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Pedro M. García

La viuda roja II

Han pasado varios meses desde que la junta directiva, por las circunstancias, lo ascendiera en la empresa. Ahora Isidro espera en el portal de Silvana a que le abra la puerta. Ha ido a enfrentarla, a pedirle explicaciones. Carga consigo el rubí que su padre encargó a la joyería y que le entregaron a él por error. Ser Isidro de Mendoza hijo de Isidro de Mendoza conlleva, en ocasiones, esa clase de equívocos. Tanto él como ella saben lo que sucede después del regalo. Bueno, Isidro no, Isidro lo que conoce es el final. Conoce la meta y el punto de partida, pero no el recorrido. Eso solo lo saben ella..., y los muertos. Los siete muertos. Cuatro de ella y tres que le mandó él.

Isidro vuelve a tocar el timbre. Nadie responde. A la mierda, se dice, y toca a unos cuantos vecinos.

                                                      *

La segunda vez que pasó tenían diecisiete años. Las extrañas circunstancias en las que había muerto el primer novio de Silvana hacía tiempo que eran vox populi: se había suicidado tirándose a las vías de un tren. Con esta nueva muerte, las malas lenguas la empezaron a llamar la viuda negra. Cuando se lo oyó decir, a modo de burla, a un compañero, Isidro agachó la cabeza y se imaginó rompiéndole la nariz de una trompada.

No lo hizo.

                                                     *

—¿Sí?

—¿Quién es?

—¿Diga?

Publicidad, dice, y entra. Luego sube los escalones de dos en dos hasta llegar al cuarto piso en el que vive Silvana. Toca la puerta con la respiración acelerada y pega el ojo a la mirilla. Oye pasos. Siente que lo miran. Entonces la puerta se abre y lo recibe esa sonrisa de cocodrilo que tan bien conoce.

—Isidro, no te espera-

Isidro la empuja hacia el interior de la casa y cierra la puerta de un golpe. Resopla.

—¿Me puedes explicar qué cojones es esto? —Le muestra el rubí—. Dime, ¿qué coño pinta mi padre encargando un rubí con tu nombre inscrito, eh?

Silvana le da la espalda y se dirige pasillo a través hacia el salón.

—Creo que ya lo sabes.

                                                     *

Algo había en ella que volvía locos a los hombres. Algo, un no sé qué, que les hacía perder el pelo, babear, vender sus coches para comprarle una joya con el pedrusco más brillante y caro y puro de la tienda. Y cada vez que le regalaban uno, ella corría a enseñárselo a Isidro. Mira qué zafiro más lindo me ha regalado Marcos. Mira qué esmeralda más preciosa me ha regalado Santi. Mira qué diamante más... Mira qué, mira qué, mira qué. Su rostro, atractivo pero tampoco como para tirar cohetes, pensaba Isidro, se iluminaba con la inocencia de un koala cada vez que le mostraba su última adquisición. Y luego, sin transiciones, sin puntos muertos, esa sonrisa tan de peluche adquiría la peligrosidad de un caimán. Así, como si de repente se superpusieran dos imágenes, el antes y el después, y lo que había sido blanco se tornaba negro sin pasar por el gris. Era entonces cuando a Isidro se le ponía la piel de pollo, que es peor que la de gallina, porque los pollos apenas tienen espacio para correr en las granjas donde los crían y además se los come casi todo el mundo.

Ahora que ella le muestra el jade que le acaba de regalar su jefe —sí, ese que le gritó frente a todos sus compañeros—, Isidro no puede evitar que le recorra el cuerpo la sensación de corral a la que cada vez está más acostumbrado.

                                                     *

Isidro sigue a Silvana y la observa sentarse en el sofá que hay junto a una gran pecera. Es nacarado, como las perlas. Como la piel de un tiburón blanco. Ella le devuelve la mirada y le sonríe cuando casi se tropieza, al seguirla, por el desnivel que hay del pasillo al salón.

—¿Te has estado viendo con él a espaldas de mi madre? ¿De la mía?

Silvana se encoge de hombros.

—Eres una... Todos estos años defendiéndote d-

—Todos estos años usándome. ¿O no es así, Isidro?

Isidro traga saliva, agacha la cabeza. Silvana, mientras, se levanta y se acerca a la pecera. Parece desconectar algo. A Isidro, que juega con el rubí en la mano, el agua le llama la atención, pero no logra saber por qué.

