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neKKKro

Un domingo de casi fines de verano

Fue un domingo de casi fines de verano del año 1983. Como casi todos los domingos de aquellos tiempos, se trasladó desde Lomas del Mirador a Villa Soldati, a la casa de Jorge, un amigo de años adolescentes con quien compartían muchas inquietudes estéticas, filosóficas, políticas, y artísticas. Él vivía con su madre y su hermana en los monoblocks colorinches frente al Parque Roca, en un departamento que su ya fallecido padre había comprado poco tiempo antes de partir de este mundo. Como era costumbre mientras tomaban unas birras, charlaban sobre literatura, cine, minas y otras yerbas; y en general a eso de la siete de la tarde partían hacia el centro, a deambular por las librerías de  la Avenida Corrientes en donde revisaban las mesas de saldos buscando algo que valiera la pena leer y si pintaba, en un descuido hurtaban algún libro. Ese domingo después de caminar y tomar un café en la Giralda decidieron ir al cine Arte a ver por enésima vez Rey por Inconveniencia, una película de Philipe de Broca del año 66, protagonizada por Alan Bates quien encarna al soldado Charles Plumpick, que hacia fines de la Primera Guerra Mundial es enviado a desactivar unas supuestas bombas dejadas por el ejército alemán en su retirada por un pueblito francés y al llegar se encuentra con que los pacientes internados en el manicomio abandonado y se han adueñado del pueblo. Fueron hasta el cine, sacaron las entradas y se instalaron en la Plaza de La República a esperar que se hiciera la hora de inicio de la función. Estaban charloteando animadamente cuando una mujer sentada a unos pocos metros de ellos miraba insistentemente, Jorge, advirtió la situación y comenzó a instigarlo para que la encarara. Él nunca fue bueno en esos menesteres y no se decidía a moverse en dirección de la mentada señorita, que a decir verdad estaba muy buena y tenía cierto aire de intelectual que lo atraía. Tanto insistió su amigo y ella con sus miradas un tanto provocativas que juntó coraje y decidió aproximarse y entablar una conversación, previo acuerdo con Jorge de que se encontrarían en el cine o a la salida si sus planes de abordaje fracasaban, como suponía que iba a suceder. Así que arreglado el plan b, Jorge se retiró de la plaza y él se levantó y se dirigió hacia la mujer en cuestión, no muy convencido de lo que iba a hacer. Ni bien se puso de pie ella se acomodó como para recibir la acometida y sonrió levemente como con una expresión de se decidió y acá viene, lo cual lo alentó a proseguir con su cometido. En los quince o veinte pasos que los separaban trató de elaborar un discurso que dejara ver que  no era un levantador nato de mujeres sentadas en las plazas y a la vez no lo hiciera quedar como un pelotudo, pero en tan corta distancia no se puede producir ninguna obra pseudo literaria que valga la pena ser recordada así que recurrió al estúpido:

-Hola,¿ estás sola?

Ella sonriente miro a su alrededor y contestó burlonamente

-Parece que sí…

-Bueno, a veces uno parece estar solo, físicamente, pero está acompañado por sus fantasmas, sus temores y sus cabildeos frente a la existencia –dijo para que quedara en el olvido la estúpida primer frase y cuando ya comenzaba a arrepentirse de lo que acababa de decir, ella abrió sus enormes ojos marrones, sus ojos de almendra, y volvió a sonreír y exclamó

-Vaya, vaya. Me han encarado de muchas formas en mi vida pero nunca en un estilo tan, como diría, existencialista…?

Le pidió que fuera honesta y si le iba a dar salida lo hiciese en ese momento ya que tenía entradas para el cine y que si la charla no prosperaba prefería dejar las cosas en ese exacto punto e irse al cine a ver una película que para él era entrañable y que ya había visto alrededor de siete veces. Ella sonrió de ese modo tan encantador que le era propio y le dijo que no le aseguraba una vida juntos y felices pero al menos por el momento estaba dispuesta a que se conocieran y vieran hasta donde podían llegar las cosas, aunque más no fuera una charla agradable como para terminar la semana y encarar la que comenzaba con cierta sensación de esperanza.

