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Omduart

Un universo compartiéndose X

El estómago de la literatura

 

 

—Leeré en voz alta para ti:

 

“He decidido mi muerte, y así lo expreso, sin penas.

Sé el lugar, sé el modo y el momento es ahora. Comprendí como quería terminar mis días al reflexionar sobre un documental magnífico que hablaba del lago rojo, bautizado así por el vistoso habitante carmesí. Desde allí surge el torrente que lleva el mismo nombre, el hogar de salmones más grande del mundo. El caso es, como muchos saben, el salmón nace en la parte alta de un río, crece bajando por él y desemboca a la mar donde vive el resto de su adultez. Cuando le llega la hora de reproducirse escala hacia sus orígenes para desovar de nuevo y reiniciar así su ciclo vital. En el camino se convierten en alimento de varias especies, incluso pueden morir de inanición, de golpes contra piedras o embarrando entre rocas convirtiéndose en abono de algas. El esfuerzo de la dura ruta y el del parto los mata pasadas unas horas después de cumplir su acometido. La mayor colonia de garzas de agua dulce se formó en el estanque por la misma razón. Tantos cadáveres las atrajeron y se convirtió en el nido perfecto por la fácil alimentación de las crías. ¿No es interesantísimo? El lago y su río rojo salmón, vivo y muerto, transmitiendo un invencible canto.

Mi nombre no importa, podéis llamarme Piggy, si queréis. Es posible que sea el mayor aficionado a los gao bao del planeta. Devoro diariamente un mínimo de doce. Para los que no sepáis de lo que hablo, el gao bao es un sándwich chino hecho al vapor. Consiste en una pieza de carne de cerdo con cebolla, chili, pepinillo, cacahuetes y salsa goma dentro de un panecillo blanco y esponjoso. Nada en este mundo puede ser más delicioso que eso. ¿Podríais imaginar en qué ocupo mi tiempo? Sí, soy cocinero y traficante de comida callejera. Llevo años vendiendo en mi carrito todo tipo de tentempiés, aunque siempre recomiendo el gao bao. Mientras escribo esta carta, sigo dudando de su importancia o de lo que me impulsa a escribirla. No sabría a quién dirigirme.

Mi abuela murió, la única persona a que de verdad amaba y mi compañera de piso. Cerré la barraca cuando asistí a su entierro, mi primer día libre desde que soy vendedor ambulante. Comí un gao bao doble para sobre llevar la pena, y poco después me comí otro. No tengo a nadie más que le importe si desaparezco a parte de mis clientes habituales, que encontrarán a otro que les sirva comida. Xin Ho hace unos noodles con pollo deliciosos. Hay algo que me crece en la profundidad de mis intestinos, son los jugos ácidos internos los que me impulsan a escribir. Quizás por eso no necesite absurdos motivos conscientes para mis actos. Mi aliento huele a cerdo y no es que no cuide mi higiene bucal, lo prometo a quién pueda leer esta carta.

Carta que escribo a modo de despedida, supongo, pero me repito y afirmo lo poco que importa, mientras voy de camino a la granja Wilbur, creo que allí entenderán mi decisión. El cerdo me ha alimentado y deleitado durante años con su carne tan grasienta como es la mía a estas edades, espero ser de su agrado y que el ciclo vital siga girando como debe.“.

 

¿Qué opinas?

—Creo que es ficción. Aunque me encantaría conocerlo, podríamos ir juntos ofreciendo libros y baos al hambriento de mente y estómago. No digo que no pueda pasar, pero contestame a esto: ¿cómo llegó la carta a tus manos?

 

