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Pedro M. García

Abuela

Abuela y yo tenemos nuestra propia lengua. Es una lengua secreta. Y por eso, porque es secreta, soy yo la única que sabe que se quiere morir. Quiere que yo la asfixie.

La inventamos el año pasado, cuando me empezó a llevar a catequesis. Tenía que ser secreta, porque si no mis padres habrían sabido que siempre nos escapábamos. Ni siquiera me sé el ave maría. O el yo confieso. En realidad nos íbamos a pasear por ahí. A veces nos sentábamos en un banco a dar de comer a las palomas. Otras íbamos al parque frente a la iglesia a jugar. Todo dependía del humor de abuela. Y de lo hinchados que tuviera ese día los pies.

De vez en cuando me daba lecciones, lecciones de vida decía, como «niña, si te mandan a barrer en casa, échalo debajo de un mueble, donde no se vea. Es mucho más rápido. Y mejor para la espalda», o «si un hombre te toca el culo sin tu permiso, le pegas una patada aquí, en la entrepierna», o «si en el colegio alguien te quita la comida, mi niña, déjasela sin rechistar. La próxima vez que te pase, déjasela también. Pero para la tercera, le vacías un bote de tabasco antes de salir de casa. Ya verás como no te la vuelven a quitar más». Cuando Dani, el grandullón de clase, se comió mi bocadillo y empezó a vomitar y a llorar, el director llamó a mis padres. Abuela vino con ellos al colegio. Me dijo «tranquila» en nuestra lengua. Y después les mintió. Al director y a mis padres: «fui yo la que le hice el bocadillo. A esta edad es fácil confundirse de salsa. El tabasco y el tomate se parecen tanto». Abuela mintió. Porque había sido yo la que lo puso. La que hizo retorcerse al abusón de Dani.

Ahora quiere que la mate. Yo no quiero hacerlo. Pero ella insiste.

Hace semanas que no puede moverse de la cama. Los pies no la dejan. Le duelen mucho a la pobrecita. Cada vez que me ve pasar delante de su habitación, me llama. Y entonces me lo dice. Que la mate. Que ya es hora de que se vaya con abuelo. Que ya le toca. Me alcanza la almohada y me dice: «asfíxiame». Yo me niego. Siempre.

Desde que está en cama es mi madre la que me lleva a catequesis. Todos los viernes. Sin paseos. Ni lecciones de vida. Pero sí mandamientos. Hay uno que dice: «no matarás». Y otro que dice: «no mentirás». La profesora nos ha dicho que, si no los cumplimos todos, iremos al infierno. Que, si queremos ir al cielo, tenemos que confesarnos, arrepentirnos de nuestros pecados. Y yo solo pienso en que, si abuela se muere ahora, no se podrá reunir con abuelo.

No sé qué hacer. Porque no puedo matarla. Es mi abuela. Y yo soy su nieta. Pero ella ha hecho tanto por mí… Tampoco puedo decírselo a mis padres. Si lo hiciera, nuestra lengua ya no sería secreta. Ni nuestra. Aunque, si les confesara todo, los paseos, las lecciones, lo del bocadillo, abuela sería perdonada. Podría reunirse con abuelo. Después de que yo la matase. Ella ha hecho tanto por mí.

Abuela.

Ahí vienen papá y mamá por el pasillo. Sí, creo que ya lo he decidido. Se lo diré todo. A papá y a mamá. Menos lo de que abuela quiere que la mate. Luego cumpliré su deseo. Ya tendré tiempo cuando sea mayor de arrepentirme. Y entonces podremos volver a pasear las dos juntas, esta vez por el cielo.

Publicado la semana 24. 16/06/2019
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