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Pedro M. García

Dimensión equivocada

La mano velluda de Tom rodea el despertador y lo lanza contra la pared frente a su cama. Los restos de cristal y plástico negro se esparcen por el parqué. Tom se incorpora al escucharlos rebotar. Frunce el ceño y se queda observándolos un par de minutos con cara de ¿Pero qué coño?, si los hologramas no se rompen. Luego se encoge de hombros, se gira hacia la mesita de noche, que es un taburete triangular de madera, saca un dado de seis caras del bolsillo del pijama y lo tira. Sale impar. Tom resopla. Antes de ponerse en pie, enciende el mechero para fumarse su último cigarrillo. Veinte minutos después está apretando el botón del ascensor.

Al llegar a la planta baja, va a saludar al portero y se detiene a medio camino. Lo mira extrañado de arriba abajo. El portero hace lo mismo.

―¿Qué, otra conquista de la señorita Jiménez, eh?

―¿Cómo dice?

El portero sonríe a Tom y le guiña un ojo.

―No tiene por qué avergonzarse, hombre. No es el primero, ni será el último. Se lo digo yo, que algo sé de este tema.

Tom amaga con responderle, pero en el último instante sigue caminando y sale del edificio. Arruga la nariz nada más cruzar el umbral de la entrada: la brisa trae consigo el olor a pan recién horneado. Empieza a avanzar hacia la derecha y se detiene pocos pasos después. La piel se le ha vuelto pálida. Arcadas. Vómito. La gente que pasa junto a él abandona la acera con el rostro asqueado. Cuando deja de echar bilis, Tom se limpia la boca con una mano, mientras con la otra se saca la caja de cigarros del bolsillo derecho de la chaqueta.

―Mierda.

Tom resopla profundamente, se estira y retoma su camino. Sigue por la misma calle de edificios de hormigón y aceras estrechas durante cinco minutos, luego gira a la izquierda y continúa un poco más. Aunque por la frente le corren gotas de sudor hasta metérsele en los ojos, solo se quita la chaqueta cuando llega a la dirección que busca. Permanece observando el establecimiento en forma de libro abierto unos minutos, con la misma cara de sorprendido que al despertarse. Es un estanco.

―Oiga ―le dice a una señora que ojea una revista―. ¿Cuánto hace que la farmacia no está aquí?

―¿Qué farmacia?

―Pues la que había hasta la semana pasada.

―Aquí nunca ha habido ninguna farmacia.

―¿Cómo que no? ―la voz de Tom adquiere un tono de irritación.

―Si lo que quiere es una farmacia, hay una a la vuelta de la esquina. Allá, ¿ve? ―interviene un señor que está asomado a una terraza próxima.

Tom le dedica un aplauso rápido, con la técnica que enseñan en las academias de etiqueta, y se apresura hacia la farmacia. De nuevo se sorprende cuando ve los productos expuestos en las estanterías. Espera a que terminen de atender a la persona que iba antes que él. Sus dedos índices no dejan de temblar.

―Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle, señor?

―Buenas. Quería un paquete de Lucky Lux y otro de Via Lucis. ―Saca la cartera del bolsillo trasero del vaquero―. Aquí tiene mi carnet regulador.

Ahora quien pone cara de extrañado es el dependiente, moreno, pecoso y de nariz aguileña.

―¿Lucky…, qué?

―Lucky Lux.

―Espere un momentito, por favor. Paola, ¿puedes venir un segundo?

De un extremo del mostrador se acerca una chica alta con gafas y moño.

―Dime.

―Este señor me está pidiendo unos Lucky Lux, ¿tú sabes…?

―Ni idea. ¿Qué son, señor?

―Vaya por dios. Cigarros, qué van a ser.

―¿Cigarros?

―Pero es que aquí no vendemos cigarros.

―¿Me está vacilando? ―el rostro de Tom empieza a enrojecer―. ¿Se están riendo de mí?

Aunque están protegidos tras el mostrador, los dependientes retroceden.

―No.

―Entonces díganme, si no se venden aquí, ¡¿cómo coño van a controlar que la gente consuma su dosis semanal de tabaco?!

―Señor, cálmese o tendremos que llamar a la policía.

―¿Que me calme? ¿Cómo me voy a calmar si no me dan los putos cigarros? Ya no me quedan, ¿entienden?

―Señor, le digo que…

Por el rabillo del ojo, Tom capta a alguien que pasa fumando junto a la vitrina de la farmacia. En un par de zancadas atraviesa el umbral de la puerta y corre hacia él. Cuando está a punto de alcanzarlo, ve que arroja el cigarrillo al suelo. Tom se tira en plancha, lo coge en el aire y, ya en el piso, le da un par de caladas antes de que se apague. El alivio se hace patente en su rostro nada más saborearlo: la comisura de los labios se le relaja, las cejas en forma de bumeranes se aplanan y las aletas de la nariz dejan de estar dilatadas.

Dura un segundo, dos.

Y entonces, tan pronto como ha venido, se esfuma.

Publicado la semana 34. 25/08/2019
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