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Omduart

Un universo abriéndose VII

En las vísceras

 

Una tierra llena de oscuridad y vacía de miedo. La única luz provenía de centenares de fogatas que se perdían en el horizonte formando círculos. A su alrededor reposaban extraños personajes, todos ellos con una sonrisa en los labios (los que tenían y mostraban sus labios) y una mirada repleta de experiencias. Escruté el cielo y lo descubrí vestido de perlas, muchos lunares pocas luces. No habían refugios más allá del calor de las hogueras, ni pobladores excepto las criaturas que se sentaban rodeando el fuego, una fogata, un guardián de la misma. El suelo podía tratarse de un desierto pero el grano no era arenoso, parecía otro tipo de polvo, blanquinoso, muerto y duro, cálcico. En grandes dunas como olas de mar se reflejaban sombras de esos seres que se mantienen en calma, esperando algo o alguien.

Cogí aire queriendo aspirar valor y me acerqué al puesto más cercano. Me planté entre la fogata y un ser cubierto por una manta marrón bordada de mandalas. La tela le cubría casi por completo, estaba sentado con las piernas cruzadas y solo se le veía la cara llena de sombras proyectadas por la luz y una gran sonrisa misteriosa. Me pidió que me sentará con un gesto de la mano. Sentí la necesidad de hacerlo. El fuego se redujo cuando postré el final de mi espalda en el suelo y todas las fogatas de alrededor se apagaron y la oscuridad nos rodeó completamente. Una bruma, o quizá fuera vapor nos rodeó y acarició, un manto de nube que se densificaba y me servía de apoyo lumbar. La calidez invitaba a relajarse, me sentía segura, a salvo.

La criatura descubrió su cabeza y dejó que se viera su larga melena trenzada y peliroja. Las sombras de su rostro eran en realidad una cicatriz continuada con un tatuaje de lo que me pareció una pluma de ganso. Su tez era blanca grisácea y no tenía facciones que marcasen su sexo. Sacó de debajo de la manta una mano con largas uñas y largos dedos que sujetaba un manojo de hierbas que sacrificó a las llamas. No pude ver cuantos dedos tenía, pero una ilusión me hizo creer que más de cinco.

El fuego pareció gustarle mucho el donativo, se balanceaba suavemente, sus extremos brillaban de color verde y azul y desprendía un aroma a cuento de hadas.

Érase una vez una tierra mágica únicamente poblada por las recipientes de historias, el hogar de hogares, el planeta de los hacedores de relatos y ecos de los mismos, es aquí donde te encuentras ahora, viajera, bienvenida a mi hoguera.

Esas fueron las primeras palabras de aquella criatura que continuó narrando:

 

Yo soy Bolaseto y mis historias nacen en el corazón de aquellos a quien se les ha robado la libertad. Los que arrastran pesadas cadenas y no han perdido el ímpetu de romperlas, y sobretodo, las mujeres y los hombres que deciden convertirse en herramientas de la venganza por los que ya no tienen fuerzas de luchar.

Esta historia crece entre las hierbas de las extensas tierras mongolas, donde una monja entregada a una poderosa diosa debía hacer sacrificios diarios, semanales, mensuales y anuales para complacer a la divinidad. Todos los días ofrecía tantas gotas de sangre como vasos de agua bebió. Un día de cada semana obsequiaba a la deidad cazando un conejo que debía crucificar aún vivo; esa tarea no era nada fácil y no siempre lo lograba; cuando no lo conseguía pagaba una penitencia siendo azotada por otro acólito con un Knut, el arma real de Duusakh Mori, la gran Diosa de las estepas. Cada mes tenía una deuda sexual, prestaba su cuerpo sumiso al la divina criatura de Duusakh, un joven potro previamente atado para que sus envestidas no pasaran de ser dolorosas a ser destructivas. Una vez al año, tenía que raptar un niño o una niña, apuñalarlo y dejarlo desangrarse mientras monta un caballo que corre por las llanuras regando con de rojo los pastizales. El precio de ese infante en su falta era la propia vida cabalgando por vez última.

