03
Pedro M. García

La primera letra

El aprendiz de mago y su maestro son los dos únicos seres de la montaña en la que viven que no poseen nombre propio. El primero porque aún no ha alcanzado la edad de descubrirlo, esa en la que el rostro es más barba que piel, más arruga que grano. El segundo porque conoce las dimensiones exactas del poder mágico que encierran cada una de sus letras, porque entiende que un nombre es algo único, una cicatriz oculta, algo que ha de salvaguardarse de todos, salvo de uno mismo. Él es simplemente un mago. Luego es el Mago. Y su aprendiz, el Aprendiz de Mago.

Ahora que se ha quedado solo, el Aprendiz se pregunta si está más cerca de desvelarlo. De revelar su nombre. Cree que debería ser así; de lo contrario su maestro no lo habría dejado a cargo antes de partir de urgencia. No le habría dicho, tras subirse de un salto a lomos del viejo Ulises, un corcel élfico de crin grisácea y relincho solemne, como de campana monástica, que le confiaba su hogar y el cuidado, en caso de que fuese necesario, de sus vecinos.

El Aprendiz aguarda delante del porche de la cabaña, ensombrecido bajo las ramas de un ciprés. Se toma la espera muy en serio. Sabe que unos segundos de más pueden llegar a ser fatales. Por eso le molesta el juego de luces y sombras que, sometido a la voluntad de la brisa y la movilidad de las hojas, baña su cuerpo saltando de aquí para allá como un tábano que atosiga a una vaca. Por eso se distrae con un palo, rascándole poco a poco la corteza superficial con las uñas, pero sin mirarlo, sin desviar sus ojos del sendero que conduce a la cabaña.

Por eso, piensa.

Cualquier otro en su lugar habría intentado descubrir algún secreto de su maestro. Quizás abrir el grimorio que le prohibió tocar tiempo atrás, ese que en alguna ocasión lo llama en sueños con voz sibilina, de serpiente edénica. O acaso probar un sorbo de aquella pócima que secretó el Mago a partir del sudor de una esfinge y cuyo aroma tuvo a medio bosque alucinando con dragones y gárgolas, bestias míticas ya desaparecidas. La maestría de su señor le ofrecía posibilidades casi infinitas a la recién estrenada soledad del Aprendiz. De hecho, algunos podrían opinar que, antes que aprendiz, era adolescente. Luego podrían justificarse, bajo esa premisa, uno o dos deslices provocados por la curiosidad y la inexperiencia. Sí. Tal vez el cuenco de vidrio que desvelaba recovecos en el tiempo, tanto pretéritos como futuros, pudiera ofrecerle un atisbo de su nombre…

Pero no. El Aprendiz no deja que esa nueva sensación de libertad, de falta de dirección, lo abrume. Se siente como un hada cuando se recuesta entre los pliegues de una hoja mecida por el viento otoñal. Y no le gusta. Así que, mientras continúa desbrozando el palo con las uñas, el Aprendiz decide que en su situación es mejor recordar que pensar. El pasado esconde, tras las cerraduras de la memoria, un bienestar encarcelado que las nieblas del tiempo, o la distancia, tienden a idealizar. «El antaño ―recuerda haberle oído decir a su maestro― es un prisionero que ha aceptado que su destino es languidecer en el calabozo, arrugarse y consumirse como una pasa hasta que los pliegues de la carne cedan ante la llaneza del hueso. Presta atención, que esto que te voy a decir es muy importante». El Aprendiz sonríe. Le resulta gracioso que justo lo que recuerda es lo anterior a la advertencia, que lo supuestamente importante, algo de un caballo que se transforma entre una cosa y otra, se le ha olvidado por completo. Sabe que su maestro lo tendría durante días limpiando alambiques, retortas y ordenando pergaminos por la tonalidad del amarillo si lo averiguara, si supiera de su dejadez.

