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Pedro M. García

Coma

Un día te hartas de tu familia, de tus amigos, de tus compañeros de trabajo. Te hartas de que te mangoneen, de que te condicionen la vida, de que decidan por ti. Te hartas de tener que sacarles siempre las castañas del fuego, como aquella vez que tu hermano le pegó un cogotazo a un guardia civil por una apuesta con sus amigos y tuviste que ir a sacarlo de comisaría, o como aquella otra en la que tu compañero de oficina le dio a suprimir en vez de a enter y tuviste que pasarte la noche recuperando los archivos con ojos vidriosos.

Entonces un accidente en la carretera, puede que por un choque con otro vehículo o quizás por despeñarte ladera abajo al intentar esquivar a un perro o a un jabalí, te salva de todos esos aprovechados, de todos esos chupavidas. Un accidente y un coma. Eso es lo que hace falta. Para ti, por supuesto, el coma es algo instantáneo, el destello del impacto y luego el deslumbramiento de la primera luz.

Pero tu caso no es como los de los demás. No. Tú despiertas de madrugada en un cuarto del caserón de tu familia. A medida que tus ojos se adaptan a la luz de la lámpara a tu izquierda, ves todo el aparataje que te rodea: los cables, el suero, la máquina que monitoriza tu pulso. Levantas con mucho esfuerzo una mano y notas unas arrugas que antes no estaban allí. Amagas con incorporarte. Con hablar. Y después un pensamiento te retiene. Para ti todavía está muy presente el cabreo que te condujo a tu situación actual, a estar postrado en esa cama. Aunque hayan pasado años aún sientes que se han aprovechado de ti.

No tardas en decidir hacer lo mismo. En pocos minutos bosquejas un plan: seguir haciéndote el dormido, perpetuar el engaño de que permaneces en coma, hasta que te enteres de que tus padres y hermanos han pasado a mejor vida. Entonces, y solo entonces, te despertarás. Y podrás vivir el resto de tus días sin que nadie te use o se aproveche de ti. Sin garrapatas ni sanguijuelas. Tranquilo.

Sonríes como nunca antes lo has hecho.

No crees que te vaya a suponer mayor problema mantener la mentira. Te sabes con una memoria fuera de lo común, y además con algo de ingenio. Te ilusiona tener todo el tiempo del mundo para revisar tu vida de cabo a rabo, para fabricar sistemas de numerología o idiomas revolucionarios. Para escribir mentalmente, quizás, la novela o el poemario de la década, y, ya puestos, del siglo.

Llega la mañana y te visita un enfermero. Al principio te cuesta dejar que te zarandee aquí y allá para limpiarte y arreglarte. Tu hermana se pasa unos minutos a preguntar por ti. Tiene la voz más aguda de lo que recuerdas. Pero el cloquido es el mismo. A media tarde crees reconocer a tu padre por su olor a rancio, igual al que desprendía tu abuelo.

Durante la noche mueves un poco los brazos y las piernas. Quieres prepararte a consciencia para el momento. Para cuando consigas tu libertad.

Al día siguiente todo transcurre de la misma forma, solo que ahora son tu madre y tu hermano los que pasan a visitarte. Por un instante te permites pensar que tal vez sí que están preocupados por ti. De verdad. Luego lo descartas y te ríes de tu inocencia: demasiados recuerdos aseveran lo contrario. Hace tiempo que en tu mente dejaron de ser personas para convertirse en animales carroñeros. En buitres.

La tercera tarde desde que despertaste, la de un domingo, tus planes se tuercen. El enfermero, que hasta ahora ha actuado profesionalmente, se excede contigo. Te soba. Te besa. Te magrea. Cuando te introduce la punta de su miembro entre las nalgas, te estremeces. Sientes la tentación de reaccionar y tirarlo al suelo de un puñetazo. Después de todo, quién se cree que es para hacerte eso. Para haber estado haciéndote eso a saber cuántos años.

Pero la imagen mental de los buitres de tu familia alimentándose de tu hígado es mucho más fuerte. La intensidad del odio, de la ira labrados día a día, mes a mes, año a año superan cualquier tipo de indignación que los excesos del enfermero te puedan causar. Relajas la tensión del brazo, del puño.

Y entonces piensas que, ya que vas a tener que aparentar el coma durante bastante tiempo, qué mejor que endulzar la espera con alguna que otra alegría. Ni siquiera te preocupa que tu enfermero note algo distinto; por la cuenta que le trae, seguro que le interesa hacerse el sueco. Con los ojos cerrados y ese ingenio en el que tanto crees, siempre podrás imaginar que te toca y te besa quien tú quieras.

Porque, bien visto, ¿quién no ha soñado alguna vez con ser manoseado por, digamos, Marilyn Monroe o Pamela Anderson, incluso si estas están sin maquillar y con un pelillo o dos en el bigote?

Publicado la semana 15. 14/04/2019
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