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Pedro M. García

Náufragos

Lo condenaron a arrastrar el ancla, durante las horas más calurosas del día, alrededor de los restos de la nave varada en la arena. Los demás tripulantes, de labios resecos, costras de sal por el cabello y llagas en la piel, lo observaban recostados contra troncos de palmeras, cuyas hojas verdes, acabadas en púas, los protegían de los aguijonazos del sol.

Son trece hombres en un islote plano. Doce marineros, su capitán y un navío sin mástil.

Transcurrirán las horas y los días sin que ningún buque los aviste y acuda a auxiliarlos. Se agotarán los dátiles y la sangre de los muertos que la marea no reclamó. No habrá una nube que manche el cielo ni un soplo de brisa que refresque sus rostros y arrastre consigo la esperanza casi inalcanzable de la salvación.

Pero eso el capitán no lo sabe. Él piensa que ha pecado. Que su error al perseguir aquella tempestad y girar con violencia el timón, a pesar de los gritos y reproches de sus tripulantes, no es definitivo. Cree, aún, en la posibilidad de redimirse a través de la penitencia. Por eso camina en círculos, con los ojos enrojecidos y la cadena del ancla marcada, como un tatuaje, en su lomo. Por eso gira y gira como las agujas de un reloj, como los astros en torno a una estrella, como el ser humano y sus equivocaciones frente a la mirada eterna de Dios.

El capitán no se opuso cuando su tripulación decidió su castigo. Lo aceptó con la cabeza gacha y la mirada perdida en la arena. Tampoco ellos dudaron en imponerlo. Haber actuado de otra forma ―rompiéndole la crisma en el acto o perdonándole sin necesidad de súplicas la vida― hubiera supuesto reconocer aquello que no se podían permitir: que la Muerte, con su guadaña de luz y sal, le había echado el ojo a los doblones de oro que transportaban en bodega; unos que ellos habían robado mediante arcabuzazos, tajos y puñaladas y que ella, tarde o temprano, vendría a reclamar.

Antes de que tres de ellos se internen en el océano y sucumban al cansancio de las olas, otro ―puede que el rubio de ojos de aguilucho triste o el moreno de dientes amarillos y muelas de plata― arrojará al agua una botella. El recipiente vidrioso, que una semana antes les proporcionaba ardor en la garganta, risas, burlas y ron, contendrá una púa de palmera arañada con una palabra. La botella saldrá llena de ilusiones, pero alcanzará vacía su objetivo, donde nadie la comprenderá.

El capitán arrastra ahora los pies como si los llevara encadenados. Sus tripulantes lo miran como si fuera un espejismo. Un cuarto hombre, harto de la espera, está a punto de morderse la lengua y ahogarse en su propia sangre. Como se ahogaron en la tempestad tantos de sus compañeros. Como sucumbieron sus padres y los padres de estos a los avatares de este u otro mar.

Todo empezó con el canto reverberante de las caracolas, ese hechizo que el tiempo y la fantasía de algún marinero dotaron de apariencia y de nombre: sirena. Una sola palabra, sirena, capaz de contener en sí misma la maldición insondable del océano y del ser humano. Infinidad de hombres han conocido su runrún; aquel que, una vez descubierto, te persigue allá donde estés, sea en lo alto de una sierra o en el interior de una cueva subterránea, llamándote, susurrándote al oído promesas que insuflan tu pecho de aire y otras cosas ―la chispa previa a un cañonazo, el sacrificio por el amigo que recibe un disparo en la pierna, un amor de cabellera azabache, esmeraldas― a las que no te puedes negar. Sirena.

Los marinos del Pelícano también oyeron ese canto, esa llamada, esa promesa rítmica de ida y vuelta que siempre murmura, se rompe y arrastra consigo, hacia las profundidades, guijarros blancos que algún poeta ―quizás la reencarnación de Homero o de Matthew Arnold― volverá a imaginar. Y respondieron, los marinos, sin saber lo que las aguas les acabarían pidiendo a cambio.

Porque su instinto pudo más que su razón. Porque una hamaca colgante e insegura de la que uno no sabe si caerá es más atractiva que un lecho igual de inmóvil y duro que la tierra sobre la que se levanta.

Hasta que llega la quietud. Entonces ya nada importa.

Hace horas que el capitán yace en la arena aplastado por el ancla. Los demás sueñan bajo las púas de las palmeras. Ellos y él, todos, duermen oprimidos tras la sombra de los anhelos por los que nunca se atrevieron a pelear.

Ninguno despertará a las gotas de lluvia que promete una nubecilla ―aquella, aquella― que se perfila en el horizonte.

Publicado la semana 37. 15/09/2019
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