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Pedro M. García

Flor de lavanda

Joaquín llegó de un paseo por el bosque con una flor de lavanda entre las manos. En el instante en que la vio supo que era el regalo perfecto para su mujer. No solo olían igual; sino que, además, hacía menos de una semana que ella se había teñido la melena de violeta. Esa noche cenaron al compás del piano de Count Basie, hicieron el amor a su propio ritmo y se durmieron medio abrazados. La flor de lavanda arrancada vigilaba sus sueños desde la cómoda.

A la mañana siguiente Joaquín se afeitó la barba y se marchó a trabajar. Volvió a casa antes del mediodía, angustiado. Abrió la puerta de un empujón y corrió hacia el baño. Su mujer se estaba duchando cuando él se posicionó frente al espejo. No se lo podía creer. En las pocas horas desde que se había afeitado le habían crecido microvellosidades blancas como las de los dientes de león. Su mujer, que dio un respingo al verlo girarse hacia ella, en seguida lo intentó tranquilizar. Le dijo que se afeitara de nuevo, que ya vería como no era nada. Él le hizo caso y se pasó la maquinilla por todo el rostro. Luego se fue al sofá y se tumbó a esperar.

Por la noche, cuando su mujer regresó a casa del trabajo, Joaquín estaba peor. No solo le habían vuelto a salir los dientes de león en la barba; de los brazos le habían brotado jaras y de los oídos y fosas nasales cuatro largos hisopos. La piel se le había enverdecido. Aunque lo intentó, su mujer no pudo contener la risa al encontrárselo así, sentado sobre la cama: Joaquín parecía una especie de mezcla entre un extraterrestre verde y una morsa de colmillos florales.

Como ni siquiera la persona que más lo quería en el mundo era capaz de pasar por alto su aspecto, Joaquín lo dio todo por perdido. Empezó a llorar de forma incontrolada. Se arrancó dientes de león, cipselas, tallos, que volvieron a brotar casi de inmediato. Mientras, su mujer seguía riendo. Había alcanzado esa fase involuntaria en la que ríes y ríes sin poder parar. Cuando, entre lágrimas, vio como a Joaquín las suyas le estaban haciendo crecer las flores, rio con mayor intensidad. De esta manera entraron en una vorágine retroalimentativa de risas, llantos y flores, risas, llantos y flores.

Cuatro días después, alertada por un vecino que detestaba el olor de la campiña, la policía entró en la casa. En el dormitorio se encontró con un pilar cubierto de distintas flores silvestres que iba del suelo al techo y frente al que yacía un cuerpo momificado de cabello violeta, cubierto también de flores.

Aunque en la habitación había de todos los tipos, colores y tamaños, la única flor de lavanda presidía, medio seca, la cómoda junto a la cama.

Publicado la semana 18. 05/05/2019
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