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Omduart

Un universo compartiéndose IV

Una aventura más en el diario de la bibliotecaria

 

Hoy vino una mujer a mi librería. Me esperaba delante de ella cuando yo volví. No me paró por la calle, vino a mi casa, a mi refugio de libros, mi biblioteca ahora cerrada y privada. La invité a entrar e hice un poco de sitio en la antigua mesa donde antes tenía la caja registradora.

Preguntó por el segundo tomo de un libro que jamás se editó en imprenta. Explicó que hay veintitrés copias, todas creadas de forma artesanal; por lo visto, solo una de esas copias contiene un segundo tomo y esa mujer de gabardina gris desgastada como las películas del salvaje oeste había oído que yo tenía ese segundo tomo. Hizo ademán de contarme el porqué de una única copia del segundo tomo pero solo se atrevió a susurrar un nombre. Duusakh Mori. Se me erizaron los pelos.

Lo primero que le dije fue que yo no podía ser la propietaria de un libro de tal exclusividad sin recordarlo, y no lo recordaba. Continué preguntándole.

¿Como te llamas? ¡Dónde escuchaste decir que yo tenía el libro que buscas? ¿A qué dedicas tu tiempo? ¿Como se titula ese libro? ¿Por qué usas gafas de sol a las ocho de la noche?

La fríaldad de su tono me puso nerviosa; la sensación de no estar hablando con un humano crecían con cada respuesta ambigua que me daba. Me dije a mi misma que no fantaseara, que la vida puede ser más misteriosa que los libros es verdad, pero no hay fantasmas, no hay vampiros… Calma, calma. Aquella mujer de pelo blanco y sombrero negro sin adornos era pálida como la luna y no dejaba de mirarme a los ojos. Se abrió la gabardina, debajo de ésta llevaba un mono completamente de látex negro con una única cremallera en medio que se apresuró en bajar. Sacó uno libro no muy grueso ilustrado con un rostro de simio ancestral, barbudo, humanizado y oriental, fumando en pipa y con los ojos rasgados. Pude ver que no llevaba más ropa debajo del mono pero su piel blanca norteña estaba parcialmente cubierta por un gran tatuaje de serpiente que le subía del abdomen al pecho.

Bien, vamos a ver que me has traído aquí, le dije. La mujer estaba convencida que yo tenía el segundo tomo, que es un libro muy especial, no se compra ni se vende, tan solo se deja en el lugar apropiado, en el punto del universo donde debe estar por ahora. Continúo mostrándome el libro pero sin dejar que lo tocase yo misma. En ese momento sentí una mezcla de miedo y una enorme curiosidad…

Las primeras páginas contaban el mito que empujó a un grupo de antiguos monjes mongoles a escribir estos libros. Un monasterio perdido en las estepas que fue reconvertido a una religión reencontrada en el más profundo pasado del ser humano. El mito narraba como apareció una sangrienta deidad venida galopando montada en una poderosa y gigante bestia equina de otro mundo. Los monjes fueron los únicos a los que la diosa no reclamó sus vidas porque tenía una misión para ellos, escribir esos libros, registrar una serie de mitos y sortilegios que permitirían abrir puertas a otros mundos. Relatan como fueron aceptados como fieles seguidores de la deidad y el gran honor que eso significó para ellos. El libro contiene imágenes de ellos cortando el cuello de sus familiares en señal de sumisión incondicional.

Me horroricé. Jamás había visto nada igual, tan terrible, tan innarrable y sin embargo tenía ante mis ojos este libro que la mujer cerró de golpe. Sé que tienes el segundo tomo, lo percibo. Me dijo. Y sin decir nada más empezó la busca. Quedé congelada, temblando, los dientes me repicaban y no conseguía pronunciar palabra. Aquella mujer de envejecido rostro y voz jovial y fría estaba registrando mi casa y yo solo quería que encontrase el libro.

Terminó con las estanterías de historia y mitología, siguió con terrores y leyendas y pude ver, desde el suelo, donde caí de culo, una leve sonrisa de victoria. Se acercó a mí y me dio las gracias por ser la llave de su cárcel de carne. Me dio un beso en los labios y noté su aliento frío como el espacio exterior recorrer y congelar mis pulmones. Se fue y empecé a recuperar la compostura. Los temblores no me dejaron cerrar la puerta con llave a la primera y tuve que recogerla del suelo dos veces antes de conseguirlo. Respiré con profundidad y me dirigí a mi habitación donde quería refugiarme en las sábanas con urgencia. Al pasar por el mostrador vi el libro que me había enseñado… Lo cogí, abrí la puerta de nuevo y salí a la calle, la noche había llegado.

Vi a la mujer al otro lado de la carretera mirándome, parpadeó, parpadeé y el libro había desaparecido de mis manos junto con la imagen de la mujer. Mi corazón se detuvo un instante o eso sentí. Esa noche no conseguí dormir, recordé la mayoría de novelas de terror que había leído y creo que soñé despierta… Otra aventura más en mi diario de la bibliotecaria, Valeria.

Publicado la semana 5. 28/01/2019
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escuchando música de terror ambiental , el libro amarillo , De noche
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