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Omduart

Un universo compartiéndose XIV

Nonsolidaritas parte 1

 

—La Pazertera, el pueblo donde vivía Janis Blujas con su abuela Billie Blujas, aunque la vecindad la llamaban Lady day, habían inaugurado una aún austera sucursal de comercio. En ella informaban a los lugareños de las formas de mejorar su situación económica. Pocas semanas después, algunas personas cambiaron bruscamente su actitud ante la comunidad. Un poco conocido y joven médico empezó ha atender pacientes que trataban con agresividad a sus familiares y amigos, cosa que jamás había ocurrido hasta la fecha. Al examinar varios casos, llegó a la conclusión que necesitaban un fármaco para combatir esa enfermedad nueva que aparentaba ser potencialmente virulenta. Las razones de su aparición, según el doctor, eran el motivo por lo que la bautizó con el nombre de “síndrome del desocupado”; afirmó que ese mal podía aparecer cuando uno descubría que en realidad no ocupaba su tiempo correctamente. Recetó un procedimiento de cura basado en practicar ejercicio, no dormir por las tardes y lo más importante, crearse un plan de negocio que le ocupara todo ese tiempo libre que envenenaba la mente hasta volverla agresiva. Por último, acompañar el procedimiento con una medicina nueva que vendían en el pueblo vecino; y es que en Negotrio, tenían desde hace menos de un mes, un nuevo centro farmacéutico, y en Pazertera aún no habían actualizado el viejo herbolario, la Pámies curativa.

 

—¿Pero qué cuento es ese? No lo había escuchado nunca. ¿Cómo se titula?

—Eh, la verdad, es que, no lo sé, y…

—Janis quiere ayudar a su abuela, se titula así, Valeria. Sigamos.

—Está bien, sigo narrando, pero hay algo que…

—¡Continua!

—Janis, que era una jovial mujer, fuerte y solidaria, quería ayudar a su abuela, y cuando ella le contó el veredicto del joven poco conocido doctor en medicina, no tuvo dudas, preparó su mochila y salió en dirección Negotrio. Su abuela, muy feliz de tener una nieta tan bondadosa, le regaló su cuchillo que ella misma fabricó cuando era adolescente y quería protegerse de todos aquellos peligros que acechan el mundo; era una hermosa navaja de empuñadura de madera de roble pulida, con una inscripción: “proteger no es una arma”, y una hoja afiladísima de acero inoxidable de seis centímetros. Janis, hasta ese momento, veía a su abuelita como una indefensa y adorable mujer mayor de las que cuentan cuentos y cosen jerseys de lana con el símbolo de la paz en varios colores; que también lo hacía, pero no se trataba de ninguna manera de una mujer que se deje impresionar o manipular por nadie. Así de preparada salió Janis, llevando con ella su armónica para amenizarse el viaje en soledad. Le habría gustado ir con el autobús semanal pero no podía gastarse ni un céntimo si quería tener suficiente para el medicamento. Tenía, entonces, un largo camino de varias horas cruzando el bosque “La sombra reflexiva” como lo llamaban las gentes ancianas de Pazertera, para la juventud era tan solo el bosque, donde ibas a por intimidad con pareja o amistades cada cuál según el caso. Después de cruzar varias calles, Janis ya estaba apunto de alcanzar el límite de la población cuando se interpuso Pámies, la herbolista. Ella sabía dónde iba y porqué y la retuvo con la mano para hablarle de sus miedos. Ay, Janis, le dijo, Ay Janis, hija de la buena tierra, antes de que partas necesito decirte todo lo que he descubierto. La enfermedad que padece Billie no es tal, sabes bien que no hace tanto tiempo rebosaba de salud, cultivando su jardín, componiendo hermosas canciones de jazz con las que deleitaba al pueblo entero… ¿Quién se atrevería a decir que eso no es ocupar bien el tiempo? No, ella sabe lo que quiere y lo que le conviene… Se trata de otra cosa, un daño invasor que llevó un apestoso viento… No sé de qué se trata, pero estoy segura que no se cura con fármacos. ¿A no? Le preguntó Janis, pero entonces qué puedo hacer? Él joven médico y poco conocido dice que sí, ¿crees que no debo confiar en él? Al menos me propuso una solución, yo no tengo otras, ¿y tú? Insistió la jovial. No, negó cabizbaja, aún no, pero la naturaleza proveerá. Haz lo que debas, muchacha, pero ya que vas a ir de todos modos, solo te pido que te fijes bien en el camino, La sombra reflexiva siempre da lo que necesitas. Yo misma iré pronto en busca de respuestas para ayudar al pueblo y que ese medicucho no me arruine a mi y Pazertera entera.

Con el pie en el camino, La valiente Janis sacaba su armónica y la hacía sonar bien alto, para ahuyentar malas bestias y el aburrimiento. Un impulso pretérito le invadió el corazón, que se puso a cantar como antaño habría hecho, como una juglar, cascabeles y laúdes, flautas de madera y la voz y los poemas. Los árboles la rodeaban y el camino se estrechaba, Janis seguía tranquila, alegre, imperturbable, cuando una criatura le habló entre troncos y hierbas. ¿Quién me habla a escondidas? Pedía explicaciones la juglar moderna, yo, yo, no tengo nombre, si eso es lo que preguntas, sí tengo un propósito por el cuál te hablo…

 

—¡Alto! ¿Es un lobo feroz y malvado? ¿Ahora viene cuando saca el cuchillo?

Publicado la semana 18. 30/04/2019
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