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Omduart

Un universo compartiéndose VI

Un martes de dos mil diecinueve


 

Otra tarde sin que entre nadie. Nadie. Firmón se está acostumbrando al silencio, cada día se deja ver un poco más. Debería romper el hielo con él e invitarlo a cenar, o a café y charla por lo menos.

¿Por qué nadie entra? Aproveché que este martes soleado y coloqué una silla en la entrada de la casa que comparto con los libros. Estuve un buen rato mirando la cara de mi establecimiento. Color grisáceo decaído de fondo con un cartel, antes luminoso, en letras redondas pintadas de rojo: “Un universo abriéndose para tus ojos”. ¿Hay algún lector (y no lector) que no sienta una atracción irrefrenable por una invitación así?

Es verdad que la puerta es vieja y aún tienes que empujarla para que te deje entrar, pero todo lo bueno tiene un coste. No puedo negar que mi aparador ya no luce novedades como lo hacía antaño, en la era analógica. Unas manos abiertas palma hacia arriba sujetan poemarios abiertos, esos atriles los hice yo después de leer el libro, “Marta y la madera” un manual autoeditado por su protagonista y repleto de anécdotas que vivió ella misma en su empresa autodidacta (maravilloso). Apoyado en un pequeño estante hay decenas de libros de todos los géneros… ¿cómo podría hacerse un altar a la cultura más atractivo?

He pensado en modernizarme más de una vez pero ¿para qué? Si lo hago solo seré una opción sin personalidad que no tiene como competir en calidad de servicio con el gigante de la divina “A”. La magia de mi librería no está en venta porque no es un producto, ven y siéntela, deja que te envuelva y abre un libro y descubre el gozo de un universo naciendo, abriéndose dentro de ti, toda esa luz que renueva el día nuevo, genera todo un mundo de posibilidades.

Quizás llegue el día en que tenga que venderlo todo e irme de aventuras.

Con esa reflexión me mantuve en un silencio contemplativo delante de mi casa. Así se fueron algunas horas hasta que cruzó una persona encapuchada, con una toga blanca, imagino que era árabe pero no conseguí ver más allá de su apagado reflejo en el vidrio pulido del aparador de mi tienda. Pude descubrir una serena sonrisa y una nariz grande y ancha encima de la misma. Esa persona tiraba de un carro de madera que dejó aparcado allí delante. Parecía estar vacío y a la vez contener un gran misterio en su interior. En un lado tenía en relieve las palabras: “Siempre es un buen día para empezar de nuevo”. Conocía esas palabras… El maestro Facundo Cabral las solía cantar para infundir esperanza. El individuo misterioso se giró y me miró. Esperaba poder observar su cara pero ahora llevaba un pañuelo que le cubría todo el rostro excepto los ojos los ojos más expresivos que yo haya visto nunca. Sentí como si un puñal caliente como una taza de café recién hecho me atravesara el cerebro. Presentí la imagen de un espíritu femenino debajo de esa toga blanca y en cuanto eso pasó, sus ropas marcaron unas anchas caderas y voluminosos pechos, el velo que tapaba su rostro se transparentó y dejó entrever una sonrisa búdica. Todo el cuerpo me empezó a arder y quedé ciega lo que me parecieron unos segundos. Después, ella ya no estaba y el letrero de bienvenida se desprendió cayendo dentro del carromato. Me asusté, me afané a ver qué pasó y al asomarme lo vi, una madera borrosa, como un río fangoso marrón, indefinido, un pantano que no deja ver su profundidad y aparenta atravesar el planeta entero. Mi cartel había sido tragado por un agujero negro al interior de un carretón. Eso dije en voz alta. Tardé un buen rato en salir (dudo) de la hipnosis que me había provocado el “fondo” del carro, tan vivo, en movimiento constante… Estuve reflexionando sobre todo aquello hasta que fui interrumpida por un hombre que quería seguir su camino sin bajarse de la acera; insistiendo que debía apartar mi carreta del medio del paso. Pensé unos segundos en lo que me había dicho pero al final le obedecí (con todo lo que comportaba su afirmación) y la metí en la tienda. Ocupaba todo el espacio que permitía moverse por allí y me dispuse a subirme en él. Se creó un vórtice dentro del misterio sobre ruedas que generaba un pequeño torbellino en su interior. El viento empezaba a ser tormentoso, los libros caían y flotaban, yo misma no podía sujetarme, la fuerza de aquello se acrecentaba más y más. Las estanterías se caían, la luz se apagó y el torbellino creció hasta ser un poderoso huracán que todo se lo tragaba. Me encontraba volando a su alrededor con centenares de libros, páginas e incluso Firmón que se había agarrado fuertemente a un libro que usaba de tabla de surf. Una violenta implosión se produjo del interior del carro seguido de un estruendo y nos trago a todos. A las novelas, Firmón y a mí.

Si alguien lee alguna vez este diario, llegando a este punto se preguntará desde dónde escribo. Estoy en un lugar tan hermoso como puedas imaginar, literal y literariamente, en las entrañas del arte expresado en palabras, y ahora sé salir y entrar cuando quiera. Pero esta es la primera entrada de mi nuevo diario, y tan solo fue la aventura número uno en el universo de papel.

Fue fácil darse cuenta que esto no era un presente para mí sola, un universo abriéndose no es para vivirlo en la soledad, debe ser compartido, tengo la misión de llevarlo allí donde almas necesitadas de aire fresco puedan sumergirse a respirar de nuevo.

He visto algo increíble y ahora solo puedo escribir sobre ello y dejar que cada cual lo descubra. Sé que no verán lo que yo, pero estarán mirando el mismo mundo.


 

Y ahora suena una salsa muy picarona que me lleva a bailar y recordar que el sueño y la realidad no necesitan diferenciarse más que en su lógica, pero no en su apreciación, la literatura es un relato onírico narrado donde nadie se quedó dormido, un mundo que te invita cordialmente con una tormenta que te empuja a la nueva aventura, un carromato cargado de libros que se pasea por las calles de cualquier lugar deseando se compartido.

Publicado la semana 7. 12/02/2019
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https://youtu.be/p9bbYSuMQCU?t=2840 , Sueños inquietos e insomnios dispersos., Libros, Ser y no ser moderno, poesia, vórtices , en un día soleado, en un parque, en una casi soledad total
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