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Pedro M. García

La viuda roja I

Isidro conocía a Silvana desde que eran críos y nadaban juntos en una piscina de tiburones. O, más bien, en una piscina construida dentro de una piscina de tiburones. Un rectángulo de cristales transparentes los separaba, bajo sus pies y a sus lados, de tiburones ballena, tigre, muchos martillo. Y un par de blancos, macho y hembra, todos moviéndose como se mueven los escuálidos, de forma sinuosa, casi a ciegas.

Los niños nadaban bajo el sol mientras sus padres, dos parejas amigas, lo tomaban cubiertos de aceites. Los niños nadaban y reían y jugaban a tirarse agua. Los niños nadaban y a su alrededor nadaban los tiburones.

Al ponerse el sol, había uno menos.

                                                             *

Isidro está de pie escuchando cómo le grita su jefe. Sabe que es el hijo del presidente y se atreve a levantarle la voz. A ponerlo en ridículo delante de sus compañeros. Isidro lo observa de brazos cruzados y con la cabeza apenas ladeada hacia la izquierda. Lo observa pero no lo ve ahí de pie, frente a él, haciendo aspavientos; lo ve colgándose de una viga en su casa. No, amigo, se dice, esto no va a quedar así.

Su jefe se calla. Él le da la espalda y se marcha.

                                                             *

Silvana jugaba con una pelota de plástico en la piscina. Isidro, fuera, merendaba entre las hamacas de sus padres. Silvana aún no quería salir. En uno de los golpes que le dio a la pelota, la tiró fuera. Su madre se incorporó de la hamaca y pareció dispuesta a devolvérsela. Que venga ella a cogerla, dijo su padre. Su madre no le hizo caso y se puso en pie. Si la quiere, que venga ella a cogerla, dijo su padre. La madre avanzó hacia la pelota y de una patada la regresó a la piscina. Se la regresó a su hija.

Cuando se dio la vuelta, el padre de Silvana, su marido, la golpeó en la cabeza con el puño cerrado. Ella cayó al suelo. Nadie gritó, nadie dijo nada.

                                                             *

Isidro está sentado, con la vista fija en el techo, mientras el profesor apunta algo en la pizarra. Silvana se encuentra dos filas más adelante, junto a la pared. Ambos tienen catorce años. De repente, por megafonía, el director le pide a todos los alumnos y profesores que acudan al gimnasio. El instituto adquiere entonces la apariencia de un avispero: sillas arrastrándose, chicos y chicas gritando, riendo, los profesores mandando a callar, los móviles zumbando.

Al llegar al gimnasio, el silencio. El director los mira tras el micrófono y traga saliva. Se le ve descompuesto.

—Tengo una mala noticia que daros. Hoy, uno de vuestros compañeros, Marcos Rodríguez, ha fallecido en extrañas circunstancias. Desde la dirección hemos decidido suspender las clases, tanto hoy como mañana, en señal de luto por esta pérdida.

Isidro, al igual que muchos de sus compañeros, posa su mirada en Silvana. Era su novio.

                                                             *

La madre de Silvana, en la caída, se golpeó la cabeza contra el suelo y comenzó a sangrar. Su marido ni siquiera amagó con ayudarla a levantarse. Mientras la madre de Isidro se le acercaba, algo de sangre se coló por una rendija que daba a la piscina de tiburones. Algo de sangre, no mucha, que revolucionó y enfrentó a las bestias. Un tiburón martillo atacó a otro. Silvana, sal de ahí, ya, le gritó su padre. Silvana, incapaz de desviar la mirada de los tiburones, movía los pies lo justo para no hundirse. ¡Silvana, sal ya!, le gritaron sus padres. En medio del frenesí, los dos grandes blancos se enfrentaron: se mordieron, se agitaron y se arrastraron hasta el fondo de la piscina. A su paso el agua se cubrió de rojo. SILVANA, JODER, SAL DEL AGUA. Isidro empezó a llorar.

Nada.

Del fondo emergió la hembra del gran blanco. Ningún otro tiburón se atrevió a tocarla. Ahora era la única reina y señora de aquellas aguas. Silvana siguió mirándola cuando su padre se metió en la piscina y la sacó a rastras. Isidro lloraba. Silvana siguió mirándola mientras su padre le pellizcaba el brazo con fuerza y su madre trataba de arroparla en su pecho.

Silvana continuó viendo a la hembra de tiburón blanco esa noche, y las siguientes, sin necesidad de cerrar los ojos.

Agua roja. Agua turbia. Esa agua.

Publicado la semana 12. 24/03/2019
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