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Omduart

Un universo compartiéndose IX

Los chicos salvajes, el editor del rock conspiranoico

 

¿Qué pasaría si ahora mismo dieran su entrada seis jóvenes fuertes, repletos de vida, armados con automáticas, hachas, megáfonos, espray de pintura roja, gabardinas elegantes y la intención de coger el timón con firmeza?

Entrarían por la calle norte y por la del sur, rodeando en cuestión de segundos toda la plaza. Entrarían al congreso de diputados solo después de poner de rodillas a los vigilantes, incitar al caos, saqueo y destrucción de inmuebles públicos a todo transeúnte, escrito mensajes de rebeldía y exterminio del estatus quo en las paredes y suelos. No podrían entrar al edificio aunque la puerta estuviera abierta sin echarla abajo entre tiros y hachazos que mostrasen la valentía y el rechazo total a la autoridad. Una vez dentro empezaría la fase dos, donde se aglomerarían los políticos en una misma sala, agarrados a sus teléfonos móviles y rezando a todos los dioses que siempre ignoraron. No tardaría en morir alguno, el que mostrase más cobardía, de una ráfaga despreocupada que perforara sus piernas, testículos, intestinos y pulmones. Dejando una silueta surrealista carmesí, un cadáver de advertencia. Dibujarían un bigote fascista en los retratos del monarca, penes erectos en la boca del presidente y quemarían la bandera nacional. Dudarían de realizar el común acto de la guerra, la dominación sexual del enemigo, los boyscouts de Burroughs son salvajes, bellos y terribles, no les tiembla la mano en actuar, su causa debe ser violenta, las ejecuciones imprescindibles y el descontrol la siembra que empíricamente dará paso al futuro.

 

—Sonríes como el peor de los villanos. ¿Has tomado drogas esta mañana? ¿Dice algo interesante este libro escondido delante el periódico?

 

¿Por qué creerá está mujer que puede inmiscuirse en mis asuntos? Es demasiado entrometida, debo resguardarme. ¿Habrá visto mi inyección de ácido sulfúrico en mi manga? No, nadie podría verlo y si lo hiciera se asustaría y alejaría, no hay héroes ni valientes en nuestra era.

 

—Me gustan tus gafas de sol, casi triangulares como un rockero.

 

¿Qué dice? ¿Por qué sigue hablando si ni le respondo? ¿Mis gafas? ¿Esta flirteando conmigo? ¿Pe-pero que le pasa a esta chica tan extraña?

 

—¡Ja! Conozco este libro, el “manual revisado del boyscout”, es muy curioso sí, uno de esos que tienes que leer con cuidado, como si se tratara de un grimorio, o “mi lucha” del famoso conquistador alemán o la “biblia”, tan misteriosa a pesar de haberse estudiado tanto. Atenerse al riesgo que conlleva adentrarse en un texto poderoso. ¿Estás sudando mucho, no? Toma tu manual, perdona si soy tan descarada, es que llevo días viéndote aquí sentado, con tu periódico, sombrero marrón desgastado, gabardina y corbata. Tan Elegante y con esas lentes tan estrafalarias… Me intrigas, y ahora descubrirte leyendo a Burroughs…

 

Dios mío, ¿cómo se ha atrevido a llegar tan lejos? ¿jugar conmigo? ¡quitarme el libro de las manos! esa mirada escrutándome, esa mujer está desconfiando de mi, ¿qué pretende? ¿va a denunciarme? Quizá llegó el momento esperado, la ocasión para la acción, prender el terror y…

 

—¿Eres editor, verdad? Una criatura bien extraña que me gustaría conocer mejor. Llevo conmigo un carruaje divino, repleto de planetas terraformados por seres como tú, investigadores infatigables, lectores con doble par de ojos y gafas, hay mucha literatura que se os debe. ¿Esa moto es tuya?

 

Me esta amenazando… Sí, lo hace. Hay mucha gente alrededor y matarla aquí mismo sería arriesgarse en demasía, pero quizás es suficiente si le hecho el ácido en los ojos. ¿Qué es ese carruaje del que habla? Debería recopilar información, tampoco parece agresiva, puede querer conocerme sin más pretensión que satisfacer su curiosidad, probablemente no sabe nada de mí y solo sea una buena oteadora.

 

—Ven, acércate y echa tus ojos en lo profundo de este universo.

 

¿Qué podría pasarme por asomarme? Esta bien, lo haré, voy a inspeccionar ese carro con la confianza de apuntar a la extraña con el dispensador de ácido; si intenta algo la neutralizaré mucho antes de que pueda perjudicarme.

 

—Sí, amigo, más hermoso y profundo de lo que uno puede imaginar… Un universo abriéndose para tus gafas de rockero.

 

Me tiemblan los anteojos, quieren explorar, y yo también; van a caer, lo están haciendo ya y yo… ¿hay un ratón sonriéndome? Sí, y no es algo increíble. Está leyendo “ensayo sobre la ceguera”. Mi visión se empequeñece como si entrara en un túnel; hay luces y palabras y nada más.

