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Omduart

Un universo compartiéndose

“Una buena veta de libros que sacar de la mina”, afirmaba un pequeño cartel escrito con hermosa caligrafía en una pizarra con rotulador indeleble.

Esa tarde ya terminaba y tenía que irme, pero la imagen del carro lleno de libros y la mujer de mediana edad que lo empujaba me quedó impresa en el cerebro.

 

Por un mundo mejor lucho, dijo, mientras empujaba un libro por el aire que se movía como el agua. El libro me dio en la nariz y sangré un poco, mezclándose el fluido rojo con el transparente que nos rodea. Cógelo, devuélvemelo cuando lo hayas leído, sigamos, que la rueda conserve su energía y nosotras la buena letra, afirmaba ella, con una apaciguadora sonrisa casi de santa. Y desperté sin llegar a leer qué título tenía el libro que flotó hacía mí rostro.

Fue un sueño bien extraño que acabó de confirmar lo mucho que me había impactado esa mujer. Debo encontrarla de nuevo. Salí veloz de la cama y me puse a caminar hacia Miraflores.

Crucé una carretera de sentido único sin mirar y casi me atropella un auto. Quise disculparme, pero era mi vida la que había estado en riesgo, no su auto, y al final me decidí por seguir mi camino sin mediar. Llegué a la plaza bastante sudado y ahí estaba de nuevo.

“Libro enjaulado, historia perdida”, poetizaba el eslogan de la biblioteca sobre ruedas.

Hoy tenía más tiempo y quise observar atentamente antes de acercarme. Una mujer hermosa, vestida con un mono granate en un perfecto equilibrio de lo elegante pero informal. Un carro de supermercado muy dignamente reformado usando maderas para amplificar y crear estanterías en él. A esta distancia no podía distinguir las secciones que propone, pero aparenta tenerlas. Me acerqué un poco más. Ella estaba leyendo, sentada encima del carro. La gente no le prestaba mucha atención, no es tierra de lectores, pero sabemos que estamos por todas partes y siempre hambrientos. Levantó su libro apasionada y pude leer el título: En busca del tiempo perdido. No necesité más para saber el nombre del autor, sin duda se trata de Marcel Proust. Eso me animó a acercarme, y lo hice mucho más decidido de lo que suelo ser. A menos de tres metros, pude leer pequeños carteles hechos como puntos de libro que categorizaban: poesía, humanidad, corazón, intelecto, sueño metafísico, tangible, entretenimiento… Puede que se trate de la clasificación más extraña que yo haya visto nunca. Di unos pasos más y reuní coraje para sincerarme.

 

–Ho-la.

 

—Hola, muchacho, ¿te gustan los libros?

 

—Esta noche soñé contigo —dije, mientras moría de torpeza mental por dentro.

 

—Sí, claro, ve despertando de una vez —me dijo tirándome un libro en la cara.

 

—Oh, mierda, como duele.

 

—La letra con sangre entra, proverbio del buen lector.

 

—Estás un poco loca tú, eh.

Le dije, leyendo en la portada del libro que me dio en la nariz: Intrusión, por Román Sanz. No conozco el autor pero su título resuena en mi cráneo como lo hace la voz en un digerido. Misterioso, cuando menos.

 

—Me llamo Vale, ¿sí? Acuérdate, no quiero que me llames chica o linda o loca o cualquier otro comodín. Soy la mujer de los libros ambulantes de Miraflores, y sabrás que no ofrezco papel mojado, mis palabras son verdades o mejor aun, hechos en presentes estáticos.

 

—En mi sueño había una ventana detrás de ti, la luz del exterior velaba la vista y no había forma de saber qué había tras de ella.

Le dije, simulando una película de David Linch, después de escucharla atentamente.

 

—Te sigo; continua.

 

Una gota de sangre me resbaló por la nariz llegando a mis labios, y sentí el rugoso sabor metálico que recuerdo saborear la noche anterior tras el libro.

 

—Creo que debería coger un libro y descubrir unos metros más allá del río, seguir caminando.

 

—Yo seguiré aquí, para mí y para los demás también. Todos los ríos te llevaran al inmenso océano de la consciencia si de verdad quieres emprender el viaje. Elige y recuerda volver.

 

Tantos libros buenos, mis fosas sangrantes, aquella extraña bruja de sabias y firmes palabras… Estoy soñando despierto, y voy a aprovechar la ocasión. Busco y rebusco con la mirada en el carro.

Estrella distante, leo en voz alta, un aviador poeta y asesino, Firmín, no me gustan mucho las ratas, aunque esta es de biblioteca; sigo leyendo para que me escuchen las demás representaciones oníricas. Atrapa el pez dorado… Este suena muy instructivo. El aleph, creo que no estoy preparado para verlo todo. El almuerzo desnudo, los vagabundos del dharma, Momo. Qué más, que más hay en este universo en constante movimiento.

 

—Eh, amigo, tenemos que seguir caminando, vamos, vamos.

Publicado la semana 2. 08/01/2019
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https://www.youtube.com/watch?v=2GCBfN27kQI, Franco Piersanti Tenderness , Una peruana que lleva una biblioteca en un carro por miraflores , con ambición de lector, en un lugar silencioso
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