32
Pedro M. García

Soledad

El canto del reloj de cuco resonó por toda la casa. Como cada mañana, me despertó. Él y su recuerdo. Cuando lo conocí colgaba de la pared del sótano y su cucú se asemejaba a un canto gregoriano. Creo que si no hubiese sido por esa melodía no me habría hecho cargo de la casona de mis abuelos tras su muerte, y mucho menos la habría convertido en un hotel rural. Ahora presidía el salón-comedor y sus acordes reverberaban como un himno a la alegría. Aunque últimamente más que a la alegría era un himno a la nostalgia. Quizás era mi culpa: hacía tiempo que el deseo de conocer a alguien nuevo había ensombrecido mi existencia.

Tras arreglarme, salí al pasillo y lo recorrí tocando las puertas de mis huéspedes. Era hora de desayunar. Si había alguien capaz de superar el cucú del reloj con su voz, ese era Bob. Había llegado, junto a los otros dos, hacía siete años. Ninguno parecía dispuesto a marcharse. En ciertos sentidos, nos habíamos convertido en una especie de comuna artística: yo actuaba como mecenas, escuchando y valorando sus obras; Bob componía sus propias canciones, aunque siempre interpretaba las mismas, acompañándolas de una armónica; los folios de Jerome, un perfeccionista que en estos siete años solo había completado nueve cuentos, estaban llenos de tachones y manchas de tinta; y, finalmente, Holly se dedicaba a ponerse máscaras e improvisar otros yos, unas veces introvertidos, otras charlatanes, para acabar, cada noche, puliendo entre diamantes el personaje que más le gustaba.

Una vez en la cocina, les preparé el desayuno: huevos rotos, beicon, tostadas con mantequilla y leche. Lo serví en unas cuantas bandejas de porcelana china y, con cuidado, me dirigí al salón. Como de costumbre, ya estaban sentados a la mesa, esperándome. Era sorprendente. Al principio creí que lo hacían para intrigarme, el bajar de sus habitaciones casi que de puntillas sin que yo escuchara sus pasos en el pasillo o las escaleras, pero con el tiempo comprendí que lo hacían porque les encantaba mi desayuno y lo querían recién salido de la sartén. Recuerdo que una de las primeras veces toqué sus puertas y luego me escondí tras la estantería coja del pasillo pegada a mi habitación. Me apoyé en ella mientras esperaba a que salieran y a punto estuvo de caerse. Cuando me dio por bajar, los encontré allí, sentados. Se habían anticipado a mis maquinaciones, los muy listillos. Acabé por aceptar mi derrota y desistí de intentar cogerlos infraganti.

El reloj de cuco cantó de nuevo. Sin darme cuenta, había desayunado sumido en mis pensamientos. Aunque nuestras conversaciones solían girar en torno al pasado, al ambiente mágico y creativo que había en el París de los años veinte, o a la libertad disparatada del Zúrich dadaísta, esta vez conduje la charla alrededor de la monotonía y los sentimientos que causaba. Tanta polémica provocó el tema que nos cogió la tarde allí sentados hablando. Entonces un golpe nos sacó de nuestro ensimismamiento. Venía de la puerta de la entrada. El reloj dio las seis y media mientras me levantaba de la silla. Me aproximé a la puerta con cautela, dividido entre un miedo atroz y una excitación incontenible: al fin y al cabo, hacía siete años que no veía una cara nueva. Cuando abrí la puerta, las manos temblando, lo descubrí.

                                                              ⁕

La ausencia de trinares resaltó el silencio de la pequeña arboleda. Como cada mañana, me despertó su recuerdo. El del canto de los pájaros. Al menos no había desaparecido de mi memoria. Ya ni sabía los años que habían pasado desde el Cataclismo. Un día la tierra se acerca demasiado al sol y ¡pum!, el aire se densifica, las aves pierden la capacidad de volar (y con ella las ganas de cantar), los insectos dejan de polinizar y, con el tiempo, el verde cede al marrón y al gris. Si al menos no hubiese afectado a las personas… Cada vez me sentía más cansado de vagar por los caminos, solo, sin poder compartir nada con nadie que no estuviera dentro de mi cabeza. La última vez que me había encontrado con otro viajero, amanecí descalzo y con un solo calcetín. No creo que ni siquiera fuera mala persona. Simplemente, la desgracia había embrutecido a los pocos que quedábamos. Aun así, si pudiera dar con uno, uno solo, que aligerara esta carga…

Tras recoger la manta, raída, y meterla en el macuto, mastiqué unas nueces junto a unos trozos de corteza de sauce. No era tan efectivo como las aspirinas, pero algo aliviaba el dolor de cabeza. Dos tragos de agua después, me acerqué a los tres árboles que conformaban aquella arboleda, en el pasado puede que lustrosa, a hacer lo que siempre hacía si me encontraba con uno: injertos. Como solo habían quedado en pie los árboles polinizados por el viento, aprovechaba los pocos conocimientos de botánica que tenía para, de vez en cuando, intentar polinizar y repoblar los casi desaparecidos bosques. No es que conservara muchas esperanzas de reconstruir nuestra sociedad, pero sabía que cualquier tipo de futuro que quedara para la raza humana pasaba por la supervivencia de las plantas.

