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Pedro M. García

Delfines

Cuando vimos la vela negra asomarse entre la bruma, el capitán me ordenó que permaneciera en el camarote. «Tu elemento es la tinta, muchacho; el nuestro, la sangre». Reconozco que su sentencia me ofendió, para qué negarlo. Hasta que tronó el primer cañonazo. El segundo me cogió refugiado bajo el escritorio de caoba del capitán. Las manos me temblaban de forma incontrolada; el miedo se propagó a chirridos a través de mis venas. Antes de que se adueñara de mi corazón, resolví que lo mejor que podía hacer era documentar el horror del asalto. Quizá así se calmasen mis nervios.

Desde mi refugio soy incapaz de distinguir más que una algarabía de gritos, tronares y lamentos. Los cañonazos se siguen sucediendo. El olor a pólvora se ha fusionado con la humedad del aire y ha conseguido penetrar hasta el camarote. El olor a pólvora y a muerte. Parece que le han volado una pierna al grumete Pérez. La imagino, con los extremos corroídos y negruzcos hirviendo del dolor y el corazón óseo medio astillado, envuelto en el gris ceniciento del humo que nos rodea. ¿Conservará al menos la rodilla, o la habrá pe---------. La puerta del camarote acaba de reventar por los aires. El capitán desenfunda su alfanje. El resto de la tripulación que sigue en pie lo imita. La primera oleada de piratas nos aborda. Gritan y gesticulan como posesos. Pero los nuestros no se amilanan. Algunos no llegan a alcanzar la borda del navío, perforados por varios disparos. La lucha es encarnizada. Una mezcla de hedores se propaga por la cubierta: sangre, meados, vómitos, sudor y mierda lo emponzoñan todo. Yo mismo me acabo de cubrir los pies de queso duro y migas a medio digerir ante la contemplación de una escena repulsiva: un pirata sajó el vientre del cocinero García y usó sus tripas para asfixiar al contramaestre. Por fortuna se rompieron antes de que se quedara sin respiración.

No parece que el ataque tenga fin. Otra oleada de bucaneros que portan la muerte ha asaltado el barco. Los nuestros caen y caen. No podrán resistir mucho más. Recuerdo que un día mi maestro me refirió una leyenda marítima que decía que los delfines habían salvado a Arión de Metimna de un naufragio porque era poeta y estos seres están consagrados a Apolo. ¿Sería cierto? Temo que tendré que arriesgarme si el capitán rinde el barco a estos bárbaros. La fetidez del aire, además de olerse, ahora se saborea: mis ojos lagrimean por el humo, y estas lágrimas saben a orín. Le han abierto la cabeza al contramaestre en las escaleras que conducen al camarote. Creo que no me han visto. Mi mirada sigue fija en los escalones: parte de su cerebro abandona el cráneo desconchado. Parece una masa de pan antes de ser horneada.

Es el fin. Ahora o nunca. ¡Que Apolo se apiade de mí!

                                                      ⁎

¿Bárbaros? ¿Somos bárbaros porque nos dedicamos honestamente al pillaje? Nosotros al menos no hacemos esclavos, para luego vivir de su trabajo. Lo que es nuestro nos lo hemos ganado a sangre y fuego, señor Virrey. He mandado que le entreguen este manuscrito para que sepa que sus barcos no pueden vencer ni huir de mis ataques. No hay Dios que pueda protegerle, ni a usted ni a su flota. Si no me cree, pregúntele al poeta que escribió el inicio de este documento. Se arrojó al mar con la esperanza de que lo rescataran los delfines, ¡los delfines! El vigía de mi nave se fijó en su rostro al ver cómo se aproximaban varias aletas dorsales. El muy idiota creyó que estaba salvado. Tenía un brillo en los ojos… ¿Delfines? En este mar solo quedamos tiburones.

Firmado: Capitán Blood

Publicado la semana 17. 28/04/2019
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