Sus apreciaciones  parecieron de una seductora sinceridad y acepto gustoso el trato que le proponía

Y amigablemente comenzaron a hablar. Se presentaron formalmente, ella contó que era estudiante de psicología y que le faltaban muy pocas materias para recibirse y trabajaba como administrativa para un mayorista de telas y que compartía un departamento en Balvanera con dos amigas, que era casada y separada, pero sin hijos, con lo cual sumo puntos extras a la valoración que él iba construyendo de ella. Cuando le llegó el turno comenzó a tratar de ser lo más sincero posible y describió su situación presente de lumpenaje; le contó que era cantautor, que dibujaba y hacía esculturas en arcilla y que se ganaba la vida lustrando muebles, oficio, el de lustrador, que había heredado de su viejo y que ejercía lustrando sillones para la tapicería de unos tíos.  Una cosa llevó a la otra y le comentó que veía que la gente estaba distinta, que había algo que se había modificado en estos últimos tiempos. Siguieron intercambiando pareceres al respecto y ella le hizo una observación

-Por como hablas y ves las cosas pareciera que hace poco que estas en Buenos Aires…

Entonces creyó que era el momento de blanquear las cosas, porque parecía ser una mina amplia y abierta y mejor contar lo suyo a meter la pata, así que arrancó como titubeando, como buscando las palabras y a la vez tanteando como recibía ella su confesión.

-Bueno en cierta forma hace poco que estoy en la ciudad, aunque nunca me haya ido.

Sonó extraña la aseveración casi pichuqueana, lo supo porque sus ojos de almendra volvieron a mirarlo como tratando de entender que mierda decían sus labios…

-En realidad vengo de estar tres años preso

Hizo una pausa mientras ella enarcaba sus cejas pero no en gesto de alarma, no tomó su cartera y huyó despavorida, se mostró dispuesta a conocer más del asunto. Le contó que había recuperado su libertad el martes 2 de noviembre de 1982 a eso de las ocho de la noche, hacía escasos tres meses y que se encontraba en libertad condicional.

-Puedo saber porque estuviste preso?- preguntó

Y  le contó que había sido un asunto de drogas y que mejor que fue por eso y no por su militancia política y ella lo miró como aliviada. Aprovechó para decirle que no era un serial killer, ni siquiera un ladrón era…

Y siguieron departiendo amablemente. Ella preguntó, con mucho cuidado alguna que otra cosa respecto a la vida en la cárcel, e incluso tomó dulcemente su mano cuando hizo un comentario acerca de la angustiante soledad del ser humano y que en situaciones como la que vivió se ponía crudamente de manifiesto, habló acerca de su convencimiento de que la vida siempre merece ser vivida, en cualquier circunstancia siempre hay algo a lo que aferrarse para seguir remándola…

Por un instante sintió que su sinceridad y el mostrarse así desnudo y sin prejuicios ante alguien que no conocía también le había sumado algunos puntos en la valoración que ella estaba haciendo de él.

Hacía bastante calor y la invitó a que caminaran un poco y tal vez pudieran ir a tomar algo, ella aceptó de buen grado y emprendieron la caminata por Avenida Corrientes hacia Callao. Mientras ella preguntaba por sus canciones y él por sus gustos musicales. Preguntó por su amigo, el que estaba en los momentos previos a que la encarara y le dijo que debía estar viendo la película y que si cuando salía del cine no lo encontraba comprendería que había tenido éxito en su misión y partiría hacia su casa esperando volver a juntarse para saber cómo había ido todo. A ella le causó mucha gracia como le expuso las cosas y rió de buena gana.

