19
Pedro M. García

Actitud emprendedora

Un día la muerte jugó una partida de cartas con la vida y perdió. La edad actuó de árbitro. El perdedor, según habían acordado, debía permanecer durante un año sin ejercer su oficio. La partida fue un lunes de febrero.

La muerte, sin embargo, no se mantuvo ociosa durante todo aquel tiempo. Las dos primeras semanas las pasó vagando por los corredores y salas de su castillo, a oscuras, reviviendo el instante en el que la vida había revelado su full house con una sonrisa. La muerte nunca había experimentado el agobio de no tener nada que hacer. Se volvió obsesiva. Las ratas que habitaban sus salones y mazmorras empezaron a evitarla, temerosas de que las convirtiera en sus mascotas. Fue en una de estas idas y venidas cuando, al abrir la puerta que conducía a la torre del homenaje, los goznes chirriaron y se resistieron a su empuje. La muerte comprendió que su hogar había envejecido sin que ella se diera cuenta; comprendió que, como todo, vivir fuera de hora tenía sus desventajas. Entonces ideó una forma de renovar el castillo, y también de matar el tiempo hasta que concluyera su apuesta con la vida.

Al día siguiente, la muerte partió a la ciudad más cercana con una bolsa repleta de monedas antiguas, de las que le dejaban en los ojos de los muertos hacía muchos siglos.

Una vez allí, se instaló en una casa desierta y le ofreció al dueño de la funeraria local una suma considerable por su negocio. El hombre rechazó la oferta. Pero a la muerte no le importó; formaba parte de su plan. Se recluyó en la casa y aguardó su momento con paciencia. Pasaron dos semanas. Tres. Un jueves sonó el timbre: era el propietario de la funeraria, que ya estaba dispuesto a vender. La muerte le compró el negocio por la mitad de lo que le había ofrecido el primer día.

A la mañana siguiente, se mudó a otra ciudad cercana. Y repitió el proceso. Cada vez más rápido. Y por menos dinero. Según avanzaban los meses sin que muriera nadie, la desesperación de las funerarias y sus dueños se incrementaba exponencialmente.

Mientras, la muerte afianzaba su imperio.

A la conclusión del año, cuando muerte y vida se volvieron a encontrar, bajo la atenta mirada de la edad, jugaron una nueva partida de cartas. La muerte volvió a perder, esta vez a posta.

Pasó un año. Luego otro. La tarde de la sexta partida, la muerte aplastó a la vida. La humilló. Pero no le pidió nada a cambio. Acordaron no volver a jugar más, al menos durante una década.
Entonces la edad dejó de arbitrar y le pasó factura a todos los hombres y mujeres cuya vida se había perpetuado con la ausencia de la muerte. En menos de un mes, esta pasó a ser millonaria. A los seis ya tenía capital suficiente para elevar su castillo por encima de las nubes. Para construirse una nueva residencia en cada continente. Al año, en cada país.

Al término de la década pactada, la muerte volvió a dejar que la vida le ganase a las cartas. Ansiaba tener todo el tiempo del mundo para disfrutar de su botín arduamente acumulado.

Desde entonces se sienta en un sillón reclinable de cuero frente a una ventana que la separa del vasto azul que corona las nubes. Con una copa de oro y diamantes en una de sus manos huesudas, y en la otra un orbe del planeta. Relajada. Divertida. Y, sobre todo, satisfecha.

Publicado la semana 19. 12/05/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
19
Ranking
0 149 2