Al finalizar, recogí mi macuto, revisé la tensión de la cuerda del arco, me ajusté el cuchillo en el cinto y retomé mi viaje hacia el oeste, la última parte del país que me quedaba por recorrer. Mientras atravesaba parajes desoladores, grises, con alguna granja abandonada aquí y allá, recordé el día que la enfermedad se había llevado a mis padres y a mi hermano. Hacía poco que habíamos empezado a movernos; los recursos escaseaban. Sin saber muy bien cómo, me vi cavando sus tumbas con mis propias manos. Desde entonces, cada vez que pensaba en ellos, en lugar de sus caras se me aparecían imágenes de uñas rotas, sucias y ensangrentadas. Para verlos tenía que recurrir a una foto de los cuatro que llevaba oculta en lo profundo del macuto.

Un ruido me puso en alerta. Preparé el arco y escuché inmóvil. No parecían hombres. Otro ruido. Tensé aún más el arma. Un conejo o un ratón, lo más seguro. Esperé. El brazo que agarraba la cuerda me empezó a temblar. Nada. Un hormigueo me recorrió la piel alrededor de una vieja herida. Solo silencio. Destensé el arco: la espera había sido en vano. Tras guardar la flecha en el carcaj, me fijé en el horizonte, oscurecido ligeramente por el atardecer: en lo profundo de un valle, junto a un riachuelo, me pareció distinguir la silueta iluminada de una casa. Percibí, aguzando el oído, un leve rumor que provenía de allí. Como no me apetecía volver a pasar la noche a la intemperie, y el recuerdo difuso de mi familia pugnaba con mi soledad, decidí acercarme.

No tardé demasiado en llegar. Era una casa de campo larga, antigua, de piedra y con paneles solares cubriendo el tejado, al que le faltaban algunas tejas. Sus ventanas, abundantes por toda la fachada, estaban protegidas tras unos barrotes verticales. Había un pequeño alpende a su derecha que por el olor debía contener gallinas y cerdos. A su izquierda había un molino de agua que aprovechaba la fuerza de la corriente. El edificio principal estaba coronado por un cartel que decía Hotel Rural Cuco. Me acerqué a una ventana junto al alpende y puse la cara entre los barrotes, sin conseguir ver el interior. Retrocedí, la nariz arrugada y a punto de toser, a causa de una pestilencia repentina. Empecé a patear el suelo mientras meditaba si de verdad valía la pena entrar. Entonces escuché una risa procedente de la casa. Me transmitió una sensación como de seguridad. Una risa. Después de considerar la mejor forma de huir en caso de que algo no fuera bien, el cuchillo sujeto a mi espalda, aspiré profundamente y toqué en la puerta principal.

Abrió un hombre de unos cuarenta años, afeitado. Parecía inofensivo. Con disimulo, solté el arma.

─Saludos, extraño viajero. Mi nombre es Miguel.

─Hola.

─¿Podrías decirme tu nombre y qué te trae por aquí, si eres tan amable?

─Eh, claro. Soy Lot, y bueno…, voy al oeste.

─¿Así que al oeste, eh?

─Sí, y me pregunt-

─¿Si puedes pasar la noche aquí? Por supuesto, ¡por supuesto! Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuvimos nuevos huéspedes. Serás más que bienvenido.

─Ah, que no estás solo.

─No, por suerte no. Ahora te los presento. Están todos en el salón. Acabas de llegar justo a tiempo para escuchar una de las historias de Jerome. ¡Son increíbles!

Mientras traspasaba el umbral de la puerta, pensé que Miguel era bastante amigable. Me gustó haber dado con alguien así.

―Qué barbas llevas, por cierto. ¿Es la nueva moda, Lot? Era Lot, ¿verdad?

Me hizo gracia su sentido del humor. Modas. Asentí con una sonrisa. En mi mente se encendió la llama de una idea: igual podía abandonar el viaje y pedirle una habitación. Así no volvería a estar solo. Pero justo en el momento en que llegamos a la sala, lo descarté.

─¡De acuerdo, amigos, decidle hola a Lot! Esta es Holly, ese detrás de la televisión es Bob y aquel junto a la radio es Jerome, el que te acabo de comentar. ―Se oyó un tictac repetidas veces―. ¿Qué sucede, no vas a saludarlos tú también?

La garganta se me había agarrotado. Miguel estaba hablando con maniquíes.

─¿Lot? ¿Te encuentras bien?

─Eh, sí, perdona. Yo… no esperaba tanta gente. Encantado.

Decidí seguirle el juego y tratar de no hacerle enfadar. Por la mañana me iría y olvidaría la casa y sus habitantes. Bueno, a su habitante. Además, podía entender, en cierto modo, por qué había terminado recurriendo a fantasías. Aproveché que Miguel parecía estar escuchando respuestas imaginarias para dejar mis cosas bajo un reloj de cuco precioso: estaba hecho con una madera color mango. ¿Existirían todavía ese tipo de árboles? Cuando me quité el abrigo mantuve, por si acaso, el cuchillo oculto bajo la camisa. Varios minutos y una carcajada después, mi anfitrión habló de nuevo.

