo con disimulo por la ventana. Siento un alivio inmenso y dejo caer los hombros: son mi hijo —que habrá vuelto a perder las llaves, y quién sabe si hasta la cartera— y un amigo, supongo, que no conozco. Voy sonriendo hacia la puerta, quito el pestillo, me siento en la mecedora, enciendo la tele y les digo que está abierto.

No necesito quitar los ojos de la pantalla para predecir lo que va a suceder a continuación. Tras despedirse de su amigo, mi hijo entrará en casa, me verá allí sentada y cerrará de un portazo. Pasará a mi lado sin saludarme y se dejará caer sobre el sofá, donde se acomodará y tratará de dormirse con las zapatillas de último modelo aún puestas. Si estoy viendo en la tele un programa o una serie que no le gusta, me mandará que cambie de canal. Si le pregunto algo, contestará con gruñidos. Y si le sigo preguntando, me dirá, con voz ronca y mala leche, que le deje de una puñetera vez en paz. Lo sé porque se repite todos los fines de semana. Desde hace años. Pero eso a mí hoy no me importa. Así que le pregunto si ha comido bien. Como no me responde, insisto.

—Que sí, coño.

Le pregunto el qué. No contesta. Le repito la pregunta.

—Un McDonald's, pesada.

Le recuerdo que el ritmo de vida que lleva no es sano. Que tarde o temprano va a tener que parar.

—Déjame tranquilo.

Le respondo que lo dejaré tranquilo cuando vea algún cambio en su comportamiento.

—Cállate.

Le digo que cuide esa boquita porque a mí no me puede mandar a callar.

—Te mando a callar si me sale de los cojones.

Me levanto y le grito que sea la última vez que me habla así.

Él me ignora.

Me pregunto qué me ha llevado, si ya sabía cómo se iba a desarrollar la charla, a repetir lo de siempre. Quizás la aparición del marciano me haya inducido a creer, sin que yo me diese cuenta, que esta vez sería distinta. O quizás se debiese a la pura inercia de la costumbre. Decido ir a comprobar cómo anda mi copia, pero antes le pido a mi hijo que, si se va a dormir ya, me haga el favor de descalzarse. Y es al esquivar el cojín que me tira cuando comprendo que esta vez sí que va a ser diferente.

—¡Deja de decirme lo que tengo que hacer, coño! Tengo treinta y tres putos años. Ya sabré yo lo que me conviene o no, joder.

Sin importarle mi reacción, se gira, con las zapatillas aún puestas, hasta darme la espalda. Siento el impulso de ir junto a él y cruzarle la cara de un guantazo, gritarle que no tolero que me falte al respeto y que mañana mismo se va a poner a buscar trabajo. Me dirijo, en cambio, a mi dormitorio. Aunque seguro que aquí estará mejor que en manos del gobierno, me da un poco de pena por mi doble: acabo de resolver que no me va a ayudar con las tareas de la casa; no, me va a sustituir.

Mientras atravieso el pasillo pienso que mi hijo es un malcriado, un vago, pero no un tonto. Todo mi ardid se puede venir abajo con solo un roce, con apenas la mínima sospecha. Empiezo a dudar cuando paso junto al cuarto donde está mi posible sustituta y le digo, en un arrebato, que dentro de cinco minutos se vaya a sentar en la mecedora. Dejo atrás la habitación de mi hijo. Recuerdo que no le gusta que entre en ella por miedo a que se la deje apestando. Y caigo en la cuenta de que las probabilidades de que mi hijo descubra el pastel son casi nulas: se queja cada vez que le hablo; me da órdenes continuas porque nunca hago las cosas cómo ni cuándo él quiere; y además evita siempre tocarme —hasta me aparta la cara cuando le voy a dar un beso— para que no le pegue ese tufo a pescado que según él me caracteriza y del que se avergüenza. Sonrío al llegar a mi dormitorio. Ya sería mala suerte que después de tantos años ahora le diera por cambiar sus costumbres sin motivo alguno.

Estoy a salvo.

A pesar de todo, siento remordimientos mientras meto las bragas y las camisas en la maleta. El pobre niño nunca ha estado solo, no es capaz de valerse por sí mismo. Pero también pienso, a la vez que un ardor me sube por el pecho y se me dilatan las aletas de la nariz, que de pobre niño hostias, que es un hombre de treinta y tres años que no ha dado un palo al agua y que ha preferido vivir, como una garrapata, del sacrificio de su madre cincuentona, soltera. Ya es hora de que yo disfrute de los años que me quedan. Así que cierro la maleta, resoplo y me dirijo al salón, donde él duerme y la criatura que es una copia de mí espera sentada en la mecedora sin emitir palabra.

Cerca de la puerta reparo en que mi doble está descalzo. Trato de hacer memoria y concluyo que nunca se llegó a poner zapatos, tan solo las medias. Vuelvo rápido a mi dormitorio, busco las pantuflas, no las encuentro, dejo la maleta sobre la colcha y me arrodillo para comprobar si están debajo de la cama. Doy con ellas a tientas y según las agarro me precipito hacia el salón. Mi hijo sigue dormido y mi copia sentada.

Me agacho junto a mi doble. Le coloco las pantuflas en sus pies llenos de callos que hace nada eran patas azules acabadas en ventosas, le extiendo una manta sobre el regazo y le pongo una tazón de leche bien fría en la mano izquierda antes de susurrarle al oído que a partir de ahora cuide de la casa tal y como lo haría yo. Mientras me alejo de puntillas en dirección a la puerta miro hacia el sofá y amago una sonrisa triste al ver cómo se le hincha a mi hijo la barriga cervecera cada vez que respira. Agarro el pomo. Lo giro. Vuelvo a mirar a mi hijo y después al marciano que es mi viva imagen y que se balancea adelante y atrás, adelante y atrás en la mecedora.

Entonces salgo a la calle y rezo. Pido a Dios, a la Madre Cabrini y a la Virgen del Carmen que a mi sustituta no le dé por estornudar así de repente; no sé qué haría si, ahora que casi noto la brisa marina en la cara, me lo echase todo a perder. Subo al coche, recuerdo que he dejado atrás la maleta, arranco y pienso, tras quitar el freno de mano, que ya me compraré ropa nueva —una que no huela a pescado— cuando llegue a la playa.

Publicado la semana 38. 22/09/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
38
Ranking
0 43 0