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Omduart

Universo compartiéndose XXV

Lo del fondo, parte uno


«En un banco de piedra blanca desgastada por el sol, descansan los huesos de una peruana por nacimiento y extranjera por actitud. Respira pausada, mueve sus ojos veloces y pasa otra página. Los gatos la miran desde la distancia, acercarse sería perder el tiempo. Estamos pasando una profunda crisis política, la delincuencia no deja de crecer, los vecinos venezolanos invaden perseguidos por la pobreza nuestro país que empezaba a levantar cabeza; y yo, solo quiero saber cómo continua esta historia, leer un capítulo más, seguir conociendo este misterioso personaje que tanto me fascina…»

Eliane viaja en autobús desde que tiene uso de razón. Nunca tuvo dinero para ningún otro medio. Sus padres jamás se compraron un coche, lo consideraban caro de mantener y sobre todo un pago demasiado alto en miedo y estrés. «¿Y dónde lo aparcamos? ¿y si nos lo roban? ¿y si sufrimos un accidente?» Eliane le gustaba el bus. Hizo amistad con varios conductores y voceros. Entre todos los del gremio le habrán perdonado más de cien soles en sencillos. Un evento que le fascinaba eran el gran abanico de personajes que subían a “vender” sus productos. Hay toda una escala de variedades partiendo de inocentes dulces a grandes calamidades que requerían ser sufragadas con las billeteras de los pasajeros. Una de las mejores historias que oí se conserva en la mente palabra por palabra:
«Buenos días y bendiciones a todos los queridos señores pasajeros. Mi nombre es Sancho Benavide, soy de Equador, queridos señores pasajeros, y les quiero contar la verdad sobre mi triste historia, señores. La verdad es que he estudiado en la universidad para salir de pobre y ser alguien en la vida, queridos señores. Gracias. Yo me esforcé al máximo para ser responsable y colaborar con mis semejantes para vivir en paz y armonía en mi bello país que ahora está en ruinas, pasajeros queridos, gracias. Mis hijos también quieren estudiar y yo como su padre me parte el corazón decirles que apenas tengo plata para poner un plato en la mesa. Si son tan amables de escucharme, me gustaría recitarles un poema y después pasaré a recoger lo que sus corazones latan que merezco, queridos señores pasajeros:

Quisiera ser como esos pajaritos negros del parque. Comer aca y volver pa “cha” 
Alimentar a mis hijos regurgitando desde mis entrañas todo lo que tengo. 
Ser libre de impuestos.
¡Mi corazón palpita miedo!
Y eso sí que no quiero
dárselo a mis nietos.
¡Qué Dios bendiga nuestras almas peleonas!
Y nos recuerde amar al prójimo
porque eso es vivir, compartir.

Muchas gracias queridos señores pasajeros, Dios les bendiga su generosidad y amabilidad, gracias, gracias, gracias».
Aquel sincero discurso sin ensayar y el redondo y sentido poema me hizo pensar en lo poco que separa aquel padre de mi. Con todo mi pesar no le di nada. En una semana podría gastar mis pobres ahorros si le diera un sol a cada persona que lo pide; un mundo duro, salvaje y exigente nos a tocado habitar. Mi pesado corazón me hacía caminar arrastrando los pies hacia ninguna parte, como un rondador sin objetivos ni destinos. Andar alivia dicen. Yo no noto que adelgace mi dolor. Hay un puente aquí cerca ¿será este el momento que sea yo el que se “caiga”? No soy un héroe porque es una figura mitológica que solo sirve para inspirar. Lleva a la muerte, a un sacrificio voluntario por algo tan efímero como es el bienestar de otros… y…
—Ho-hola. Tú eres Eliane, ¿verdad? Creo que necesitas una mano. Ven, sígueme.
Sin responderle verbalmente le acepté la mano y ella me raptó. ¿Qué tenía por perder? Cruzamos el puente del aguardiente, el de los olivos y el de San Valentín. Alcanzamos una arboleda con un hermoso lago central.
—Es aquí donde quería llevarte, llegamos ¿te gusta?
Un montón de árboles de otros entornos convivían en este jardín artificial rodeado de asfalto. ¿Cómo algo falso podía ser tan armonioso y bello? Una densa hierba extranjera crecía como si de su patria se tratase cubriendo el suelo de un verde musgo confortable. El sol salió tan brillante que no parecía Lima en otoño.
—¿Qué clase de irrealidad improbable es esta? te preguntarás. Una literaria, amigo. Ahora fija tu mirada al lago, deja que tu sangre fluya cabal, que te empuje a la salida; ya llegamos.
—Lo que no logro comprender es esta sensación de viaje eterno sin fin… pero… qué otra opción tengo; sigamos.
«¡Oh! ¿es ese el calor de su mano? Eliane es el lugar donde el sueño despierta, aterriza. Aquí redacto y comprendo un pasado que me transporta, una lectura que es ahora mi presente; una joven promesa confusa y asustada.
Firmado, Valeria xx».

Publicado la semana 41. 09/10/2019
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Una peruana que lleva una biblioteca en un carro por miraflores, Roberto Bolaño, Lima y Miraflores, El caos, El concepto de héroe
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