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Pedro M. García

El drago

Un sapo croa, un cuervo alza el vuelo, una hoja cae. El sonido de las herraduras impactando lentamente contra la tierra retumba por todo el valle. Sobre el caballo zaino va, oculto tras una capucha color sangre, el Viajero. Su ropa ajada huele a savia y a sudor. Un mandoble algo mellado, cuya cruceta forma un cuarto de luna sin brillo y acabado en dos cabezas de grifo, le cruza la espalda de izquierda a derecha. De su cinturón penden varios bolsillos de cuero.

Parece un dios, o acaso un mito. De seguro, una leyenda.

El desfiladero torna a su fin. La oscuridad que lo envuelve comienza a disiparse. Ante él surge el que fuera el corazón del bosque, ahora convertido en yermo. El cielo, marrón, es un reflejo de la tierra que cubre. Los rayos de sol llegan débiles, enlodados. Un temor remoto encabrita al corcel.

─So, E’laniu. So ─le dice palmeándole el cuello─. Ya estamos en casa.

A lo lejos, resaltada por el horizonte, yace la silueta solitaria de un enorme drago reseco y manchado en rojo.

Mientras se aproximan al árbol, la atmósfera alrededor del jinete se contrae, atenazándolo: por un instante, las arrugas de su cara parecen disolverse y retornar a la limpidez de cuando era niño. Su mente regresa a las quemaduras, al desastre. Un zumbido le tapona los tímpanos. Empieza, a pesar de los años transcurridos desde entonces, a temblar. Sus pupilas se cubren de una niebla quimérica, como salida de la boca de un volcán. La garganta le arde. Siente una punzada en el interior de su mano izquierda. Una punzada entrañable. Tras pasarse la lengua por los labios, mete la mano en uno de los bolsillos y cierra sus dedos en torno a la única semilla que contiene. «Toma estas semillas. Son la luz del mundo. Ve y propágalas».

A unos veinte metros del drago se le escapan unas lágrimas de carbón. Respira profundamente. Cierra los ojos.

Al desmontar, el Viajero levanta una pequeña nube de polvo. Se acerca y rodea el árbol con decisión: sabe dónde buscar. En una rama trasera encuentra dos alianzas oxidadas fundidas en un abrazo. Las mira un instante como si viera en ellas a sus padres y una punzada le sacude el cuerpo. Amaga con descolgarlas. Luego regresa a la parte frontal del drago y penetra, a través de una hendidura en la corteza de su base, hasta llegar a la raíz que lo mantiene en pie. Con un cuchillo de doble filo le hace un corte del que manan unas pocas gotas de sangre. Las recoge en uno de sus dedos y deshace sus pasos.

Ya en el exterior, se aleja varios metros sin salir del límite de la sombra del drago y se detiene justo en el borde. Ahí, bajo la atenta mirada de su corcel, y quizá de algún espectro de tiempos pasados, se arrodilla, extrae la semilla de su bolsillo, la deposita en la tierra y la unta en aquel líquido espeso y milenario. Después la riega con dos legañas medio derretidas y un escupitajo. Suspira. Un momento más tarde, se levanta, se sacude el polvo de las rodillas, monta en su caballo y regresa por donde mismo vino.

Por primera vez desde que dejase atrás su hogar, sus bolsillos están vacíos: ya no le quedan más semillas de su Drago.

Publicado la semana 26. 30/06/2019
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