El Aprendiz oye un murmullo de alas y plumas. Un eco que recorre la arboleda en un instante. En un susurro. Alza la vista y ve, entre las ramas, cómo las aves se elevan hacia las nubes. El Aprendiz lamenta no ser capaz, aún, de comunicarse con los pájaros como hacía Fafnir, ese dragón sin alas que dio la honra y la muerte a Sigfrido. Está claro que algo inquieta a las aves: hasta la lechuza, que a estas horas acostumbra a echarse una larga siesta, vuela y vuela medio agitada. La primera vez que el Mago le había hablado sobre Fafnir la lección versaba sobre pócimas y ungüentos para devolver el cuerpo a su estado original. Este tipo de enseñanzas, sonríe el Aprendiz mientras se incorpora y deja caer el palo, las que son más bien prácticas, sí que las recuerda todas. Y con facilidad. La clave de aquel ungüento residía en la mezcla adecuada de una raíz de salvia, el agua sintetizada de un puñado de fango y el polvo triturado de una escama de dragón. No tenía que ser necesariamente del dragón Fafnir, pero como en la fórmula original se había empleado una de sus escamas, su maestro había creído conveniente hablarle de él. Del príncipe enano al que su hambre de oro convirtió en un reptil venenoso.  

De repente, un temblor.

El Aprendiz percibe cómo el suelo bajo sus pies se resquebraja. Los troncos de los árboles se tambalean. La montaña cruje. El Aprendiz tarda unos segundos en reaccionar. Mientras, la tierra tiembla. Todo tiembla. Trastabillando, se precipita hacia la cabaña. Empieza a buscar ingredientes y herramientas sin apenas fijarse en lo que coge. Sin reparar en que el terremoto cesa. El Aprendiz teme verse desbordado por una más que probable oleada de heridos. Necesita estar lo mejor preparado posible. Con movimientos rápidos y descuidados deposita, sobre la mesa de trabajo de su maestro, toda clase de hierbas y pócimas que curan cortes y contusiones. Abre por el índice un par de manuales y extiende varios pergaminos en los extremos de la mesa. Sus ojos saltan de una cosa a la otra. El pecho le vibra. Los brazos le tiemblan. La cabeza se le calienta. Entonces oye unos gritos y lamentos remotos que se aproximan. Traga saliva. Piensa que es ahora o nunca. Y sale al porche de la cabaña a recibirlos.

Al agudizar la vista, el Aprendiz entrevé la silueta de alguien bajito acercarse con pasos rápidos, y junto a él una camilla sobre la que reposa un cuerpo inmóvil. La camilla parece ser de piedra. La cargan seis niños enanos. Cuando los tiene más cerca, el Aprendiz reconoce, por el bigote, que quien camina es la madre. Lo sabe porque las mujeres enanas siempre llevan bigote, nunca barba, para distinguirse de sus congéneres hombres. El Aprendiz se aclara la garganta y corre junto a la camilla. El enano que reposa en ella tiene el pecho hundido.

―¿Qué ha pasado?

Los niños enanos que cargan a su padre gimen. Su madre llora con ellos; pero, aun así, habla.

―Mi pobre Felipe, ¡ay! Estaba picando en la montaña y-y ―el Aprendiz le pone una mano en el hombro― se le cayó una roca encima. ―La enana se agarra a una pierna de su marido y vuelve a llorar―. ¡Felipe! ¡Felipe!

El Aprendiz se siente abrumado por la situación. Duda sobre cómo proceder: las enseñanzas de su maestro sobrevuelan su mente como letras sueltas del abecedario, en mayúscula. Su visión se empieza a nublar. La garganta se le seca. Entonces los niños enanos empiezan a discutir y a reñir entre ellos mientras su madre se lamenta y su padre yace inerte. El Aprendiz vuelve en sí y decide actuar, por el bien de sus pacientes, con fingida determinación. Le toma el pulso al enano. Tras unos segundos, lo nota. Está muy lento. Y decreciendo.

 ―Rápido, llevadlo adentro.

El Aprendiz los guía al interior de la cabaña y despeja la mesa para que lo puedan poner ahí. Luego les ordena a los niños que salgan. Necesita tranquilidad. Silencio. El Aprendiz pasa un par de minutos observando los materiales que tiene a su disposición. Ojea el índice de uno de los libros. Mientras tanto, la mujer enana lo observa. Tiene los ojos hinchados de restregarse, de llorar.

―Disculpa…

El Aprendiz vacila un instante sobre su nombre, trata de recordar alguna vez en la que su maestro atendiera a la familia enana. Antes de que lo logre, ella se le adelanta.

―Perica.

―Perica, eso, sí. ¿Te podrías hacer un poco para allá, que necesito moverme en torno a la mesa?

La enana tarda unos segundos en reaccionar. Asiente varias veces y se aparta.

