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Omduart

Un universo compartiéndose XIX parte dos

Rocher Servana, parte dos

Obelensia Plana en la pista de Servana

No logro dormir. Mi mente recrea fotografías de Servana, y soy incapaz de pensar en nada más. Hace dos semanas, tres días y catorce horas que le perdí la pista. He comprado cámaras nuevas que dejo grabando las veinticuatro horas del día. Una adelante de su casa, escondida en un nido. Otra en el parque donde lo he visto en varias ocasiones y una tercera dónde tiene su van aparcada… Nada se mueve, incluso el viento parece haberse esfumado a otra dimensión. ¡Qué está ocurriendo! Me subplanta la ansiedad; mi alimentación actual esta basada en beber café y comer bollería, y el tiempo transcurre entre paseos disparando fotos por todos lados y la comprobación siguiente de que no he capturado ni una imagen de Rocher Servana. Rocher Servana, maldito misterio en gabardina andante… ¿Dónde te escondes? ¿Qué vas hacer? Hace dos días me quedé dormida a las cuatro de la madrugada durante casi una hora en mi coche con la cámara en mano. Un repiqueo en mi ventanilla me despertó pero no vi nada ni nadie que lo produjese… Salí para despejarme, caminé por los estrechos callejones del barrio bajo, donde Servana solía dejarse ver y encontré un cadáver en la calle, apoyado en un contenedor de basura. Vestía ropas indias pero su tez robusta y marcada recordaba a la fisonomía turca. Llevaba una botella de ron casi vacía de baja calidad en una mano y un libro titulado JUNKIE, y todo aparenta tener un sentido lógico. Pero la vida se compone de mucho más que mera lógica. Todo aquello que la carne y el hueso contiene. Llegó aquí, en algún momento salió del vientre de su madre y el verbo lo condujo por el universo hasta alcanzar este callejón, aquí, en este rincón se sentó y bebió y leyó y cruzó su punto y final.
El misterio de la muerte no me intriga tanto como la bruma que envuelve un cadáver, todo aquel conocimiento adquirido y ahora transmitido a otro lugar y forma (todo se transforma). ¿Cuántos suelos habrán pisado estos pies negros? Descalzo la vida es un poco más dura y sensitiva. Estás manos grandes y suaves no encajan con la apariencia de vagabundo, ¡pero es que es un humano! Quizá un oficinista que quería dejar de vivir para trabajar. Una poeta que aceptó el rugido de su tripa y solo lo aplacaba con alcohol y lectura. Una persona rica, empoderada, aburrida, tanto como para empezar a leer a Bukowski y Burroughs hasta el obsesivo punto de querer interpretar sus personajes y torcer todas sus trayectorias tradicionalmente impuestas por apellido. O puede que sí fuera un humano sin techo, que prefería andar y tener el mundo como hogar; llevando guantes de calidad; guantes que vendió para comprarse su última botella de ron con el que terminar su novela. Espera, este libro no es la versión original de Junkie, tiene un subtítulo que no existe. Leo:

“La adicción a matarse,
Esa extraña habilidad que tan pocos seres tienen y solo los humanos son plenamente conscientes y voluntariosos de llevarlo a cabo, el suicidio a largo plazo, la reducción de la vida por el malestar o el simple hecho de no saber cómo disfrutar de estar vivo. Todo eso es lo que yo me inyectaba en la vena, esa vena creativa que me empujaba latido adentro. Sí, heroína en mi corazón, el terror existencial desvaneciéndose en una nube de complaciencia plena; el dolor que desaparece por completo y el resto de preocupaciones con él. ¿Cómo elegir caminos si todos te llevan al mismo sitio? A tu tumba, a la frialdad de morir después de luchar tanto y tanto… Trabajar, crecer y dejarse la piel a cada rato, sufrir y compartir el dolor, generarlo y aveces hasta vencerlo, por un tiempo al menos… Sé que hay otros mundos, lo he leído, se nos debe un universo a la medida de nuestro inmensa fantasía interna. Pero por ahora no comprendo a la gente, a nadie realmente. Los que considero unos tarados son aquellos que quieren tener hijos, sabiendo a que clase de existencia los traen… Solo al nacer ya llorarán desconsolados por perder todo aquello que es bueno, el calor del útero, el alimento asegurado, flotar en líquido amniótico que es el papel donde plasmar la fantasía. Eso es la heroína de quién aún no ha nacido y ahí quiero estar hasta que me vaya. Las opciones son falsas, solo hay dos, luchar hasta la muerte o no hacerlo hasta la muerte. Yo me niego a pelear, por qué debería. Antes de la amapola diluida ya me inyectaba en el cerebro algo muy intenso, palabras sin diluir, que hacían brotar pensamientos, gusantes ¡Están vivos! Y su poder es magno, mayor que nuestro desprestigiado inconsciente que siempre intenta protegernos. Todo termina hoy, en un final cerrado para mí, dejando el testigo abierto para los demás que seguirán escribiendo ese final abierto que es nuestra historia. Ya empiezo a notar los efectos. Mezclé cuatro dosis de heroína en el ron, este es mi último billete solo de ida. Estoy harto, Willie Vana tenía razón, el lenguaje es un virus y yo ya no distingo si creo mis pensamientos o ellos nacen y me llevan y deciden. No puedo más, no quiero más, se acabó, y como buen Junkie aquí me bajo, al lado de estos contenedores, viendo el último amanecer. Me despido con una declaración: El señor Vana ya no me parece un demonio y ahora sé que se trata de un extraterrestre protector y guía; me llevó de la mano al encuentro con el umbral de lo improbable que es tan real como el resto de formas. Que bella luz me recoge, que hermosas flores”

Willie Vana… continuaré.

Publicado la semana 28. 12/07/2019
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https://www.youtube.com/watch?v=OTCp-kK9xJ0 , La felguera editores, la muerte en la calle
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