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Pedro M. García

Gustave

Herminio observa la perfumería desde un banco en la acera. Está sentado con el bastón sobre el regazo. Y solo.

Herminio observa la perfumería y piensa en su amor perdido, en aquel conde de múltiples colgantes que lo sedujo y convirtió el verano del 63 en el verano de su vida. Piensa en Gustave: en su labio superior medio oculto bajo el bigote color trigo; en sus susurros, de francés, sin eses; en los lunares marrones que cubrían sus tríceps y que él sentía casi como si fueran de terciopelo cada vez que se abrazaban. Piensa en su cuello. Recuerda.

Herminio observa la perfumería y se imagina que huele aquel remoto aroma, su perfume, el de los dos, la mezcla de fragancias que tanto lo embriagó y que nunca más supo ni fue capaz de recuperar. Una que revela matices de pino y palmera, que engatusa con extractos de mango, que penetra con la intensidad de las especias y que esconde, sin pretenderlo, una pizca de limón y azahar.

Herminio cierra los ojos. Inspira. Se le humedece la lengua. Ya no está sentado en el banco: está de pie, bajo una farola intermitente al fondo de una calle que huele a queso. A lo lejos aparece una sombra. Se aproxima. Antes de que se vuelva silueta, la brisa arrastra su olor hasta él y se impone al del queso. A los pocos minutos Gustave, de traje morado y chaleco verde, se sitúa frente a él.

―Con el viento a favor, uno se anuncia antes por cómo huele que por cómo viste.

Herminio abre los ojos y sonríe. Como hizo en aquella ocasión. Y como hizo cuando leyó en el periódico, hace unas semanas, el anuncio de una marca cara de perfumería que iba a relanzar por su cincuenta aniversario la fragancia de Gustave. En su memoria el hombre y el olor son uno. Igual que ellos dos durante aquel verano. Los viajes, el champán, las ostras corrieron entonces a cargo de Gustave. Ahora él solo dispone de su sueldo de pensionista. Y el precio del perfume es condenadamente desorbitado.

Herminio mira por el rabillo del ojo el paso de peatones. Ve a los chicos junto al semáforo esperando para cruzar. Son los hijos de la vecina del bajo, unos granujillas expertos en el arte de llamar la atención. De ellos depende que pueda robar un frasco de aquella fragancia sin ser descubierto. De ellos depende que, llegada la hora, cada vez más próxima, pueda morir en el abrazo aromático de su Gustave.

Herminio se levanta, carraspea y se encamina hacia la perfumería. Cuando traspasa el umbral de la puerta, una corriente de aire le roza el cuello como si fuera una caricia.

O como si fuera, más bien, su lengua.

Publicado la semana 28. 14/07/2019
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