02
Pedro M. García

Excursión al zoo

Helmi y Greg se acaban de despertar. Los dos están acurrucados en la cama de ella, aunque normalmente duermen cada uno en la suya. Greg aún abraza a su osito de peluche y Helmi ya lleva sujetador. De la habitación de su madre se oyen gritos y golpes. Ellos dos callan. Y escuchan. Desde que conoció a su último novio esta situación se repite con frecuencia. Un novio al que su madre quiere que llamen papá.

El escándalo aumenta de intensidad.

Un taponazo.

La pared que los separa vibra. Luego algo rebota contra el suelo. Y se hace el silencio.

Unos minutos después, los dos hermanos escuchan unos pasos aproximándose. La puerta de su cuarto cruje al abrirse: es su padrastro.

―¿Os asustasteis, niños? ―les dice tras encender la luz.

Helmi niega, Greg asiente. Su padrastro se acomoda a los pies de la cama.

―Tranquilos, que no pasó nada grave. Fue la estantería, que se cayó de repente.

Helmi lo mira como si no lo creyera.

―¿Y mamá? ―pregunta Greg.

Su padrastro les sonríe.

―Está recogiendo los libros del suelo.

Por un momento, todos callan. Helmi trata de oír a su madre; no lo consigue. Su padrastro se pone en pie.

―Venga, Greg, vete a tu cama. Tenéis que dormir toda la noche de un tirón, ¿sí? Que mañana os voy a llevar al zoo.

A Greg se le ilumina el rostro. Luego obedece y se separa de su hermana.

―¿Mamá va a venir con nosotros? ―pregunta Helmi.

―No lo sé. Según como se despierte ―dice su padrastro mientras arropa con las sábanas a su hermano―. Y ahora, a soñar con los angelitos, ¿vale?

Le acaricia la cabeza a Greg y se va de vuelta al pasillo. Antes de salir, apaga la luz y se gira hacia los dos hermanos con una sonrisa:

―Ellos os protegerán de los demonios de la noche.

 

 

Nada más despertarse, Helmi y Greg van hacia la habitación de su madre. No han vuelto a oír ruidos, ni de golpes ni de voces. Cuando se disponen a abrir la puerta, su padrastro los intercepta.

―Vuestra madre está durmiendo, niños. Lleva mala toda la noche. Es mejor que la dejéis descansar, ¿sí?

Helmi lo desafía con la mirada mientras Greg intenta pasar por el hueco entre sus piernas, sin éxito.

―El desayuno está listo. Coméoslo todo que hoy es día de zoo.

Al oírlo, Greg parece olvidarse de su madre y se precipita hacia la cocina. Helmi lo sigue a regañadientes. No se termina de fiar de lo que dice su padrastro. En otras ocasiones, su madre, a pesar de estar enferma, ha ido a darles el beso de buenos días.

Una hora más tarde, están en el coche de camino al zoo. Los tres solos.

 

 

Pasan la mañana en el Aquarium, comen pronto unos bocadillos y continúan hasta media tarde visitando a todos los animales sin seguir un orden preestablecido. A eso de las cinco y cuarto, poco antes de que sea la hora de cerrar, su padrastro los lleva al baño y se encierra con ellos en uno de los lavabos.

―Bueno, niños, ahora quiero que juguemos un rato, ¿vale? Os vais a esperar aquí contando, en silencio, hasta dos mil. Bajo ningún concepto podéis salir antes de acabar de contar, porque entonces vendrá un demonio de fuego a buscaros, ¿entendido?

Greg, sensible todavía a este tipo de amenazas, asiente asustado mientras su hermana permanece seria y con las manos en los bolsillos. Su padrastro les acaricia la cabeza y abre la puerta del lavabo. Luego, antes de marcharse, le susurra a Helmi lo siguiente con los ojos fijos en Greg:

―Si salís antes de cuando os he dicho, lo mato.

Y se marcha. Greg se sienta sobre la tapa del retrete. Helmi se queda, de pie, temblando.

 

 

Horas después, al salir del baño, Helmi y Greg se encuentran con un zoo a oscuras. Y vacío. El niño se pega a su hermana y no le suelta la mano mientras caminan. Así deambulan hasta que se topan con un vigilante.

―¿Niños? ¿Qué hacéis aquí a estas horas? ¿Y vuestros padres?

El vigilante es un pelirrojo alto y de piel blanca. Helmi se encoge de hombros.

―Papá nos dijo que lo esperásemos en el baño. Y no volvió ―responde Greg.

Helmi le da un pellizco.

―No es nuestro padre. Es el novio de mamá.

El vigilante los estudia un momento. Luego les sonríe.

―Bueno, no pasa nada, estaos tranquilos. Yo soy Tomás. ¿Cómo os llamáis?

―Helmi.

―Greg.

―Muy bien, pues venid conmigo. Vamos a llamar a alguien para que os lleve con vuestra madre, ¿vale?

Los dos hermanos siguen a Tomás hasta una caseta que parece ser la de los vigilantes. En la puerta se cruzan con uno de sus compañeros, que lleva agarrado a un joven.

―Tira, que ya llegó la policía ―dice antes de retorcerle el brazo y empujarlo hacia delante―. Hombre, Tomás, ¿y esos niños?

―Ya te contaré. Y ese, ¿qué hizo?

―Se puso a tirarle brownies a los monos.

Tomás lo mira extrañado.

―¿Brownies?

