06
Omduart

Un universo compartiéndose V

El soñador


 

    Unos negros y carnosos labios exorbitantes besaban a un igual de colosal corazón de papel. Éste se estremecía y se congelaba persiguiendo sus arterias, dejaba de latir palabras y todo se oscurecía.

La boca se estiraba satisfecha, complacida, se abría en trescientos sesenta grados formando un agujero que se comía a sí mismo.

Un poderoso latido desquebrajaba el hielo y me lanzaba palabras de consuelo:

Estoy bien, estoy contigo.

 

Caminaba recordando ese sueño tan simbólico. Veía ese corazón como un refugio que ni el más poderoso demonio podía destruir, y pensaba sobre el porqué de ese beso tan helado. Y, además... ¿Quién era yo? o ¿dónde estaba?

Forzando mi memoria, recordé percibir un detalle que obvié al despertarme; en aquel beso se desprendió del corazón un libro negro que fue devorado por las fauces. Quizás sea el momento de cambiar de lecturas; menos Lovecraft y más recuperar la placidez del sueño.

Salí, esta vez en bicicleta. No llovía y me agradó la sensación de sequedad en el ambiente. Crucé varias calles, no había mucho tráfico y el aire no pesaba. La luz era grisácea y vestía de gabardina y humo de cigarro. La brisa fría parecía estar contando el tiempo como los enemigos de Momo, restaba calor, demostraba la necesidad de un ahorro, de una cobertura mejor.

Llevaba más de ocho cruces de calles y aún no había decidido mi destinación. Recordé a Morane, el comandante y aventurero Bob Morane y su facilidad por meterse en problemas cuando casi choca conmigo una persona encapuchada que corría en dirección contraria.

Escruté el cielo y encontré espacio libre de nubes, apagadas, casi azules vacíos prometiendo un día sin tormentas…

No tardé en darme cuenta de estar entero, sin golpes ni magulladuras. Entonces eché la vista alrededor. Gente mirando, el conductor misterioso sin salir y la evidencia de que apesar de ser mi culpa por no mirar por donde voy, fue el vehículo quién aceleró y se cruzó en mi camino. Me arrolló un coche pero que importa, pensé. Todo va bien… Seguí, más despacio y con los ojos abiertos.

Un hombre con chaleco reflectante está barriendo plumas grises y blancas, me obliga a mirarle, de sus mangas salen esas plumas que recoje; creo que lo conozco, es un hombre pájaro y ha volado en mi imaginario en más de una ocasión, libro en mano. Sigo avanzando peladeo a peladeo.

Dibujos en rojo decoran la puerta de un garaje, creo que es un estudio de grabación musical; puñales que salen de la piel de un ataúd, relojes de bolsillo, ¿rock gótico? Puedo leer pintado en spray de color negro con sombra roja el nombre: Deathklok. No llego a detenerme y ya veo en el final de la calle el mejor sitio de la ciudad, la plaza de la gran biblioteca.

Valeria está en su sitio favorito, sentada en un banco de madera delante de su universo de papel. Mientras me acerco no dejo de mirarla. Es tan bella... Sin embargo hoy parece triste o incluso asustada.

La plaza se esferifica y me atrapa dentro de ella. Creo que no llegué caminando y me extraño de estar haciéndolo ahora pero avanzo pasivamente, sin esfuerzo. La luz se centra como un foco apuntando el centro, las sombras que genera a su alrededor se alargan y encorban, siguen y persiguen la forma de la plaza redondeada hacia arriba.

Valeria tiene un libro entre las manos. Puedo sentir el suelo hundiéndose en cada pisada que doy, tampoco importa, ella está leyendo y no me ha visto, quiero sorprenderla. A corta distancia, me sitúo a sus espaldas, estiro mis brazos y le tapo los ojos con mis manos grandes y peludas. No veo nada, quedo a oscuras. Pequeños puntos cuadrados brillan fijos en el espacio, estén donde estén. Hombres con la cabeza rapada y los ojos rasgados aparecen desnudos desde cada punto brillante y cantan sin cesar, llevan antorchas prendidas cuyas llamas mantienen forma de caballo. Una parte de mi duda, duda, y duda sobre una duda incierta y compleja que no permite raciocinio.

Puedo oler el perfume natural de Valeria, sus libros viejos y nuevos; siento paz y los cánticos de aquellos monjes desnudos terminan al mismo tiempo que las luces que se apagan, la oscuridad es plena y solo oigo mi respiración.

Intento verme las manos y no puedo contar cuántos dedos tengo. Siento la presencia de una criatura que se acerca, levanto la vista y veo una inmensa y descomunal, del tamaño de un planeta, tortuga con cuatro elefantes a cuestas que sujetan un disco lleno de bruma en sus lomos.

 

一Si sigues sumergiéndote tan profundo en los libros algún día te ahogaras en ellos.

 

Oí la voz de Valeria y vi, al abrir los ojos, el libro: El color de la magia. El color, que será probablemente una tonalidad desconocida de rojo sangre como la que acaba de manchar la portada. Creo que mi nariz estaría mucho mejor si dejara de leer pero no mi corazón y mi mente.

 

一Estoy aquí, estoy bien, gracias por rescatarme. Que raro es que lo mismo que me mantiene cuerdo sea lo que me hace daño.

Publicado la semana 6. 04/02/2019
Etiquetas
The big dream de David Linch, lógica del sueño, No existe la vigilia , Sueños inquietos e insomnios dispersos. , De noche, En la cama, en un estado introspectivo
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
06
Ranking
0 211 6