—No deberías ser tú el que está hoy aquí. Después de todo, no fue tu culpa, tan solo eras un niño.

Isidro nota cómo se le empieza a poner la piel de pollo. Nota cómo se le secan los labios, se le comprime la garganta.

—No tendrás por ahí —carraspea— un vaso de agua, ¿no? —dice para ganar tiempo.

Silvana asiente y se pierde por el pasillo. Isidro, aún de pie, patea el suelo y se pasa la mano por la nuca. Que le reconociera todo así, sin más, no entraba en sus planes. No sabe cómo proceder. Al regresar Silvana, Isidro cae en la cuenta de qué le escamaba de la pecera: no hay peces.

                                                     *

—Usted ha plagiado en su trabajo.

—No lo he hecho.

—Sí lo ha hecho. ¿Quiere que se lo demuestre?

Isidro se removió en su asiento.

—Yo no he plagiado nada.

El profesor, algo canoso, se recolocó las gafas.

—¿Quién fue el biólogo que investigó el comportamiento de las tarántulas cuando son expuestas a un haz de luz intenso que usted citó en su trabajo?

Isidro dudó. Los dos se miraron directamente a los ojos. Se mantuvieron la mirada.

—Ahí tiene la salida, señor de Mendoza. Nos vemos el año que viene. —Isidro, ya junto a la puerta, se giró—. Ni se moleste en preparar nada para septiembre.

Se marchó con un portazo. Luego sacó el móvil y llamó a su amiga de la infancia.

—¿Sí? ¿Silvana? Hola, ¿qué tal todo? Mira, que hoy en medio de clase me he acordado de ti. Creo que te interesaría conocer a uno de mis profesores. ¿Cuándo podrías quedar?

                                                     *

—Gracias —le dice, y se bebe el vaso de agua como si fuera un chupito grande, de un trago.

Ella lo mira en silencio y se vuelve a sentar.

—Estarías más cómodo aquí, conmigo —golpea el hueco a su lado.

Isidro duda antes de hacerle caso.

—¿Te acabas de pintar los labios?

Son de un rojo oscuro, casi negro. Pero rojo al fin y al cabo.

—Sí.

Y se encoge de hombros.

—Si yo te lo pidiera, como un favor personal, ¿lo dejarías pasar por esta vez? ¿Te olvidarías de hacerle o de decirle lo que quiera que hagas o digas y zanjarías el tema?

De la calle, a lo lejos, llega el rumor de una sirena.

—No. —Isidro contrae la mandíbula—. Pero tranquilo —continúa tras quitarle el rubí de las manos y darle un beso en la mejilla—, que el tema, como tú dices, se zanja hoy.

                                                     *

La madre de Silvana se suicidó cuando ella tenía ocho años. Lo hizo de noche, después de arropar a su hija y advertirle que el destino de un padre se repetía sin remedio en su hijo. Ella no lo entendió, pero se le quedó grabado como un tatuaje oculto, como una quemadura en la memoria. O eso le reveló una tarde, mucho tiempo después, a Isidro. Eso y que no recordaba nada más de aquella noche, en la que también desapareció su padre.

                                                     *

Silvana se levanta y camina hacia la entrada de su piso. Isidro se pone en pie de un salto y alarga el brazo para agarrarla, pero sus piernas le fallan y cae de regreso al sofá. Está mareado. Tras parpadear varias veces, se fija en que el suelo está cubierto de un líquido espeso que se extiende por todo el salón. Silvana lo observa apoyada en la pared del pasillo. Lo observa mirar primero al suelo, luego a ella y después a la pecera, ya casi vacía.

—Lo siento mucho, Isidro, de verdad. Pero, como me dijo mi madre, el destino de un padre se repite, sin remedio, en su hijo.

Entonces, y por primera vez en ocho ocasiones, es ella la que enciende la chispa. Isidro trata de incorporarse cuando la ve arrojar el mechero encendido al suelo. Lo intenta, lo intenta con todas sus fuerzas, y fracasa. Después, mientras la ve caminar por el pasillo y abrir la puerta, y mientras respira el humo del fuego y se siente las piernas arder, se dice a sí mismo que Silvana de viuda negra tiene poco. No, musita al tiempo que oye un portazo, Silvana es y será, siempre, la viuda roja.

 

Publicado la semana 13. 31/03/2019
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