16
Pedro M. García

Fragancias

Necesitan saber dos cosas sobre mí: tengo la nariz ganchuda y me encanta besar en la boca. Ambos elementos, nariz y besos, están relacionados. Pronto verán por qué.

Mi vida entre la niñez y la adolescencia fue un calvario. Puede que cercana a como debió ser la de Góngora o la de Cyrano de Bergerac. El día que vimos en clase el soneto que le dedicó Quevedo a la nariz de Góngora, todos los ojos se posaron en mí. Incluso los del profesor. Ese día supuso mi primera suspensión escolar. También fue el día que atraje la atención de Judith, la chica que me dio mi primer beso. Cuando María Pérez terminó de leer en voz alta el poema, Joseba comentó, también en voz alta, que yo debía ser descendiente de Góngora. Ahora que conozco su maestría artística me lo habría tomado como un cumplido, pero entonces lo entendí, al igual que el resto de la clase, como una burla. Así que, emulando a un Cyrano al que años después despreciaría por considerarse a sí mismo feo, me levanté del pupitre y le asesté un puñetazo en la nariz al gracioso de Joseba. Ese acto, como decía, tuvo varias consecuencias: me suspendieron una semana del colegio, lo que me granjeó la consideración de chico malo; hizo que Judith se fijara en mí y me recibiera, a mi vuelta, con un beso detrás de los columpios del patio; y, además, y esto fue lo mejor, convirtió a Joseba en el nuevo chopas de la clase.

Recuerdo ese primer beso con Judith como si lo hubiese grabado con una cámara o el móvil. Me esperó a la puerta del colegio y me llevó de la mano hasta el columpio del patio. La brisa que soplaba aquella mañana hacía que su melena negra flotara y me rozara el brazo. Durante todo el trayecto mis oídos permanecieron taponados, ajenos al ajetreo de niños, adolescentes, profesores y padres. Mi visión se redujo al hombro descubierto de Judith. Cuando llegó a donde ella quería, se detuvo, me soltó la mano, se giró y me plantó un beso en los labios.

El beso.

Unos segundos después se separó, abrió los ojos, me sonrió y se marchó a clase. Yo me quedé allí, embobado por aquella primera experiencia. Pero, sobre todo, porque acababa de oler, oler de verdad, a Judith. Ese instante del beso me bastó para conocerla con tanto detalle como sé que nunca nadie más ha podido o podrá. Porque, en ese momento, mi desventaja genética se convirtió en mi mayor don. Mientras nuestros labios estaban unidos, la punta de mi nariz se introdujo en una de las fosas nasales de Judith. Su aroma era una mezcla de barro, gotas de limón y jazmín nacarado. Con los años supe que no solo olfateé a la Judith de entonces, sino que además anticipé parte de su futuro en aquel olor particular. Días más tarde, envalentonado por el recuerdo aún reciente, me animé a ser yo el que la esperara y la besara. Me llevé un bofetón, pero pude, de nuevo por un instante, atisbar su yo completo.

Ese mismo año besé a otra chica y comprendí que cada persona contiene su propia fragancia dentro de sus fosas nasales.

¿Por qué, se preguntarán, les he soltado todo este rollo? Es decir, ¿a quién le importa un tío que se dedica a besar a la gente para meterle su nariz en las fosas nasales? Raros hay en todas partes. Sin ir más lejos, hará un tiempo conocí en el metro (¿o lo leí en un relato?) a un masajista que le gustaba apoyarse espalda con espalda con la gente y deducir, en función de su rugosidad y orografía dorsal, la personalidad de cada uno. ¿Qué me legitima a mí a contar mi historia?

