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Pedro M. García

Anticipación

Llaman a la puerta.

Dentro de la cabaña, el hombre siente un escalofrío a pesar de la manta que lo cubre. Se incorpora en la oscuridad, con cuidado de no hacer ningún ruido, y saca el revólver de debajo de la almohada, pero no se pone en pie. Espera.

Llaman a la puerta.

El hombre se sincroniza con los golpes de tal forma que, al levantarse, el chirrido de los muelles del colchón pasa desapercibido. Coge la almohada y la mete bajo la manta para simular su cuerpo. De la mochila que descansa junto a la pared saca una peluca negra y un globo hinchado. Mientras los coloca piensa que hasta un niño sabría, nada más verlos, que son de pega.

Llaman a la puerta.

Sonríe. No le importa que sea evidente, solo necesita un par de segundos de duda. Esos que distan del impacto de la bala a la percepción del disparo. Da unos pasos hacia el baño, se detiene y se dirige hacia la ventana. Quiere ver a su próxima víctima antes de que todo se desmadre. Quiere oler el rocío de la madrugada antes de que se mezcle con el tufo de la sangre.

Llaman a la puerta.

Tras un resquicio de la cortina observa al que se cree su verdugo. Al sicario que ignora que en vez de quitar una vida va a perder la suya. Y de una manera horrible, además. Porque la mochila también contiene cadenas. Porque hace días que lleva recolectando por el bosque hormigas de fuego que ahora pululan en una caja bajo las cadenas.

Llaman a la puerta.

Con el primer disparo lo va a desarmar. Con el segundo le va a reventar la rodilla derecha. De donde caiga a la cama, un culatazo en la frente y a arrastrarlo.

Llaman a la puerta.

El roce de la cortina hace que le pique la nariz. Se rasca, pero el picor continúa. Se aparta un momento de la ventana creyendo que va a estornudar. Aunque logra frenarlo a tiempo tapándose la nariz, se congela y espera.

Llaman a la puerta.

Suspira. Por un momento creyó que su plan se iba a echar a perder por una casualidad. Regresa junto a la ventana. Alza el brazo para apartar levemente la cortina. Y entonces recibe un impacto en el pecho. Mientras se derrumba y oye, como a lo lejos, el sonido del disparo y del cristal al quebrarse, ve, tras la cortina que ahora vibra por el viento, la silueta de un hombre armado.

Llaman, acaso por ironía, a la puerta.

Eso no lo previó. No previó que, cuando viene a por ti, la muerte te reclame acompañada.

Publicado la semana 30. 28/07/2019
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