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Pedro M. García

Hacia el patíbulo

Un jinete espolea a su montura a través de campos labrados. El caballo galopa tan rápido como puede, pero no es suficiente. El jinete lo espolea y lo azota. No le importa que el animal desfallezca: está en juego la vida de un hombre.

La cartera del jinete contiene un indulto real. Un documento firmado hace apenas unas horas que libra de la guillotina a un condenado a muerte. A un hombre que, como él pretende hacer, cumplió la tarea que le encomendaron. Da igual que consistiera en apuñalar a alguien y no en entregar un mensaje. Como él ahora, tan solo obedecía órdenes.

El jinete tensa los músculos de brazos y piernas y espolea sin cesar a su montura. Ambos jadean. Y sufren. Al jinete no le queda tiempo. Su misión pende de un hilo.

                                                         ⁎

La muerte arrastra sus piernas huesudas por uno de los pasillos del almacén del tiempo. Lleva las manos atadas por un hilo a la altura de las muñecas. Entre las filas de relojes de arena que pueblan las estanterías reconoce al de su próxima víctima. Su último grano debe caer, en principio, a media tarde. Rara vez sucede lo contrario.

Tras abandonar el almacén, la muerte entra en la armería. Espera a que uno de sus sirvientes termine de afilar el acero de la guadaña, que se asemeja al de unas tijeras. Entonces le ordena con un gesto de su barbilla huesuda que se la cuelgue a la espalda. Sigue teniendo las manos atadas.

A continuación, se dirige a las caballerizas. Pasa delante de un cuartucho en el que tejen un par de hilanderas. Usan el mismo hilo que envuelve las muñecas de la muerte. Con un silbido, llama a su montura. Es hora de partir.

                                                         ⁎

Dentro de una celda un hombre aguarda su hora. Su piel, pálida y cuarteada, se asemeja a la de la rata que sostiene entre las manos y con la que juega. En su barba, poblada, se distingue una costra reciente de sangre y vómito. Le faltan varios dientes.

De repente, unas llaves. Un tintineo metálico y el crujir de la madera. El hombre suelta a la rata. Uno de los carceleros abre la puerta, camina hacia él y le entrega su última comida: un mendrugo, un trozo de queso de cabra y una pinta de cerveza negra. El condenado se lo agradece. El otro responde con un escupitajo a la pared. Luego se marcha.

Una vez solo, el hombre se sienta en el suelo y llama a la rata. Piensa que, si va a morir, poco importa lo que coma en este momento. Ya le podían haber preparado un festín, de los de cerdo y manzana, que hubiera sido lo mismo: en un par de horas no sería capaz de recordarlo. Da un trago. Le ofrece el vaso a la rata. Mientras mastica un trozo de queso, recuerda algunas de las historias que oyó por ahí antes de que lo detuvieran, esas en las que el condenado a la guillotina es incapaz de contener el pis ante la inminencia de su muerte. Esas en las que hombres acostumbrados al sabor de la sangre y al frío de los puñales tiemblan de pies y manos. Tras morder un cacho del mendrugo, retira con cuidado a la rata de la pinta de cerveza, la acaricia y se pone en pie. En el suelo quedan el pan y el resto del queso.

El hombre ladea el rostro y observa, a través de los barrotes de la ventana que da a la plaza, el patíbulo hacia el que lo conducirán en breve. Ya han montado la guillotina. Junto a ella, envuelta en una túnica negra, cree distinguir a la muerte. El brillo del sol contra el acero de la guadaña lo ciega. El condenado sonríe para sí. Luego suspira y toma un último trago.

                                                         ⁎

El hombre que está a punto de morir sube los escalones del patíbulo. Lo escoltan varios guardias. A la derecha de la guillotina lo espera el verdugo; a la izquierda, la muerte. Cuando lo fuerzan a arrodillarse, repara en el hilo que ata las manos huesudas de esta. Reconoce en él a su destino. Y sonríe. Mete la cabeza en el cepo con calma, ante la mirada atenta de la muerte y del público que desborda la plaza. Alguien le da una señal al verdugo. Al mismo tiempo, el jinete llega a la ejecución y arrolla en su carrera a varios espectadores. Desmonta de un salto. Grita.

―¡Alto!

El verdugo acciona la palanca de la guillotina. Los ojos del condenado reaccionan a la voz del jinete. Se abren de par en par. Pero ya es demasiado tarde. La hoja atraviesa su piel y el hilo que mantenía atada a la muerte se corta. El público calla. El jinete se lamenta. El rostro del muerto, ya dentro del saco de cuero, ha quedado paralizado en el amago de un aullido. En su mirada aún se puede apreciar el brillo leve de una esperanza que segundos antes no estaba allí.

Publicado la semana 14. 07/04/2019
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