Fueron a La Opera y se sentaron junto a una de las ventanas que dan sobre Callao, ella pidió una gaseosa, él un cortado liviano, y siguieron el parloteo. Pudo vislumbrar en la charla que estaba decidida a ir más allá de esta charla, hasta supuso que estaba dispuesta a acostarse con él esa noche, pero prefería las cosas de otra forma, no sé, tal vez quería disfrutar la victoria conseguida hasta el momento, o solo era el ataque de cagonería que le puede agarrar a un tipo que en los últimos casi tres años vio su conducta sexual resumida a la masturbación casi cotidiana y algún que otro favor de una novia de cárcel dispuesta a saciar los apetitos sexuales de todo aquel que mereciera algo de respeto dentro del pabellón, por momentos se sentía como una virgen adolescente que imagina como va a perder su virginidad a manos de un esbelto caballero. Se sentía ridículo, pero prefería las cosas de otro modo… Sabía perfectamente que Jorge primero lo iba a reputear por dejar pasar esa oportunidad, porque la mina estaba re buena y hacía rato que no la colocaba, pero enseguida comprendería, como siempre lo hacía, es más a veces lo entendía mejor de lo que él mismo podía hacerlo, luego lo aconsejaría y para rematarla le ofrecería ir de putas a un sombrío tugurio de Soldati que él conocía en demasía, donde según sus aseveraciones hasta los dioses del Olimpo bajaban de vez en cuando a abrevar de las mieles del deseo y  de los favores de las chicas mejor dispuestas para el sexo que había en todo el planeta. Pero estábamos en que quería que las cosas fueran de otro modo… así que como ya eran casi la tres de la mañana se ofreció a acompañarla hasta su casa, a lo que ella accedió de buen gusto, quizás esperando que  le ofreciera pasar la noche juntos, aunque más no sea a último momento, a lo que hubiera accedido, como le confesó tiempo después. Caminaron hasta avenida Rivadavia y Pasco y se quedaron algunos minutos frente al edificio en donde vivía. Aprovechó para pedirle el teléfono así la podía llamar y volverse a encontrar, ella se lo anotó en la palma de la mano para que no lo perdiera y se fueron cada cual por su lado, despidiéndose con un beso en la mejilla, aunque en ese instante hubiera querido comerle la boca. Ella ingresó a su edificio y él cruzó la avenida para tomar el colectivo 86, ramal por Liniers, para arribar a su casa luego de aproximadamente unos cincuenta minutos de viaje y una breve caminata de tres cuadras.

Los días que siguieron a este encuentro lo tuvieron algo aturdido. Fue a verlo a Jorge a su casa y contarle lo que había pasado y tal como suponía, lo puteo, lo comprendió, lo aconsejo y por último lo invitó a ir de putas al mencionado y sombrío tugurio de Soldati…

Un sábado por la mañana cuando salió de laburar toda la noche fue a un teléfono público y llamó, pero atendió un contestador automático que es algo que siempre lo dispone muy mal como para seguir adelante con la comunicación y cuando suena el piiiiii para dejar el mensaje se abatataba y terminaba balbuceando boludeces y cortando. Esta vez cortó y volvió a llamar y mientras discaba trataba de alinear algunas palabras para soltar de un solo golpe y de modo seguro cuando la señal indicara que era el tiempo de hacerlo, pero para su sorpresa atendió un ser humano que resultó ser una de las amigas que compartía el departamento y dijo que no estaba y que la llamara después del mediodía, le dijo que creía que iba a ser imposible porque recién salía de trabajar y se iba a ir a dormir pero que le avisara que había llamado y que volvería a llamarla en otra oportunidad, agradeció y cortó y se fue a casa a dormir, con cierto gusto a derrota.

Transcurrieron los días y las semanas y llamaba de vez en cuando hasta que en uno de los tantos intentos logró dar con ella y conversaron bastante, pero no pudieron concretar un encuentro, aunque dejo traslucir su interés en hacerlo a la brevedad, pero estaba con exámenes y se le complicaba.

Él se fue unos días al sur, a Mallín Ahogado, pegadito a El Bolsón, a la chacra de un conocido, porque le interesaba ver cómo era todo por allá ya que evaluaba la posibilidad de irse de la ciudad y le gustaba mucho la idea de establecerse en La Patagonia.

A la vuelta del viaje siguieron los desencuentros hasta que acordaron un día y hora, temprano porque ese día tenía una cita en Obras con Los Jaivas, a quienes hacía rato que no iba verlos en vivo.

Llegado el día partió muy temprano hacia la cita, muñido de un libro de Krishnamurti, que estaba releyendo en esos días, La Libertad Primera y Última. Se instalo en el bar y se puso a leer mientras tomaba café y fumaba Parisienes. A la hora indicada ella entró al bar y la vio por el rabo del ojo y siguió con su lectura, se acercó, se saludaron y ella pidió que no la matará pero que venía a avisarle que la cita no iba a poder ser porque había surgido algo con una amiga de ella y como no tenía como avisarle se había apersonado hasta allí. Disimulo su desazón y dijo que hiciera lo suyo,  que otro día podían encontrarse a charlar y compartir un rato, que la vez que se conocieron la habían pasado bien y nada, que otra vez será, volvió a disculparse, pero él atisbó cierta contradicción en ella y le repitió que no se preocupara…

-Eso sí, me debes una y yo soy implacable con mis deudores.