Pues la sencilla razón de que he descubierto, hace unas horas, que no estamos solos. Los extraterrestres existen. Y viven entre nosotros. Para que entiendan que no estoy loco, les resumiré lo que he hecho con mi vida desde aquel primer beso. En mi afán por querer conocer a fondo a las personas que a simple vista captaban mi interés, pasé mi adolescencia besando a quien me apetecía. Me llamaron de todo, que si salido, que si pervertido, que si enfermo mental… Y eso que yo no hacía distinciones por apariencia física, belleza o sexo. Si alguien me llamaba la atención, pum, le plantaba un beso. En poco tiempo me vi obligado a iniciar un inventario de fragancias. En las etiquetas escribía la fecha, lugar y una relación de los diferentes olores que componían cada una: vinagre, fuagrás y mango verde; sudor, césped regado y cloro; leche de cabra recién ordeñada, pimienta y rosa de mayo... Nunca he tenido necesidad de identificarlas con los nombres o las descripciones de aquellos a los que besé, su aroma me basta para recordarlos.

Durante una parte de mi juventud me vi obligado a llevar puesta una máscara protectora porque, en mi delirio olfativo, me dio por besar a un boxeador retirado. El caso salió incluso en algún periódico de tirada nacional ya que, como es lógico, lo denuncié por partirme la cara. Esa breve fama, y mi declaración en el juicio, hicieron que un día el gobierno se personara en mi casa y me ofreciera trabajar para ellos como agente secreto. Mi cometido consistía, simplemente, en desenmascarar a agentes enemigos a base de besos. Pero el invento duró poco: mi nariz y, sobre todo, mi técnica, eran demasiado llamativas como para pasar desapercibido. Entonces intentaron, a través de entrenamientos específicos, que fuera capaz de detectar fragancias sin introducirme en las fosas nasales de la gente. Pero tampoco funcionó.

A raíz de esta experiencia se me ocurrió que podía convertirme en un detective que se especializara en infidelidades. El sistema era sencillo: me contrataban para que besase al hombre o mujer del que el cliente sospechaba, y luego yo le decía, en función de lo que hubiese olido y a partir del contraste con el beso que le daba al propio cliente, si le eran infiel o no. Más de una vez descubrí que el adúltero era la misma persona que me contrataba. Supongo que este tipo de gente, o eran hipócritas, o buscaban agarrarse a aquello de tu sí, pues yo también, aplicando esa regla matemática tan nefasta de «el orden de los factores no altera el producto». Vaya que si lo altera.

En fin, como podrán suponer, he besado a suficiente gente, he reunido tantas fragancias, que sé lo que distingue a un hombre o una mujer de otros seres. Porque, por supuesto, he probado con algunas mascotas. Los perros no son nada recomendables, por cierto. No porque huelan mal o sean poco higiénicos, sino porque su fragancia, que, a diferencia de la nuestra, no es individual sino asociada a su raza, tiene la misma intensidad que su capacidad olfativa. Oler la nariz de un perro puede constituir una droga con efectos cercanos a los de la heroína. Créanme, no vale la pena entrar ahí. Al menos no antes de que uno sea viejo y ya no le quede nada por lo que vivir, salvo pasar el rato. Ahí igual sí.

Lo curioso de este asunto es que, al susodicho o susodicha extraterrestre, lo conocí sin querer. Esta vez fui yo el que recibió el beso. Como la primera vez. Estaba sentado en un parque cerca de mi casa cuando la vi pasar con la melena al viento. Quizás me recordó a Judith. Quizás. O tal vez, y cada vez me inclino más por esta opción, me vio en la distancia, se introdujo a través de sus capacidades telepáticas en mis recuerdos y seleccionó una imagen que yo tenía asociada a un momento perfecto de mi vida. De hecho, creo que ese encuentro no fue casual. Piénsenlo, ¿cómo demuestra un extraterrestre que amolda su imagen a la de otros que no es, simplemente, un ser humano más que se ha vuelto loco? Pues acudiendo a uno que sepa distinguir entre un hombre, un perro o una bestia. Es decir, a mí. Lo peor de todo es que ni siquiera me dijo su nombre. Se limitó a sentarse a mi lado un par de minutos. Callada. Y luego, de improviso, me tocó el hombro y me besó impetuosamente. Con lengua, además. Yo cerré los ojos y me dejé llevar por ese aroma desconocido que estaba deleitando y desconcertando a partes iguales a mi nariz ganchuda. Al abrirlos, ella, o él, ya no estaba allí.

Solo me quedó su fragancia a estrellas, materia oscura y helio.

Publicado la semana 16. 21/04/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
16
Ranking
0 126 1