─Mira, Jerome va a leer uno de sus cuentos. Toma asiento y disfruta, amigo mío.

Mientras hablaba, el reloj de cuco cantó las siete en punto y la radio se encendió por sí sola. Una grabación comenzó a sonar, recitando un relato corto de J.D. Salinger. Lo reconocí. Se trataba de Para Esmé, con amor y sordidez. Al finalizar el cuento, Miguel se puso en pie de un salto y comenzó a aplaudir efusivamente.

─¡Bravo! ¡Excelente! Fue impresionante, ¿no crees?

─Sin duda alguna. Me dejó sin palabras.

Luego paró y pareció estar escuchando algo de nuevo. Una sonrisa triste se apoderó de su cara. Dejó caer los hombros.

─¿Sabes, Lot? Me encanta jugar al escondite…, pero con ellos es bastante aburrido. ─Se me acercó al oído con aire misterioso y susurró─: Siempre gano.

Sentí lástima por él al imaginarlo jugando solo. El tictac del reloj sonó dos veces.

─¿Te gustaría jugar una partida antes de cenar? ─le propuse.

Miguel volvió a brincar.

─¡Perfecto! Cuenta hasta veintiuno. ¡Vamos, chicos, a jugar!

Dejó la habitación en un frenesí. Podía oír sus pasos en las escaleras del vestíbulo. Una vez que terminé de contar, me dirigí hacia la primera planta. Presté atención a cada sonido, por leve que fuese, como si estuviera cazando, y pronto me di cuenta de la habitación en la que se estaba escondiendo Miguel, a mitad del pasillo. Pero no fui directo a por él: traté de prolongar el juego un poco más; quería permitirle disfrutar de la diversión que no había tenido en todos esos años solo. Por lo que, intencionadamente, toqué otras puertas y grité cosas como «¿Estás aquí?» o «¡Te encontré!». De fondo se escuchaban unos murmullos, como si se estuviera riendo a cuenta de mis fallos y fuera incapaz de contenerse.

Fue entonces cuando los descubrí. Al abrir una puerta, los esqueletos de un adulto y dos niños aparecieron frente a mis ojos, tendidos sobre dos camas individuales. Las imágenes de mis uñas quebradas y cubiertas de tierra y sangre reseca me golpearon con la fuerza de un camión. Retrocedí algo trastabillado. Por primera vez en años, fui capaz de recordar sus rostros. Los de antes del Cataclismo, cuando eran carne y no memoria. Un olor nauseabundo, el mismo que había olido junto a la ventana, me aturdió. Esta vez fui incapaz de controlarme. Y tampoco podía pensar con claridad: mi mirada seguía fija en las camas. Solo estaba seguro de que necesitaba desesperadamente salir de aquel hotel rural. Empecé a correr a trompicones a través del pasillo. A mitad, derribé de un choque una estantería. Bajé las escaleras a saltos. En el preciso momento en el que atravesaba la puerta principal, las primeras palabras de Blowin’ in the Wind resonaron por toda la casa. Nunca regresé. Atrás quedó mi mochila, con la foto de mi familia, bajo aquel reloj de cuco de color mango.

                                                                ⁕

Permanecí dentro de la habitación disfrutando del juego. Sabía que se me daba bien, pero tampoco tanto. Cuando ya no pude esperar más, decidí volver y decirle a Lot que había ganado yo. Salí de debajo de la cama y empujé la puerta, que no se abrió. Había algo bloqueándola. La empecé a golpear y a gritar pidiendo ayuda. Nadie me respondió. Después de un rato haciendo lo mismo, los músculos ya agarrotados y las manos enrojecidas, escuché la voz de Holly procedente del salón. Estaba interpretando de nuevo el papel de la chica aquella que desayunaba frente a una joyería, incluso sin que yo estuviese allí para admirarla. Era como si no me recordasen, como si no existiera. Pasé la noche detrás de la puerta pidiendo socorro y auxilio. En algún momento intenté forzar los barrotes de la ventana, sin éxito. Al día siguiente apenas podía hablar. Había perdido la voz. Mi voz. Así que, sentado en el suelo, comencé a patear la puerta, todavía esperando a que alguien acudiese, tal vez Lot. Pero nadie vino.

Sin comida ni agua, me volví más y más débil, hasta el punto de que era incapaz de moverme: me notaba los labios resecos, cuarteados; los ojos me quemaban. Ya ni siquiera escuchaba el reloj de cuco, solo un pitido interminable en el oído. Todo lo que podía hacer era esperar que, en algún momento, se acordasen de mi existencia y vinieran a salvarme. Mientras mantenía la esperanza, recuerdos de mi pasado retornaron a mí, recuerdos que el olvido, o acaso el instinto de conservación, habían suprimido tiempo atrás. Vagas imágenes de una mujer y dos niños me persiguieron día y noche. Hasta que comprendí, justo antes de desvanecerme, qué había hecho, y por qué.

Publicado la semana 32. 10/08/2019
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