 

 

 

Eran policías, debieran tener más tacto con el muchacho, lejos de eso prefirieron ponerle la toalla mojada en la cara. No cantaba porque no conocía ni una sola canción. Yo no me opuse a la paliza casi reglamentaria justo al apagar las cámaras, pero me estremecí al escuchar los chillidos de aquel chico. Por pintar un muro, por llevar una sudadera ACAB, por rebelde y por resistirse a la autoridad; por ser punk, por ser joven. Sabíamos que no mató a nuestro compañero, lo supimos con absoluta claridad al cerrar la puerta de la sala de interrogatorios y ver su piel palidecer. Un adolescente de diecisiete años tras matar a un policía no reaccionaría de ese modo ahora, o lo hubiera hecho en el momento en que lo detuvimos. Entre patadas en el costillar y las espinillas nos estaba confesando todo los crímenes de su vida. Que sí había herido un gato con un tirachinas, que le robó a su amigo un gramo de marihuana… Estábamos hablando con un chiquillo, tan culpable o tan inocente como la mayoría. Aún así aquellos sádicos que tengo de compañeros pretendían seguir torturándole. Les tuve que parar cuando querían darle la siguiente ronda de golpes. Conseguí convencerlos con dificultad afirmando que habría confesado ser marciano, torero y que lo violaba todos los días un grupo de sacerdotes de cristo si con eso lo dejábamos en paz. Se rieron, que era mi propósito, pues de cualquier otra forma se podría tornar contra mí diciendo: ¿te nos ablandas? Mataron a Marco, hasta que no encontremos los culpables no será suficiente.

Me dejaron hablar con él a solas y en esa conversación viví la experiencia más extraña de toda mi vida.

Sentí dos presencias con nosotros. Una detrás de mí y otra a las espaldas de Ángel, el rubio chaval con los testículos de corbata. Un frío muy tenso cargaba el ambiente, me estaba poniendo nervioso y no podía comprender la causa. Soy un veterano, no el más experimentado pero ya tengo mis quince años en el cuerpo. ¿Quién nos observa? ¿por qué siento como si me presionasen el estómago? Ayudé a incorporar a chico en la silla, le aflojé las manillas y me senté en su frente, al otro extremo de la mesita.

Mira, Ángel, ya has visto como las gastamos, sin mi intervención a estás alturas ya estarías en una camilla, inconsciente. Sé que no mataste aquel policía, sé que solo quieres irte a casa y que harías lo que fuera para ello. S-í, me dijo tartamudeando y buscando apoyo visual en el suelo. Tuviste mala suerte de estar donde no debías, en el peor de los momentos. Cuéntame lo que viste cuando llegaste allí ¿estaba Marco, nuestro compañero? ¿vivo? había alguien con él? Dímelo todo, lo escribiré y mañana podrás marcharte.

Buscó mis ojos con su mirada retorcida y debilitada pero de camino se quedó horrorizado por un segundo. ¿Qué te pasa? Le pregunté, estaba demasiado roto, ya no creía que pudiera sacarle nada en claro cuando gritó con fuerza. Se golpeó la cabeza contra la mesa y después me miró fijamente. Su rostro ya no reflejaba emoción.

Le contaré lo que pasó, agente Forbles: fumaba un porro tranquilamente, oyendo a la polla records, con la mente perdida en las nubes y una onda se acopló a mis cascos. Un ruido eléctrico, me pareció una voz, la electricidad hablaba, no sé explicarlo. Todo eso sentado en el fondo de la calle sin salida donde me encontrasteis, detrás del muro bajo, apoyado de espaldas. Se terminó la canción “carne para la picadora” (esta parte me la contó sonriendo, con una extraña malicia y abriendo los ojos) y en silencio entra tema y tema oí unas voces, hablaban de drogas, cocaína no sé qué, kilo cinquenta no sé cuantos. Me intrigó y me quité los auriculares para encontrar dónde estaban aquellos tipos. En el medio del callejón, sí, pero cuando me giré solo vi a un gigante, vestido con una larga gabardina negra de cuero, forcejeando con alguien a quién no pude ver ni saber qué hacía exactamente porque lo cubría con su enorme cuerpo (se me erizaron los pelos atendiendo el relato de Ángel). El sonido de la electricidad volvió a mis oídos, tan fuerte que cerré los ojos y me cubrí las orejas con las manos. Me dolía la cabeza un montón e intenté huir, cogí mi mochila y al tirar de ella se cayó mi espray rojo. Entonces llegasteis vosotros… ¿y ya está? No olvidas nada? Le pregunté. Marco estaba espantosamente desfigurado, con el cuello roto como si se lo hubieran golpeado a martillazos con cuchillas engarzadas. ¿Y dices que charlaban de estupefacientes? ¿estás seguro? Ese jodido crío cambió por completo su actitud, se relajó, riendo, ahora sí que me apetecía machacarle un poco, romperle algún diente… Sin embargo me sentía muy inquieto. ¿narcóticos? ¿Marco? Jamás lo había visto ni siquiera fumar y no tenía ni una amonestación de las más insignificantes. Era de los honrados, todos lo sabemos. Lo único extraño que hizo fue asistir periódicamente a esas reuniones de las que nos habló alguna vez; una especie de grupo de auto-ayuda para creyentes en dios o no sé qué, nunca le presté mucha atención.

Ángel empezó a morderse los labios, pero no como una persona normal, estaba masticando sus labios, sangrando y desgarrando la carne. Algo no iba bien y el corazón se me aceleraba, me temblaba la mandíbula cuando Ángel se me lanzó encima, consiguió morderme la nariz antes de pegarle un derechazo en la suya. Entraron mis compañeros y lo aporrearon. El estruendo de un látigo repicó en el suelo pero no había ese látigo. Oí chispas como cuando un cable de alta tensión se corta de repente. Me colgaba la punta de mi nariz y creo que también mi cerebro de incredulidad.

¿Qué pasó allí?

 

 

—¿Ah, ya has vuelto? ¿Dónde estuviste? Solo pude ver que era uno muy oscuro. Oh, perdona, estás temblando, fue una experiencia demasiado fuerte, tranquilo, la literatura a veces puede dejarte sin respiración; sobrevivirás.

Publicado la semana 10. 05/03/2019
Etiquetas
sex pistols, la polla records, punk de los ochenta , William Burroughs , En cualquier momento
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