El joven señala, como suplicante, hacia una silla en el interior de la caseta, sobre la que reposa su mochila.

―Cállate, hippie de mierda. ―Le pega un cogotazo―. Sí, Tomy, para drogarlos.

Tomás niega con la cabeza mientras su compañero se marcha con el joven. Helmi y Greg cruzan la puerta. Les rugen las tripas.

―¿Tenéis hambre?

Los dos asienten. Tomás se acerca a una pequeña nevera, saca dos sándwiches y se los ofrece. Cuando los aceptan, les sonríe. Greg empieza a comer de inmediato, acelerado. Helmi, por su parte, se lo toma con más calma: entre mordisco y mordisco, se fija en que Tomás tiene el rostro lleno de pecas. Le gusta el contraste entre su piel blanca y el rojo de su cabello. Le da la impresión de que tiene la cabeza en llamas.

―Me da a mí que vais a querer más, ¿me equivoco?

Los dos hermanos lo miran a los ojos.

―Sí ―dice Greg.

Tomás le sonríe y le acaricia el pelo. Luego se levanta.

―Voy a por más comida. No os mováis de aquí, ¿eh? No tardo.

Y se marcha. Greg y Helmi permanecen un par de minutos en silencio y sin moverse. Hasta que los ojos de ella reparan en la mochila que dejó atrás el joven: está de lado, dejando entrever, en su interior, algo marrón. Helmi va hacia ella y la registra. Entonces descubre unos cuantos trozos de brownie. Tras regresar junto a su hermano, le da la mitad y se empieza a comer su parte. Ninguno de los dos reconoce el sabor, pero, como es de chocolate, no se detienen hasta engullir la última pizca.

―¿Queda mucho para que nos vayamos a casa? ―pregunta Greg nada más terminar.

Helmi duda sobre qué responderle.

―No lo sé.

Greg agacha la cabeza.

―Quiero ver a mamá.

Helmi le pasa el brazo por encima.

―Tranquilo, ya verás que cuando vuelva este señor tan amable nos lleva a casa.

 

 

Los dos hermanos llevan un buen rato abrazados. Greg repite sin parar si falta mucho; Helmi ya ni siquiera se molesta en responderle. No hay rastro de Tomás. Ni de su compañero. Entonces, más o menos al mismo tiempo, Helmi y Greg se empiezan a sentir raros: el corazón les bombea más deprisa, los sonidos a su alrededor aumentan de intensidad, sus ojos les palpitan, como si del iris les nacieran ondas similares a las que provoca una piedra al romper la superficie de una charca. La boca se les seca.

De repente, la puerta se abre y entra alguien que lleva puesto la misma ropa que Tomás. Pero los dos hermanos no lo ven a él, sino a un demonio que echa fuego por la cabeza, al demonio con el que su padrastro los amenazó si no lo obedecían.

―Perdonad la espera. Llamé a vuestra casa y no contestó nadie. Al final tuve que ir hasta una máquina qu-

Greg chilla y se abraza a Helmi, que sujeta entre las manos la mochila.

―¿Niños?

Los dos retroceden mientras él se les acerca.

―¿Qué pasa, niños?

Repara en la mochila. Ellos no dejan de temblar.

―¿No os habréis comido…?

―¡Corre, Greg!

Helmi le tira la mochila a la cara al demonio y esprinta hacia la puerta sin soltar a su hermano. El contraste entre la oscuridad de fuera y la luz de dentro los ciega, pero no se detienen. Tras ellos oyen una voz, unos gritos. Y unas pisadas fuertes. Les parece, a medida que avanzan, que todo se mueve con mayor lentitud. Se sienten confusos. Y, de nuevo, hambrientos.

Helmi y Greg corren, de la mano, tan rápido como pueden. Ella, que es más grande y fuerte, lo arrastra del brazo. Cada vez que echan la vista atrás, el demonio ardiente que los persigue ha recortado distancia. Cuando pasan junto al recinto de los lobos grises, Greg tropieza y rueda por el suelo unos metros hasta chocar con la valla. Helmi se detiene en seco, lo mira y luego mira al demonio: su hermano llora, el demonio se acerca. Helmi gesticula y salta para atraerlo. Sus miradas se cruzan. Y entonces reanuda su carrera. Confía en que así, si la sigue, Greg se logre salvar. Pero ya no se escuchan otros pasos más que los suyos. Al darse la vuelta para comprobar si su treta ha tenido éxito, Helmi ve que el demonio se aproxima lentamente, y con el brazo extendido, hacia su hermano. Los dos chillan. Los lobos aúllan. Tras un segundo de indecisión, ella corre hacia él con tanto ímpetu que la cabeza le da vueltas. El demonio ya casi está junto a Greg.

―Tranquilo, todo va a ir bien ―le oyen decir.

En el instante en el que se empieza a agachar para cogerlo, Helmi los alcanza y lo embiste con el hombro por detrás. El demonio emite una especie de grito, trastabilla, se choca con la valla y cae al recinto de los lobos. Helmi ayuda a Greg a levantarse mientras hace oídos sordos a las súplicas del demonio, al que los lobos van cercando poco a poco. Le dan la espalda. Él grita. Los lobos aúllan y se abalanzan sobre él.

Los dos hermanos se alejan, entre temblores, de allí. Abrazados. Y sollozando. Tan solo quieren volver a casa, junto a su madre.

Publicado la semana 2. 11/01/2019
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