Altant era el nombre de aquella monja y era nieta de los que llamaban presenciados, los fundadores del culto a Duusakh Mori. Los presenciados vieron a la Diosa descender a galope del caballo más grande y monstruoso jamás visto, trinchando a hombres y mujeres de un solo azote con un enorme Knut metálico dorado y lleno de espinas. Quedaron claras las intenciones y necesidades divinas de Mori cuando un viejo se desnudó y arrodilló suplicando clemencia, ella modificó su látigo enfundando los pinchos, azotó aquel hombre provocando múltiples fisuras y la sangre que brotaba flotó hasta la boca del caballo divino. Esa es una de las más famosas historias de la llegada de Dusakh Mori a Mongolia aunque se escribieron otras igual de terribles.

Altant creció con esta revelación impuesta pero siempre fueron los presenciados quienes realizaban los rituales más sangrientos.

La monja sabía que había algo más allá de los sacrificios, una tierra que crecía hermosa sin ese color carmesí que tienen los tallos de hierba entorno el monasterio. Se sentaba cara al horizonte tan alejada como podía de la vista de los demás y cerraba los ojos. Abría otro tipo de óculo y podía alargar su visión hasta estas lejanas tierras sin divinidades ávidas de dolor y sangre. Creció en su mente esa bella flor, ese entendimiento interior de que hay algo que no debe permitirse, la libertad apresada y ofrecida en un altar sin la voluntad propia de quererlo así.

Altant todavía era joven y bastante fuerte apesar de los azotes, la continua pérdida de sangre y las salvajes cópulas zoofílicas, sentía que podía salir se ahí y ver de cerca aquello que escrutó desde lejos, y quizá también perdonar sus propios actos…

A veces intentaba acordarse del pasado y siempre se encontraba bloqueada en el mismo punto, cuando engatusó con un poco de fruta aquel niño que jugaba en el río lejos de la vista de sus progenitores, como sangraba y gritaba encima del caballo enloquecido trotando por la estepa. Solo podía recordar aquella atrocidad y no tenía memoria de haberlo hecho más de una vez… ¿cuánto llevaba en el monasterio? Se preguntaba la joven monja. El tiempo era un regalo ofrecido en sacrificio a la diosa y probablemente también su niñez, la cual no tenía recuerdos. Una noche, después del ritual con la montura de representación sagrada, decidió echarse a caminar; torpemente y aguantando terribles dolores entre sus piernas perseguía la tenue luz lunar. Con cada paso sentía el temor aliviarse y el peso de su corazón se aligeraba. Imaginó aquel mundo libre de dogmas, donde tu propia sangre te pertenecía.

Solo se llevó un libro con ella, uno muy especial, una copia sin empezar del libro sagrado de Duusakh Mori. La portada era horrible, pero usaría su interior para escribir una nueva historia, con un nuevo principio y un final incierto, sin dioses, sin amos.

 

Aquella historia me había atrapado tanto que hasta que no terminó no pude darme cuenta de la seta roja gigante que creció entre sus trenzas. Un ruido de vibración membranosa se oyó y se vio al desplazar el humo que había por todas partes; la seta se desprendió de su cabeza y la cogió con sus largos dedos que ahora parecían palillos chinos. Me la ofreció con una relajada sonrisa.

Me dio las gracias y yo me incliné en señal de respeto y se las devolví.

El fuego volvió a crecer y sentí una gran emoción ardiendo dentro de mí. Las llamas devoraban el mundo pero no dolía, simplemente todo era una única llama, y vi como me alejaba de ella, estando esta en una vela; y seguí alejándome y escuché el estruendo de un grueso libro que se cierra.

Me encontraba dentro del carro, cubierta de libros y Firmón durmiendo encima de todos ellos.

Intensas experiencias la de una bibliotecaria. O el nuevo concepto en el que pensé mientras me recomponía de aquel viaje, biblionauta.

Publicado la semana 8. 19/02/2019
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https://www.youtube.com/watch?v=Eu7YYGOLCiU, tranquila música ambiental , un poema anónimo , En cualquier momento, En soledad, en un lugar tranquilo
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