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Omduart

Un universo compartiéndose XXVII parte 2

Lo de adentro parte 2 (final)

El hombre paró y me miró con fijación. Colocó su arma castigadora en el fuego y de él salió un espeso humo gris rosado (pero el flagelante no se consumía) que ocupó toda la cueva.

—Presenciarás tu mismo la verdadera fe, la única. Venimos a sufrir por Duusahk Mori y nadie escapa.

 

El surgimiento del látigo negro

 

«Se consumió. El fuego devoró mi aldea, mi familia, todo mi mundo. No queda nada más que mis ampollas y ensombrecidos recuerdos. Debí morir con ellos. Debí morir. Soy una alimaña, una hiena, un asqueroso coyote.»

—«Eso había en la mente de un antepasado Pieldeoso mientras se comía los restos de lo que fue su hermana menor. «En un oasis rico en fruta, bayas y agua dulce de un generoso río vivían dos clanes de pálidos. No les faltaba de nada. Tanto era así que no cazaban, no peleaban ni tampoco discutían. Dejaban correr la vida teniendo relaciones entre ellos y ellas. La primera desavenencia que rompió la paz fue fatal. Las hembras le cortaron el sexo al hombre que tocó a la hija más joven del clan contrario. Se arrepintieron de ese brutal acto cuando fueron lapidadas. Aquello condujo en una última y salvaje batalla sin supervivientes». Hay más, aunque creo que empiezas a entenderlo (dijo carraspeando su rota voz de anciano). «El horror de nacer con algo podrido en el cerebro no tiene límite. Todo es dolor hasta que por fin encuentras un lugar donde enterrarlo. Pero no es una cura, solo una transfusión de sangre negruzca. La siguiente historia cuenta como un hombre joven abrió en canal a su progenitora porque creía que así podría acurrucarse de nuevo en el interior de ese cálido refugio que fue su vientre. Su padre enloqueció. Se reía lanzando sus heces a la cara de su hijo, quien lo examinaba con sus ojos vacíos. Aquel chico empujó a su último familiar de un precipicio y observó la larga caída. Ahí descubrió algo novedoso e impresionable. Los huesos crujen y producen un sonido parecido al de pájaros cuando fabrican sus nidos. creyó haber aprendido algo importante; una relación que quizá le daría significado, existencia. Robaba huevos para alimentarse, rompía cuellos de codorniz y si nacían los polluelos no le hacía ascos. Adentro. Matando el pío-pío desde el primer tiempo». ¿Te preguntas porqué sé tanto de este joven? Presta atención, no cuestiones, escucha. Mori exige toda tu colaboración si es que quieres que tu vida tenga algún valor. «Aquel bien alimentado joven creció y con él la podredumbre que yacía en su cerebro. Cada vez olía mejor. Tengo manos que estrangulan, uñas afiladas que desgarran mi piel facial, decía y hacía, pero estoy solo, solo, solo, solo, repetía y sentía. Un aventurado día una serpiente se enrolló en su pierna y él decidió no matarla. El reptil encontró en esa pierna un vehículo caliente que la sacaría de aquel pantano sin vida donde malvivía. El chico sintió en esas frías escamas la compañía ansiada.».

 

El guardia del refugio estaba horrorizado y completamente sucumbido a la narrativa terrorífica de aquel hombre demacrado. No podía pensar y sus manos se agarrotaron manteniendo la lanza en alto, preparado para acabar con quien podía tratarse de un demonio de carne y hueso que tanto temía. Alguna fuerza más allá de la lógica de la supervivencia le impedía poner punto y final a aquel relato macabro y seguía escuchando.

 

—«Compartieron la vereda, buscando vida que pudiesen devorar. Se fue y regresó el sol decenas de veces sin suerte; abandonados por los dioses. El hambre, siempre fuerte, creció tanto que poseyó la frágil conciencia del reptador. Me atacó. Atacó aquel joven desheredado e inyectó algo en sus venas. Fue una batalla rápida. La serpiente perdió y recibió cientos de golpes con una pesada roca. Quedó una pasta rojiza y negra homogénea de tripas y piel en el suelo. El chico observó que solo había una parte de lo que fue su compañera que no estaba aplastada. Su colmillo. Lo depositó encima de su arma homicida y se comió la papilla del pérfido. Tomó el suelo de asiento y se obsesionó con ese diente. Lo vigilaba con fijación. La noche llegó y él seguía en el mismo lugar, esperando. De un pestañeo cogió el incisivo y se lo tragó. Se dejó caer de espaldas y permitió a su mente divagar en las nubes. Como delante de un espejo, el joven se observa. Su amiga bífida está enrollada a su pierna pero ahora es completamente azabache. Conversa: Al fin compartimos cuerpo. Somos uno. Tu carne es fuerte, oscura, sufrida.» (El viejo decrépito marca un silencio y mira a los ojos al cavernícola) Estás conectado y tus oídos dejan de ser sordos. Oyes la verdadera melodía. Duusakh Mori reclama tu sangre. ¡Despierta! ¡Sufre!¡Despelleja!

 

El joven guardia se abalanza atravesando la hoguera y clava su lanza del abdomen al corazón del narrador.

 

—Odia. Rabia. Devórate (dijo alguien).

 

El sol regresa y cuando ya está cayendo entra un feliz grupo abastecido de buena caza. En apenas un vistazo sus cuerpos tocan el suelo. Sus espaldas quedan en carne viva. La pintura de origen animal impregna toda la cueva que ya no es un refugio sino una guarida del dolor y flagelamiento. El joven discípulo está conectado y puede oír. También ver. Recibe una orden muy clara: hermandad, templo, expansión.

Publicado la semana 44. 31/10/2019
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pinturas de atapuerca, la historia del sacrificio, deidades preincáicas, el dolor, la autoflagelacion histórica, el terror
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