—No sé si vas a creerme, esta es la parte de la historia que parece irreal y sin embargo lo corroboro siendo testigo de primera mano. Empieza en mi estómago, rugiendo en mitad de la fase de sueño, no había nada que comer, acababa de llegar de un largo viaje. Unas luces rojas me llamaron por la ventana. Puede que escuchara mi nombre, la verdad es que mi desvelo es paulatino y sutil la diferencia con la vigilia. Observé un rato esos neones y al fin me dí cuenta que se trataba de lo que llaman un food track, lo que siempre fue el tenderete o “donde Manu” en mi barrio. Mi barriga sonó de nuevo y entendí el mensaje: bata, zapatillas de andar por casa y fuera. Crucé la calle salivando, era un puesto de comida oriental, mi preferida. Todo desierto excepto por el tendero, ni coches aparcados tan siquiera. Un silencio tan común en mi vida reinaba también en el vecindario. Me atendió una mujer con claros rasgos asiáticos, con una sonrisa búdica y unos ojos tan solo un poco más ovalados y brillantes que la luna llena. Sentí una conexión, incluso, al ponerle cara de estúpido embobado, ella permaneció muda sonriéndome apaciblemente. El tiempo fue igual de irrelevante para mí como lo era para la misteriosa chica. Hermoso infinito y canas naciendo como moscas en verano. Pedí un bocata de cerdo cuando se me aclaró la mente, tenía buena pinta y me dieron gratis una pequeña caja. Le pregunté de donde era, se acercó un a mí y me contó que en su tierra la magia es tan real como la ciencia. Apoyó su barbilla en su mano derecha y el codo del mismo brazo al mostrador. Me miró ladeando la cabeza otro par de infinitos perfectos. Continuó profetizando que la magia fluye dentro de mis venas fluyendo con mi sangre, que quizás no me gustará el futuro pero debo dejar que llegue y vivirlo con la misma paciencia que ahora. Terminó diciendo que viniese mañana, me guardaba una cajetilla. Pasaron un fajo de no-tiempos, nuestras citas nocturnas se volvieron más íntimas. Aveces atravesaba el tablón, o sencillamente no había barrera entre ella y yo. Algunas noches estaba desnudo mientras adquiría un sándwich chino, ella ignoraba ese detalle, me observaba con la misma dulzura hipnótica. Probé de acariciar su mejilla y mi mano resbaló de su cara. El tacto de su piel era mantequilla y me gustaba. Algún día encontraré el túnel a su país.

Compré cada día un gao bao con su cajita de snacks que no me comí nunca…

 

—Cuéntame que eran esos “snacks”, a y toma, te moquea la nariz, además son mocos rojos, aún tienes venitas rotas de la última vez que te lancé una lectura en la cara.

 

—Piel frita. Gracias.

 

—Ah, sí, piel de cerdo, esta rico sobre todo para acompañar una buena cerveza.

 

—Mi barriga rugía cada noche pero no con el mismo sonido, timbaleaba y parecía una banda sonora de suspense experimental.

 

—Me gusta lo imposible que es para ti salirte de tu lógica. Prosigue.

 

–-No es fácil de describir; lo más inquietante podrían ser los arrúos terribles que parecía hacer mi estómago, queriendo huir de mí. En la última visita que le hice a la chica sin nombre me pidió que tomase la caja de pieles y uniese cada pieza, ahí residía un pasito más en el camino. Quedé exhausto al escuchar sus últimas palabras. Me pesaba el cuerpo como si llevase varias mancuernas atadas en los pies. Me produjo una erección que no venía a cuento y las bombillas rojas se apagaron. La oscuridad me cazó con la técnica de la anaconda y me liberé hinchando el abdomen. Corrí por un pasillo que acabó siendo una calle cortada, llegué a casa, a mi habitación y al fin comí mi último gao bao, saboreándolo mientras echaba las pieles fritas encima de la cama. ¿Has dibujado alguna vez resiguiendo los puntos numerados? Eso hice; pensaba en ventilar la estancia durante la resolución del puzzle, apestaba a salsa y cerdo, la pestilencia se podía palpar. No conseguía pegar las hojas de cuero de gorrino, faltaba algo, un pegamento. Abrí la ventana y olí el denso aire limpio cargado de oxígeno que lleva el amanecer, Escuché mis tripas masticar, saciarse y un remolino ató al viento todas las piezas de piel. Se formó la carta que te he leído, reconstruida en una sola. Como acabó así, no me lo cuestiono del mismo modo que la magia existe por mucho que quieran negarlo o pensar que se trata de ignorancia. La ciencia y la magia son conceptos que los humanos aún no hemos sabido definir correctamente y ahí entra la ilusión, la metafísica de la realidad y…

 

—Y estás yendo más allá de los sueños. Somos lo que comemos, mi querido orínauta…

Del cerdo se aprovecha todo…

 

—Del ser humano y su literatura también, por eso vengo a ofrecer esta carta escrita en piel a tu universo compartiéndose.

Publicado la semana 11. 13/03/2019
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música ambiental de ríos y/o chillout asiático, especialemente tailandés , Restaurante tailandés, Documentales fluviales , al levantarse de la siesta, sobrio
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