―¿Cómo lo ves? ¿Se recuperará? ―Sin darle tiempo a responder, lo agarra del brazo―. Discúlpame tu a mí, pero, ¿cómo he de llamarte?

El Aprendiz duda. Coge un bote y lo observa. Lo primero que le viene a la cabeza es decirle que aún no tiene nombre. Pero lo descarta porque sabe que esa respuesta acarrearía más preguntas de las que ahora puede responder. Deja el bote y abre un pergamino. Entonces piensa en mentirle y darle un nombre falso. Pero tampoco, porque en ese caso el nombre se propagaría y sus vecinos acabarían conociéndolo por algo que no es. Cierra el pergamino.

Algo que no es. Algo que es. Un nombre.

―Aprendiz. Llámeme Aprendiz de Mago.

Nombrarse a sí mismo así le infunde una energía nueva, un sosiego como, piensa, deben sentir los gnomos avariciosos tras guardar un tesoro recién adquirido en una de sus cámaras acorazadas. El Aprendiz de Mago se decide por el ungüento que retorna el cuerpo a su estado original. En lo que la madre enana se acerca un segundo a la puerta para tranquilizar desde allí a sus hijos, que están de nuevo alborotados, el Aprendiz de Mago reúne los ingredientes esenciales: raíz de salvia, un puñado de fango y una escama de dragón.

―Perica, esté tranquila, que con el ungüento que voy a preparar su marido va a recuperarse. ―La enana lo mira con un atisbo de duda. El Aprendiz de Mago cree necesario mentirle―. Hágame caso, he visto a mi maestro elaborarlo y emplearlo en muchas ocasiones.

Perica relaja la expresión de su rostro y deja escapar una media sonrisa apenada. El Aprendiz de Mago comienza a mezclar los ingredientes. Sigue paso a paso, y entre temblores, la receta que le enseñó el Mago:

Pesa la raíz de salvia.

La corta y la recorta.

La echa dentro de una copa.

Coge un puñado de fango de un cuenco y lo introduce en un alambique de cobre.

Enciende el fuego.

Mientras el agua filtrada cae goteando dentro de la copa, tritura la escama de dragón hasta hacerla polvo.

Sopla el polvo sobre la copa, de forma que las últimas gotas de agua que caen se combinan con el polvillo escamoso.

Revuelve la mezcla.

La pone un minuto al fuego.

La vuelve a revolver.

La madre enana, que no ha apartado en ningún momento la mirada de su marido, retrocede unos pasos. Afuera uno de sus hijos tose. Otro se queja. Varios pelean, de nuevo. El olor del ungüento es fuerte. Tanto que la mente del Aprendiz viaja unos segundos al pasado y entabla una breve conversación con uno de los prisioneros de su memoria.

El maestro me ofrece la copa con la mezcla finalizada.

―Dime, ¿qué te sugiere su olor?

―Huele a libro viejo ―me mira como si esperara más―, a conocimiento encanecido ―me hace un gesto de invitación con la cabeza―, a… fantasía fermentada.

Me da una palmada en el hombro con la mano que tiene libre. Yo sonrío.

―No podrías haber sido más preciso. Enhorabuena.

El Aprendiz de Mago olfatea el ungüento que acaba de preparar. Cree reconocer su aroma. Se felicita. Luego, con la ayuda de una cuchara de madera, lo vierte y extiende sobre el pecho del enano. Su mujer, Perica, se tira de los pelos del bigote. Afuera se oyen los lamentos de sus niños, que ya no pelean. El Aprendiz termina de cubrir a Felipe con el ungüento. Deja sus utensilios sobre la mesa. Y espera.

Pasa un minuto. Otro.

Poco a poco, el pecho del enano comienza a hincharse. A recuperar la forma. El hoyo que le causó el desprendimiento de aquella roca va adquiriendo la apariencia de una montaña. A sacudidas, como las erupciones de un volcán que sueña con las nubes. Perica lanza un grito de júbilo. El Aprendiz de Mago relaja los puños. Suspira. Piensa que quizás su nombre deba empezar por efe. Al igual que su maestro, no cree en las casualidades. Primera vez solo, primer éxito. Efe de Fafnir. Efe de Felipe. Efe, se recuerda, de fantástico.

El Aprendiz sonríe al ver que su paciente abre los ojos: el ungüento ha funcionado.

Publicado la semana 3. 18/01/2019
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