Sonrió como aliviada y de ese modo tan encantador que le era propio y asintió con su cabeza

Le dijo algo así como que ella abrió una puerta que no estaba dispuesto a dejar que se cerrara.

Anotó un número de teléfono en una servilleta y se lo extendió y le dijo

-Tomá, es el teléfono de mi trabajo, si querés me llamás el jueves a eso de las cuatro y arreglamos para el viernes que es feriado y puedo saldar mi deuda.

-Pero puedo llamarte a tu casa…

-Como quieras, el del trabajo te lo paso para que veas que la puerta sigue abierta…

Le dio un tierno beso en la mejilla y se marchó con una creciente contradicción en la mirada. Tiempo después confesó que sintió miedo de enrollarse con un tipo que había estado en cana y que era mentira lo de la amiga, que en realidad era miedo y su costumbre de boicotearse a sí misma.

Cuando quedó solo sucumbó ante la desesperanza, pero esa servilleta con un número de teléfono depositada en su mano izquierda hizo las veces de salvavidas para que reflotara las expectativas puestas en esa mujer. Volvió a sumirse en las profundas verdades orientales de don Jiddu y al cabo de un rato pasó a buscarlo su amigo y partieron a gozar de la música de Los Jaivas, como gozan las pulgas que se suben a la cama del Cholito pantalón blanco, botones en la cintura y eso hizo que por un rato su corazón se desapesadumbrara y olvidara  sus cuitas congénitas.

Hubo otro intento de encuentro fallido, pero esta vez la responsabilidad fue de él, o no. Mientras se dirigía por Callao hacia La Opera descubrió que había uno de los típicos operativos policiales que mandaba a realizar una dictadura en retirada, en el centro porteño. Cuando vio los micros policiales y todo el yutaje, con perros, gases y toda la parafernalia represora, giró sobre sus talones y emprendió la retirada. Se dirigió por Callao hacia Rivadavia y se detuvo frente a un edificio al dos mil doscientos, sacó de su morral un cuaderno, que siempre llevaba con él y con una Bic negra, trazo grueso, garrapateo una nota contando lo ocurrido, se disculpó y prometió volver a llamarla, en lo posible esa misma noche, la incrusto en el borde del portero y cruzó la calle y alcanzó el ochenta y seis en el semáforo, se subió y emprendió la vuelta a su casa, en el conurbano bonaerense.

Por fin el viernes siguiente se  encontraron y fueron a tomar algo y a caminar y charlar y charlar y charlar, porque él es hablador como el que más, Jorge siempre le decía que si escribiera la mitad de lo que hablaba, sería un escritor con una de las obras más extensas de la historia de la literatura universal.

Le regaló un busto que había hecho en arcilla y que era una cabeza como dividida al medio, con una mitad con rasgos delicados como occidentales y cristianos y la otra algo más tosca, como aindiada, recitó no se qué justificaciones para su obra escultórica y dijo que creía que esa pequeña escultura de unos quince centímetros de alto y unos casi dos kilos de chamote, en sus manos habría encontrado su lugar en el mundo, y que ni se hiciera problemas que la cargaba hasta la puerta de su casa. Ella se sorprendió y se enterneció con el gesto…

-Con vos siempre quedo en deuda… -dijo conmovida

-No tu deuda conmigo era la cita que se frustró, esto es otra cosa, esto es algo que hice y quiero compartir con vos… y pagar mi deuda por la otra cita frustrada

Se acerco y lo besó tiernamente en la mejilla izquierda y en ese preciso instante terminó de darse cuenta que se había enamorado de ella y presentía que sus sentimientos no estaban muy lejos de los propios e intencionalmente giró el rostro hasta que los labios de ambos se encontraron y se fundieron en un largo beso.

Al cabo de un interminable silencio que no duró mucho más que un minuto reanudaron la charla.

Lo que nunca imaginaron en ese momento es que las cosas se precipitarían y en menos de dos meses estarían conviviendo como pareja, que sus encuentros sexuales serían fuegos de artificio iluminando el cielo, que poco a poco se irían dando cuenta que no eran el uno para el otro para toda la vida, que poco a poco se irían desgastando y que con el correr del tiempo se convertirían en amigos que podían ponerse al tanto del estado de sus vidas y compartir el lecho sin añorar días pasados.

Publicado la semana 6. 04/02/2019
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