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Pedro M. García

Dudas

A veces me pregunto qué sucedería si fuésemos incapaces de distinguir entre fantasía y realidad. Habrá quien crea que la solución es evidente: entrevista a un loco. Pero no, no me refiero a los delirios del esquizofrénico, que no distingue entre la paloma y el dragón de ojos violetas y cola de martillo a los que ve posados en la cornisa de un edificio de veinte plantas. Tampoco hablo de los que consumen una sustancia psicotrópica, sea pastilla, seta o hierba, y perciben la realidad distorsionada durante el lapso de tiempo que están bajo sus efectos. A lo que yo me refiero es a la posibilidad de complementar nuestra vida real con una ficticia que inventaríamos nosotros mismos y que se almacenaría en nuestro cerebro como un recuerdo más, indistinguible de la primera vez que montaste en bici o de la vez que una ola te revolcó y estuvo a punto de ahogarte. Sería algo tan sencillo como, desde el sofá o la cama o frente al volante en un atasco, recordar ese paisaje lunar que viste en un documental e imaginarte allí, embutido en una escafandra blanca, parlamentando con varios emisarios extraterrestres no antropomórficos (una bola telepática, rugosa, sin ojos y hecha de infinitas bolas más pequeñas y/o un pelo gigante de extremo superior alopécico, por ejemplo) la entrada de la Tierra en una confederación intergaláctica. Seguirías siendo tú, un camarero, una azafata, un exjugador de fútbol, una cirujana especialista en trasplantes faciales, y al mismo tiempo el ser humano que salvó al planeta de un posible conflicto universal. Nadie te podría quitar esa sensación de júbilo ante tal triunfo, esa calidez en el pecho y en el rostro y la sonrisa que te habría invadido al posar para las cámaras con el pulgar levantado. Tendrías dos vidas, una propia, tuya, solo tuya, y luego la de siempre, de puertas para afuera, compartida. Las diferencias entre nosotros dejarían de ser insalvables; la prepotencia y la altivez, tan comunes, carecerían de sentido. Como también carecería de sentido la industria del entretenimiento que acapara nuestros días. O tal vez no, porque es mucho más fácil someterse a la fantasía de otro, dejarse llevar bajo una lluvia que ni moja ni huele, que participar de forma activa, pringado de barro, en una de creación personal. Es más, si todo hombre o mujer tuviera esta capacidad de inventar algo de tal modo que, aunque en el recuerdo, se volviese real, ¿cómo podría saber yo que soy de verdad, que la cicatriz en mi rodilla y el lunar en mi ombligo existen, y no que formo parte, como una hormiga más, del recuerdo de otra persona? Esto también me lo pregunto, a veces. O no, pero como fantaseo con preguntármelo ahora que es recuerdo tengo la impresión de que sí me lo pregunto. Supongo que, para hallar una respuesta, tendría que quitarme de en medio. Si me mato y vuelvo, soy memoria, vestigio. Y si no, pues nada (o lo que quiera que venga después). Quizás ya vaya siendo hora de averiguarlo. Hace tiempo que vivo (o no) cansado. ¿Venderán sogas en la ferretería de la calle de atrás?

Publicado la semana 35. 01/09/2019
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