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Pedro M. García

De latón

Alguna tormenta reciente, de las de más viento que relámpago, había destrozado el tramo final del sendero que conducía a su casa. A la casa, aislada en medio de la espesura, en la que se crio. Hacía años que no la pisaba, años desde la discusión que la distanció de su madre y por la que se marchó lo más lejos posible, a una isla volcánica casi desierta. Caminar entre árboles le recordaba la última frase que su madre le dijo con el tono pétreo de un puñal: «Tú no eres hija mía». Antes, también, le recordaba las tardes alegres de su infancia, tardes de escondite, de carreras contra gnomos imaginarios, de cosquillas paternales y de besos en una herida sin cicatriz que se hizo en la cabeza de bebé. Pero por culpa de esa noche, de esa discusión que se les fue de las manos, el verde siempre habría de ser, para ella, el color que mana de la herida abierta. Una herida que creía seca y que sintió removerse, de nuevo, al recibir la noticia de su muerte. De la muerte de su madre.

El sendero irregular dio paso a la explanada que precedía a la casa. Allí seguía la furgoneta gris de su padre, medio cubierta de matorrales; allí el columpio oxidado en el que tantas veces estuvo a punto de alzar el vuelo. De no ser por la luz del sol y por el juego travieso de su memoria, aquella explanada parecería más bien un páramo, y su antiguo hogar, con ciertas tejas rotas y parte de la madera del porche carcomida, las ruinas de una casa que quiso, y no pudo, ser mansión, palacio.

Se paró ante el frontis a contemplar el deterioro de los muros, la falta de pintura, la telaraña que cubría una de las ventanas. A pesar del rencor que aún le guardaba, sintió pena por su madre. Ya no le importaba lo distintas que eran; lo mal que, con frecuencia, se habían llevado. Lamentó que se hubiera visto sola, al final de sus días, sin el cariño y el cuidado de su hija. De su única hija. Según le dijeron al acudir a la lectura del testamento, la habían descubierto, tras el aviso de un cazador, tendida sobre el sofá del garaje trasero, junto a la casa de muñecas con la que nunca la dejó jugar. Estaba bañada en vómitos, orines y en su propia mierda seca. Como una desposeída. Como un bebé olvidado.

Antes de subir los peldaños del porche, antes de introducir la llave en la cerradura y empujar la puerta, cerró los ojos y se abandonó a la brisa que alguna vez refrescó al mismo tiempo su rostro y el de sus padres. Olía, como entonces, a pinocha húmeda. Y también, aunque no fuera posible, a los eructos de sapo de su padre. Si hubiese estado vivo, pensó al abrir los ojos, no habría permitido la ruptura entre madre e hija; no, habría improvisado uno de sus juegos de mono de feria, una de las tantas tonterías con que las divertía a ambas, y en lugar de gritos les habría sacado carcajadas. Pero la realidad, ajena a los supuestos, fue una sola y otra. Una por la que, ahora, ella había vuelto a la casa a la que juró que jamás regresaría, con la esperanza de encontrar, entre sus restos, el dinero suficiente para poder someterse a una fecundación in vitro.

La puerta crujió como el llanto de un niño al nacer. Ella tosió nada más entrar: había mucho polvo en el ambiente. Tras echarle un vistazo rápido al zaguán, repleto de libros amontonados, se dirigió hacia el cuarto en el que sus padres escondían una caja fuerte. De pequeña suponía el límite de su mundo; era un cuarto prohibido, al igual que la casa de muñecas de su madre. Cuando sus padres se metían en él, sus voces se convertían en susurros. A decir verdad, pensó mientras probaba las distintas llaves, su vida en aquella casa, aunque feliz, estuvo marcada por lagunas. Por sus secretos. Siempre creyó que algo tenían que ver con el golpe que se dio en la cabeza cuando era muy pequeña, del que no le quedó cicatriz, pero cuyo recuerdo silenciaba al instante a su padre y hacía llorar a su madre.

Al oír el clic de la cerradura, sonrió. Cogió aire. Y abrió.

El interior del cuarto no era lo que se esperaba. En lugar de objetos antiguos o maravillosos, de cuentos de hadas o de tiendas de antigüedades, un vacío. Un vacío y la caja fuerte en el centro. Su madre, supuso, debió vaciarlo al quedarse sola. Al acercarse a la caja descubrió que estaba abierta. En su interior no había más que polvo y unos cuantos gusanos. Ni rastro de billetes, de monedas, de las joyas antiguas con las que salían sus antepasados en las fotos. Sintió crecer en ella una rabia profunda. Apretó la mandíbula con fuerza y maldijo a su familia entera. Maldijo, maldijo y maldijo el nombre de su madre. Y escupió. Escupió con todas sus fuerzas en el interior de la caja fuerte antes de cerrarla de un portazo. Entonces recordó cómo habían encontrado a su madre, junto a qué.

Rompió a correr hacia el garaje trasero mientras su mente retornaba a los días en que, a escondidas y a riesgo de que la abofeteara y la dejara sin comer, jugaba con la casa de muñecas. Era casi tan grande como una estantería, azul, de corte victoriano. Una casa de ensueño, con múltiples pisos, bañeras, biblioteca y hasta una enorme sala de juegos a la que se accedía por un tobogán amarillo. Al mismo tiempo, se imaginó que así, con estas prisas, con esta especie de nerviosismo, debieron sentirse sus padres cuando, siendo apenas un bebé, la llevaron al hospital por culpa de aquel golpe en la cabeza.

Se detuvo casi sin respiración y empezó a probar llaves. Las manos le temblaban. De esa casa de juguete dependía su futuro. El de ella y el de su posible familia. Ya en el garaje, varias zancadas y un fuerte tirón con ambas manos.

Una caja. Una caja de latón. Una caja de latón dentro de la casa de muñecas.

Respiró profundamente antes de extraerla. Pasó la mano sobre su tapa para limpiar los restos de suciedad y polvo que la cubrían. Sopló. Y entonces, con cuidado, la abrió. Durante unos segundos se quedó paralizada, los ojos fijos en el interior de la caja de latón. Había esperado, como antes, encontrar allí su herencia, tal vez estampas o sellos antiguos que venderle a algún coleccionista, fajos de billete o quizás el collar de perlas con el que salía su bisabuela en un portarretratos. Pero no. La parálisis dio paso a un temblor, tenue al principio, incontrolable después: en el interior de la caja, rodeado de varios huesos diminutos, había un cráneo medio roto de bebé.

Publicado la semana 20. 19/05/2019
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