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Pedro M. García

Sin rumbo en la vida

Abrí por primera vez el libro, después de una clase de aerobic, con una mezcla de emoción y ansiedad, incapaz de controlar el temblor de mis piernas. Me lo habían recomendado varios amigos, decían que les había cambiado la vida. Y yo necesitaba que me la cambiaran; o, al menos, que le dieran algún tipo de rumbo. La edición que reposaba entre mis manos era de la biblioteca: la cubierta morada estaba algo cascada en las esquinas, las hojas revelaban el amarillo del humo y olían a cerrado y a ácaros. Tras aspirar su aroma a antiguo, que me recordó al de la gasolina, empecé a leer vorazmente, sometiendo mi tiempo a la guía caprichosa del narrador protagonista. La lectura, sin embargo, no fue lo que me esperaba: al correr las páginas aprovechaba para bostezar y, en algunas ocasiones, hurgarme los oídos. No entendía cómo la respuesta a mi desconcierto vital se podía encontrar en una historia tan aburrida, hasta el punto de que el ruido más leve me hacía girar la cabeza igual que un suricato que salta como un resorte por cualquier vibración de la tierra. ¿Cómo iba a enseñarme un personaje que no reacciona a que le escupan en la cara qué hacer con mi vida? Lo leí entero por esa ascua que llaman esperanza y que no se extingue ni aunque llueva. Pero nada. Hubo decisiones y conductas del protagonista que creí fuera de lugar; algunos personajes, en especial los que iban en grupo, rollo punki, con el pelo teñido de verde y andando con los pies juntos como si fueran pingüinos, me parecieron irrelevantes y absurdos, vamos, puro postureo; tantas rotondas y desvíos, además de otros elementos espaciales, casi me marearon, confundiéndome más de lo que ya estaba. En fin, no entendí de la misa la mitad. Más que una novela, me recordó al típico libro de buscando a Wally. Quizá fuera cosa de mi juventud, o tal vez es que yo era más corta que el resto y ya está. Culpa del libro no podía ser: su autor era un Premio Nobel. Así que, a pesar del esfuerzo por mi parte, continué perdida en la vida…

 

                                                               ⁎

 

Veinte años después, Silvia, mientras esperaba a que despegase su avión hacia Roma, reparó en que otro viajero se había olvidado un libro en el asiento contiguo al suyo. Lo reconoció al mirarlo de cerca: se trataba del que había intentado leer cuando era joven, el que no comprendió y la dejó igual o más perdida que antes. Como el vuelo duraba varias horas y no tenía nada mejor que hacer, decidió releerlo. A medida que pasaba las páginas, la boca se le secaba y los ojos se le abrían con mayor intensidad. La narración la absorbió: tragaba saliva con cada giro, incluso aunque ya los conociera. Sí… En su juventud apenas había raspado la superficie, como si en el microrrelato de Monterroso “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, se hubiese quedado en lo meramente denotativo. Pero en esta segunda lectura se había podido sumergir en lo connotativo, su “dinosaurio” cobraba la apariencia del padre, del profesor, de la bestia. Comprendió las razones del protagonista, apreció y hasta se emocionó con el andar de pingüino de los punkis peliverdes, sintió hasta casi palpar los giros de las rotondas, desvíos y demás elementos espaciales que aquella vez la habían desconcertado. Al contrario que en su primera lectura, a la que se enfrentó como un individuo y, por tanto, limitada por su propia perspectiva, en este momento se veía a sí misma como a un dios dentro de la narración: sabía el porqué de todo y de todos.

Al concluir la última página, Silvia desvió la mirada del libro y lo cerró, junto a sus párpados, pensativa. Permaneció así varios minutos. Una leve sonrisa se fue dibujando en su rostro: reflexionaba sobre lo inocente y obtusa que había sido la primera vez que leyó aquella historia. La inexperiencia le había impedido comprender elementos que ahora saltaban a la vista, la había hecho creerse con orejas de burro en comparación con sus amigos. Deseó poder viajar atrás hasta aquel instante y darle a su yo más joven una clase magistral, con su pizarra, tiza y borrador; sugerirle otros autores cuyas obras le servirían para entender mejor esta, para ponerse en camino, su camino, lo más pronto posible. Quizá con los consejos de su yo actual se hubiera ahorrado los dos intentos fallidos de estudiar en la rama de ciencias de la salud, o la relación tóxica con Nacho que la condenó a meses tumbada en el sofá de un psicoanalista. Pero entonces pensó que no podía hacerlo. La vida seguía y obedecía su propio rumbo, no podía acelerarse o inculcarse su aprendizaje: cuando llegaba, llegaba, y ya.

El avión inició el aterrizaje.

Publicado la semana 31. 04/08/2019
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