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Omduart

Un universo compartiéndose XII Valeria

Un viaje por magnetismo consciente parte uno

 

Era uno de mis favoritos, la comparación más bella, ¿a cuántos se les podía haber ocurrido? No pude pensar nunca en el autor de este como un artista ladrón, por eso, quizás, sus creaciones transcurrían en el interior de otras con pizcas de su propia vida en polvo y sangre. Demasiada humildad y envidiable capacidad exploradora. Me pregunté si le gustarían los conciertos de virtuosismo instrumental. Seguro que sí. Hacedor de mundos después de haber explorado tantos; un universo a su medida, compartiéndose. Ensoñé mucho aquella noche, en el tejado recostada, igual que hacia snoopy. La luz de toda la manzana se había ido y yo fui la única que le pareció una oportunidad iluminándose. No dejé escapar esa luciérnaga, allí tumbada, asumiendo riesgos al confiar en tejas viejas. Que bonitas estrellas, la proto-pantalla de nuestros ancestros, tan soñadores que nos llevaron a este presente incierto y eléctrico. Algunas luces parpadeaban y yo quería creer que enviaban mensajes y que no eran aviones. Retomé los pensamientos y supe desde el recuerdo adeénico, que él vio en el firmamento lo mismo que yo, cuando escribió en su mente el relato metafórico más preciso que yo podría concebir en mi basto imaginario. Aquí, en lo que podría ser una estantería etiquetada como “Valeria”, es donde empieza esta historia, un viaje por magnetismo consciente…

 

Cerré los ojos pero seguía observando, contemplando, meditando. Quizás el cielo entró en mi o pudo ser al revés. Me absorbió una nube que se desvaneció del todo y la arena verde de alrededor me entraba por la ropa. Me gustó aquel cielo que aleteaba, dejaba caer plumas finas color cenizo y el aire olía como si no hubiera atmósfera y llegaran de todos los rincones aromas desconocidas. Me puse en pie, y ella también lo hizo: una inmensa torre azuleja de cinco costados, parecía que faltaba algo en ella. Me ajusté las gafas redondas como el amor que ahora llevaba encima de mi nariz. Sentía su peso, era consciente de él. Cogí aire y mi piel respiró conmigo, había una majestuosa orquesta tocando cerca, me llegaba el sonido de la cuerda vibrando, una melodía de las que provocan lágrima. La torre me reclamó en forma de imprescindible curiosidad y apoyé un pie adelante. Ese suelo arenoso era de hierbas, césped en grano que se aparta para dejar sitio a mi zarpa. Avancé el otro y ya estaba delante. Una puerta gigante con una cerradura dorada, rectangular y de proporción divina, decorada con una gran espiral en relieve. Un letrero encima cuyas palabras aparecieron en otras épocas de mi vida y que sin embargo no sabría traducir ahora. Sentí terror al pensar lo que la torre exigía para entrar. La orquesta añadió la percusión, y con ella mis latidos envalentonados como caballos de carreras. A pesar de todos mis esfuerzos, aquello quería existir a su manera. Deposité mis manos una encima de la otra y esta última en mi pecho y mi entorno temblaba a impulsos. La torre misma parecía querer caer, o despegar. Saqué de mi interior el volumen pertinente y la cerradura se agitó. Penetré la cerradura con el libro y dejé que se abriera. La puerta cedió y una ola de un líquido translúcido y temperatura templada me arrastró en las fauces de la torre. Miles de hojas pasaron por mi mente, reconocí incluso algunos viejos compañeros que me ayudaron a llegar al país de los sueños y tantos otros que me acompañaron en eternos viajes repletos de peligros hasta que era la hora de comer. Algunos más que fueron guías, alumbrando rincones oscuros de mis adentros, trazando un mapa, descubriéndome a mí misma como un universo, observándome a través de esa vida que me habita y, por lo tanto, que se comunica. Mi sangre se cuenta historias, y me recordó la jugarreta de los señores grises y yo los convencí que su tabaco no existe…

Libros que aleteaban me mostraron algunos fragmentos de sí mismos, relucientes. Vi unas ruedas hexagonales subiendo escaleras cargadas de novelas en su interior, todo universo tiene movimiento por dentro y por fuera; ¿es entonces el papel de cebolla el más realista posible e imaginable? El río me arrastró por varios pisos y entre libros también vi a un hombre, parecía el gestor, me saludó y algunos de sus pelos plateados volaron hasta mí, tomé varios, puntos de libro para no perderse. Aquel maestro tenía los ojos cerrados pero sé que me veía, aunque fuera solo en un deslumbrante amarillo. En una esquina me deslicé por un tubo al piso inferior, y allí me encontré con él, el soñador. En esta ocasión quizá ambos necesitábamos un libro en las narices que nos devolviera a la realidad… Pe-ro ¿dónde podríamos encontrarnos sino? La torre azuleja era tan real como toda buena historia y merecía ser relatada y visitada.

—Valeria, ven conmigo, esta corriente nos llevará a los pisos superiores, allí hay indicios de en libro que contiene el POR QUÉ. Vayamos juntos.

Publicado la semana 15. 10/04/2019
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https://soundcloud.com/joelle-jabbour/sets/the-lord-of-the-rings , las bibliotecas, el interior humano, el universo desde fuera, las estrellas
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