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Pedro M. García

Expediente Ulster

[REC]
Hoy es el día en que voy a acabar con ese maldito duende morado, con su sombrero diminuto de ante verde y sus botas de lluvia fucsias. Hace ya tres años que el muy cabrón me gafó, y desde entonces he perdido mi casa, mi pelo, a mi pareja, a mi gato, el futbolín y, lo más importante, mi paga de discapacitado. Yo era feliz cobrando mi paguita, sin perder el tiempo trabajando para alguien que se aprovechara de las ayudas del Estado; tenía todas las horas y minutos que quisiera para dedicarlo a mi pasión: montar y pintar maquetas de la Segunda Guerra Mundial. Mis preferidos eran, y son, los kamikazes japoneses.

¿Quién le mandó a que, cada noche, mientras yo dormía, me pintara la última maqueta en la que andaba trabajando? Naturalmente que la mañana en que lo pillé infraganti me lanzara a perseguirlo como si la vida me fuese en ello. Porque me iba. ¿Qué soy yo sin mis maquetas? ... Y claro, como el muy cobarde huyó a la calle, y yo iba tras él, la vieja cegata del primero y Tomás el mudo me vieron corriendo a toda leche, como si ni mi cojera ni mis problemas de columna tan conocidos en el barrio importaran. A partir de ahí, mi vida fue un caos. Y lo peor de todo, que el puñetero duende consiguió escapar.

Pero ya se le terminó la suerte. La trampa, tras nueve meses de investigación, está al fin preparada: como pueden ver, en ambas esquinas de la puerta de este cuartucho se encuentran, perfectamente situados, dos pasteles de pasas, cuyo aroma es en sí mismo un manjar para los duendes; colgando del techo, en lugar de la bombilla intermitente típica de un hostal de mala muerte, hay un candil encendido con el aceite que sudó San Patricio; bajo él, estratégicamente dispuesta, está desmontada una maqueta edición coleccionista del acorazado USS Arizona; y en frente, tras una tela conectada por este hilo al lavabo, se oculta un espejo triangular de sesenta centímetros de alto. Ahora solo queda esperar a que caiga la madrugada. Voy a apagar la cámara para que la batería me dure hasta el final. Hasta luego.

 

[REC]
Han pasado tres horas desde la última grabación. Estoy sentado sobre el váter, escondido. Como pueden ver por el ojo de la puerta, ahí está Mr. Trébol. No ha perdido ni un segundo. Si no lo cazo ya la tendrá terminada en menos que canta un gallo. Vaya habilidad… Espero que no tenga también la fuerza de David el gnomo. Venga, vamos allá.

―¡Ajá! ¡Te pillé, bicho asqueroso! ¿Qué, cómo se siente al estar paralizado ante tu propio reflejo? ¡Ja, ja, ja! Decían que estaba loco, que tenía delirios…

―N-no. ¡Inzenzato!

―Pues toma. Helo aquí. ¿Lo ves, Margarita? ¿Quién miente ahora, eh?

―Humano, libérame. El ezpejo, los fomorianos, el ezpejo…

―¿Cómo dices?

―Ya vienen.

―¿Qu-qué es-? ¡Aaaaaahhhhhh!

                                                       …

                                                       …

                                                       …

―¿Alguna idea, detective?

―No. ¿Han dicho algo los del laboratorio sobre la cámara que encontramos?

―No, señor. Aún están trabajando en ello.

―Bueno, pues por lo pronto no podemos hacer nada más. Manda a alguien a que se lleve el espejo ese…, y asegúrate de que no le pase nada. Es lo único intacto que hay en este desastre de habitación. Eso y este trébol violeta medio quemado…

Publicado la semana 27. 07/07/2019
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