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Omduart

Un universo compartiéndose XXIX

La realidad (es frágil)

 

Un cálido manto por encima de mi cabeza llena de pesadillas me ayuda a esperar la tercera alarma del condenado despertador. Alumbran relámpagos que asustan menos. Está noche corrí desesperadamente delante de un peligro invisible. ¿Cuánto gano arropado por mis semejantes? A veces preferiría ser yo mismo quién me alimenta, sin intermediarios.

Me visto con mi camisa gris pálido, pantalones tejanos de blanco oscuro y me cubro del frío con mi abrigo grueso del color del cemento. Estoy listo para fundirme en las calles limeñas como una sombra casi imperceptible. Nubes que nunca son negras y cielo que casi nunca se ve. Que solo me siento, ¿por qué hay tanta gente en esta violenta ciudad? Tomo un emoliente por un nuevo sol. Ese que cobarde (el sol) escondido detrás de un falso muro penetrable, como nuestras mentiras. Bebo y me caliento. Sí, ahora si puedo pelear un día más. Me convenzo. Otra día sin que el verde del semáforo signifique nada para los conductores. Ya llega la limusina del pueblo llano, parece que esta vez sí va a parar del todo, hay una anciana que se niega a subir en marcha.

Qué difícil sacarle un sonrisa al piloto de rally urbano que nos lleva a todos a trabajar. ¿Qué sería de nosotros si recordáramos que somos una tribu? ¿Si estamos tan agradecidos, por qué nos cobramos? No puedo evitar la divagación en mi mirada perdida entre los autos, bocinas y transeúntes intentando no perder la vida en cada cruce. Ayer murieron cuatro mientras caminaban por la acera. Una mujer esquivó a un motociclista que iba en contra y en su dirección, con el poco evitable arrollo de peatones… ¿tengo suerte de no ser la víctima, hoy? Ojalá recuperar el honrado trabajo de ser un niño. La radio cuenta que el nuevo presidente ha disuelto el congreso. Nadie deja de usar su celular ni por un segundo.

No, hoy tampoco me apetece un helado, por muy barato y bueno que ese sea, lo siento señor, nos vemos mañana, a la misma hora, en el mismo autobús. ¿De verdad le ocurrió eso? pienso sin atreverme a expresarlo delante de un hombre gordo que pide limosna después de contar el drama que es su vida.

Vuelvo a mi cómoda hipnosis arrojando mis ojos por la ventana. Hay una chica vendiendo globos con un enorme positivismo debajo de la nariz. Me lo contagia, una lágrima resbala por el lado oculto de mi mejilla. Hay que ver, no todo son tragedias.

Baja paradero.

Recuerdo que la deuda social no es realmente mía. Estaba cuando nací, me la exigían poco después y siguen insistiendo, más, más y más. Cojo mi ticket y lo tiro al aire, soplo y se eleva, más, más y más. Declaro en mi corazón un día libre con el perdón divino que a nadie obedece. Mis piernas que tanto amo me dan toda su prestación y en pocos minutos llego al parque Kennedy. ¿Son esos los versos de Vallejo los que oigo recitar? Una vendedora de picarones me dice que me da tres por solo cuatro estrellas. ¡Dulces tentaciones anteponiéndose a la poesía!

Son casi quince personas y cuatro gatas alejadas de los demás paseadores. El fenómeno poético que nadie entiende y permanece indestructible al paso del tiempo se encuentra practicado y engendrándose en este instante. Hombres y mujeres, personas arrugadas y maltrechas siguen demostrando el valor y el interés por seguir en eso que late, devora y muere. Qué llorera más tonta. Estoy salando mis picarones que me vendieron sin miel. Agazapado espero como un alacrán, pero no sé porqué, no hay presas, ni necesidades más allá de la deuda, la deuda social. ¡Alto! ¡me acojo al derecho de expresión!

«Con un ritmo a palmada flamenca empiezo mi canto»

El infierno es solo uno

y aquí seguimos, cantando.

¡Sol! ¡Sigo estando vivo!

Palmeo con la alegría del hambriento,

siempre perdido, en el oasis y en el desierto,

pero,

el fuego se apaga y el infierno es solo uno.

¿Y qué si necesito respirar?

¿Y qué si me sangra la frente?

Si no veo donde piso, clavo mis zarpas y trepo ese hoyo

y el otro y el siguiente y el siguiente.

 

Termino mi arrebato y el silencio que provoqué antes de empezar continua al callarme. Me amenazan recuerdos infantiles, pero me endurezco y termino mis palmadas finales…

«La fuga realista»

Un hombre dentro de un traje gris como el cielo, con un látigo negro y los ojos enrojecidos de dolor, está azotando gatos, vendedores ambulantes, enamorados que se besan en las banquetas y lectoras tumbadas en la hierba. Un cyborg fuera de sí está absorbiendo con su sexo, al fin científicamente perfecto, a los desprevenidos. Un bella de congelada y palidísima piel está transformando en fanáticos religiosos a cualquiera que no tenga nada para leer en las manos. Y esta la cómica, que señala un muro brillante… dice ser justa, una pizza con piña, una rosa, un bonito día de rebajas, un divertido payaso con corbata contando chistes sobre bombas en no sé qué torres, barbudos en cuevas, máquinas del tiempo, repeticiones, errores graciosos, olvidos etílicos para partirse de la risa. En ese mismo grupo hay un armario armado hasta en las perchas, en patines de línea y vestido de banderas manchadas de sangre y lágrimas. Él solo conoce una solución a los problemas y no quiere castigar como sí quiere el hombre del látigo, ni absorber como el sexo perfecto, ni entretener para continuar un día más sin incidentes. El valeroso militar vive para luchar, para morir y defender sus ideales o los ideales de sus abuelos, o sus generales o sus banderas.

 

Una canción no, un álbum completo invade mi mente. La gente y todo el peligro imaginable ha desaparecido, una vez más, hay una mujer que no se fue, la mujer que yo amo, empujando algo hermoso, el orgullo de una raza tan acostumbrada a la destrucción. Un carro lleno de fugas y realidades. Un universo ofreciéndose como adoquines aún sin destruir, que marcan un camino igual de incierto que los demás pero con la belleza y la gracia intuitiva que tienen las letras sonando en el suceso poético.

 

Publicado la semana 46. 14/11/2019
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